Escenografía

El trabajo escenográfico del maestro Israel Franco Muller en la pieza teatral Otoño… en familia de Myrna Casas –que se presenta desde hoy viernes 30 de agosto hasta el 2 de septiembre en la Sala Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce– logra imponer la atmósfera arcaica de una casa tierra adentro, en múltiples planos y matices, por donde la familia –protagonista de la obra- se pasea con severos gestos psicológicos, en la medida que afloran sus falsedades. El espacio modela una belleza aparente, pero a medida que se revela la reputación de cada cual, los contrastes van regulando la acción.

La visión plástica se recrea con unos hermosos muebles coloniales en roble, cerezo y pajilla, ‘vintage’ 1950, enmarcados por cuatro columnas sosteniendo un respetable calado de madera típico de la época. Este detalle el autor lo descubrió en una estación de tren puertorriqueña, creando un referente simbólico en la obra, que asemejara una cúpula o una jaula de pájaros.

“La obra por sí estaba situada en el siglo pasado; y la encomienda constituyó leer el texto para crear los espacios donde se desarrollaba esta acción turbulenta. Quería tener más en concreto la representación y luego de largas conversaciones y análisis con Dean Zayas, el director, juntos llegamos a la conclusión de crear una escenografía de una manera engañosa, llena de una belleza que al principio se viera realista. Al desarrollarse la insinceridad y la hipocresía en la escena, la escenografía debía compartir aquellas mentiras igualmente”, destaca el escenógrafo, quien también es catedrático asociado al Departamento de Drama de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Franco Muller expone que recreó con cuatro columnas una antigua casa colonial puertorriqueña pero sin ser tan agresivo con la estructura en el espacio. Lo supervisado por Myrna Casas de su casa concebida, poseía una referencia real con lo que plantea la obra. Por ello, la pajilla y todas las gradaciones de colores de los muebles color madera dan a la escena distintas tonalidades dentro del concepto, con una línea muy estética. Simultáneamente, nace una psicología del espacio en el interior de la casa; y las escenas surrealistas se demarcan en la franja verde del patio, con una esencia bastante sugerente y simbólica.

“Las pérgolas de las cuatro columnas tienen el detalle de unas enredaderas con un estilo de rejas; y al final cuando todos se van, es como si la casa estuviera viva, y les expulsara”, subrayó el artista.

Electrificantes escenas de la vida privada

Desde la escena inicial de la obra, se escuchan las notas de nostalgia de un romance que no pudo ser, con la musicalización de la danza, Vano empeño de Juan Morel Campos, con el descorrer de un secreto fatal en apenas tres escenas después, que destapa una acción acelerada de otros misterios de familia, cada uno de mayor gravedad y repercusión que el otro.

Un rico mosaico de relatos mantiene la unidad argumental de la obra entre abusos obsesivos y sexuales, sueños e ilusiones que no logran cuajar, una muerte inesperada mantenida en secreto, conciencias culpables, las desavenencias conyugales y la hipocresía, y otros amores irrealizables que madrugan el cénit de esta aciaga tragicomedia.

Las actuaciones no pudieron ser más naturales, íntimas y muy estudiadas bajo la dirección de Dean M. Zayas, como realizara hace medio siglo en Panorama desde el puente, de Arthur Miller, en torno a la vida de mentiras de unos inmigrantes ilegales en Nueva York. Los silencios y pausas logrados en la obra de Casas, como en otrora, acentuados por la cercanía del público ante el escenario circular de la Sala Carlos Marichal y la cercanía del Teatro Experimental del Ateneo Puertorriqueño, proveyeron a flor de piel, seguir este drama intenso, donde el desenmascaramiento a pesar de todo, no degrada.

Jorge Luis Ramos con su personaje despiadado y depravado mantiene la fuerza de su caracterización hasta que descubre en escena toda su maldad. Angela Meyer como Mercedes, quien guarda su dura, oscura y protegida verdad estuvo insuperable. Sara Jarque como María Rosa, puntal de lo que no se dice, se mantuvo ecléctica en su zona; tanto como Luis Obed, en el papel de su hijo Gabriel, con una actuación llena de sinuosidades emocionales muy bien logradas. Camila Monclova, Zaiedd Vélez y Cecille Colón, como las nietas María Rosa, Maritere y Margarita sucesivamente, estuvieron igualmente a la altura de la producción.

Si algo sumamente delicado posee el texto, es haber creado desde el inicio, un aura sutil, con una hermosa danza de Morell, cuya liaison se encuentra justo al final de la obra -al huir los sujetos de su prisión-, con la develación poética de un sueño que electrificará a todos.