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Una persona, un “loco” dirán algunos, un “millonario aburrido” creerán otros. Apostó 2.3 millones de dólares a favor de los Buccaneers de Tampa Bay. Y es, hasta el momento, la apuesta más grande realizada para el Super Bowl LV que se disputará mañana. Según los periodistas especialistas de la NFL, los favoritos son los Chiefs, pero si Tom Brady logra su séptimo anillo, este apostador –anónimo por ahora–, tendrá en su bolsillo dos millones de razones para festejar.

A lo largo de la historia de los deportes, se han visto las apuestas aún más cuestionables.

Matthew Webb era un atleta asombroso, fue el primer hombre que logró atravesar nadando el Canal de la Mancha. En 1883 tuvo la ridícula idea de apostar 10,000 dólares a que podía cruzar nadando por la boca de las Cataratas del Niágara. Unos minutos después de lanzarse al agua, cientos de personas observaban con pavor como un remolino se lo tragaba a Matthew para siempre. Poco tiempo después, en un monumento que lo que recuerda, su hermano Thomas dejó inscripta una frase: “Nada grande es fácil”.

Con el tiempo las apuestas se fueron profesionalizando, al ritmo que también crecía la adicción al juego. Con el avance de la tecnología las apuestas se han multiplicado y con ellas las curiosidades. Todos los años hay personas que apuestan a que Elvis Presley sigue vivo (paga 1000 a 1), si algún protagonista del show del medio tiempo en el Super Bowl olvidará la letra de las canciones o si alguien desnudo invadirá la cancha en el glamoroso torneo de Wimbledon.

Precisamente en Gran Bretaña ocurrió una apuesta insólita. Peter Edwards, fascinado con su nieto de solo tres años, ingresó en una oficina de William Hill (una histórica casa de apuestas) de Wrexham (Gales) y apostó 50 libras (68 dólares) a que su nieto, un día, jugaría en la selección nacional de fútbol de su país. Trece años después, con solo 16 años, Harry Wilson no solo estableció un récord de precocidad al debutar en su selección, sino que le puso 170,000 dólares en la cuenta bancaria de su orgulloso abuelo.

“Hoy en día, las denominadas apuestas insólitas ya no son una novedad, sino que se convirtieron en algo común”, explicó Graham Sharpe, vocero de William Hill.

Dice que todo empezó hace 40 años, cuando un visionario llamado David Threlfall apostó en William Hill que el hombre llegaría a la Luna antes del 1ro de enero de 1970. Así el audaz jugador se hizo acreedor de 14,000 dólares tras la hazaña que lideró Neil Armstrong.

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Si de apuestas insólitas se trata, una casa Noruega, lanzó una peculiar oferta en el marco de la Copa del Mundo Brasil 2014: Pagaba 175 a uno, si el futbolista uruguayo Luis Suárez realizaría una nueva mordida en algún partido del Mundial –ya tenía dos antecedentes de impulsos “caníbales”–. Las 167 personas que aceptaron el reto festejaron más que un gol cuando, en el partido entre Uruguay e Italia, Suárez mordió brutalmente al defensa Giorgio Chiellini; y aunque el árbitro no detectó la maniobra, las cámaras y la FIFA sí lo comprobaron, generando duras sanciones contra el jugador, y más de 59,000 dólares en premios para los apostadores de la singular oferta.

En la Premier League ocurrió una apuesta muy graciosa. Un fanático del Manchester United aseguraba que el futbolista Jesse Lingard no podía anotarle ni un gol al arcoíris y que durante toda la temporada que se avecinaba no solo no lograría ninguno, sino que tampoco daría una asistencia a un compañero de los Diablos Rojos para que convirtiera.

La apuesta de unos cuatro dólares fue subida por Antony Johnson a su cuenta de Twitter y a medida que pasaban los partidos, aunque la apuesta solo pagaba unos 860 dólares, todo el mundo comenzó a hablar de la apuesta.

En el último juego del United de la temporada 2019/20, Lingard parecía condenado a las bromas de todos. Sin embargo, en tiempo extra, cuando el árbitro estaba por marcar el final y Johnson festejar, un insólito error del portero del Leicester Kasper Schmeichel permitió que Lingard le robara el balón y anotara para gritar el gol con toda la fuerza de sus pulmones.

La casa de apuestas tuvo un gesto inesperado (y muy comercial), decidió pagarle la apuesta a Antony: “Dura derrota. Vamos a pagar la apuesta como ganadora. Brinda con nosotros”.

Eso no fue todo: Johnson, que pasó de la desazón del gol agónico de Lingard a la alegría por el gesto de la casa de apuestas, decidió no quedarse con el dinero y donarlo a la causa que lucha contra el racismo.

A pesar de las increíbles ganancias que a veces obtienen algunas personas, no hay dudas que la enorme mayoría está regalando su dinero, es casi como quemar los billetes. Puedes apostar por ello.

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