Sadio Mané

Sadio Mané festeja tras anotar un gol en la Premier League en septiembre de 2021. 

Cuando comienza el Mundial y por más que tu no seas un seguidor del fútbol, resulta inevitable hacer fuerza por alguna selección.

Si ya estás cansado de ver ganar siempre a Brasil, Francia o Alemania, si quieres ver una historia épica, Senegal es la respuesta. El equipo africano tiene los condimentos ideales para adueñarse de los corazones boricuas. En especial por su número 10, Sadio Mané.

Todo en la vida de Sadio era fútbol. Desde pequeño, cualquier cosa que rodara era un balón para él... una papa, una piedra, dos calcetines anudados. Hasta los 15 años jugó descalzo sobre tierra, los zapatos deportivos y la grama no eran algo común en Bambalí, su pequeño pueblo, pero gracias a todas estas vicisitudes Mané logró desarrollar una técnica prodigiosa; no hay rebote del balón que lo pueda sorprender.

Luc, su mejor amigo, quien notó que era mucho mejor que los demás, lo convenció de ir a probar suerte a Dakar, capital de Senegal, y a espaldas de sus tíos, que preferían el estudio al fútbol —Mané perdió a su padre a los siete años— se lanzó a la aventura. Una madrugada, con dinero prestado, se subió a una guagua y desapareció.

“¿Cómo te presentas a esta prueba con esos zapatos rotos y esa ropa?”, le preguntó serio y sorprendido el entrenador Parmalin Diatta. “Es la mejor que tengo”, le aseguró afligido el joven Mané. Bastaron unos minutos de juego para que el entrenador se diera cuenta que ese joven mal vestido, osado y determinado era una auténtica joya.

No fue sencillo convencer a su madre y a sus tíos de que iniciara su carrera como futbolista. Mucho menos después de haberse escapado a las seis de la mañana sin dejar rastro. Aunque todos sabían que era una oportunidad única, sus tíos se mostraban intransigentes: “Sin estudios es mucho más complejo salir adelante”, aseguraban. Entre la obstinación de Sadio y la inflexibilidad del tío, finalmente llegaron a un acuerdo: podría jugar al fútbol si por lo menos estudiaba un año más. Y los Mané se dieron la mano.

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Luego la carrera de Sadio escaló a la par de su pasión. A los 21 años fue reclutado por el Metz de Francia, al año siguiente pasó por el Red Bull Salzburgo y en 2019 ya levantó la soñada copa de la Champions League, con el Liverpool FC.

Mané era uno de los futbolistas más cotizados pero, por su estilo de vida, nadie apostaría a que era millonario. “¿Para qué quiero diez Ferraris, veinte relojes con diamantes y dos aviones? ¿Qué harán estos objetos por mí y por el mundo? Yo pasé hambre, trabajé en el campo, jugué descalzo y dejé el colegio. Prefiero construir escuelas y dar comida o ropa a la gente pobre”, expresó Sadio.

Como los ídolos que son grandes de verdad, Mané vuelve cada vez que puede a Bambalí, para compartir con todos lo que tiene. A cada familia de su pueblo natal les dona $75 para que puedan alimentarse, construyó una escuela y un hospital que no había. Su padre murió porque no había donde asistirlo y no quería que nadie repitiera su triste historia. De a poco ha ido transformando el mundo de su gente.

“Bambalí es un lugar muy pobre que nadie conoce y yo quiero ayudar a la gente que la pasa mal”, sostuvo el actual jugador del Bayern Munich, que si fuera pelotero de las Grandes Ligas, sin dudas se llevaría el premio Roberto Clemente.

A los 30 años, Mané y Senegal tienen una enorme oportunidad en Qatar 2022. El grupo A que comparte con Qatar, Ecuador y Países Bajos —clasifican a la siguiente ronda los dos primeros— lejos está de ser una quimera. 

Para los campeones de África superar los cuartos de final logrados en el Mundial 2002 es el objetivo y que levanten la copa es el sueño de todo un continente.

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