Jasmine

Jasmine Camacho-Quinn celebra tras ganar los 100 metros con vallas femeninos en los Juegos Olímpicos el lunes 2 de agosto de 2021, en Tokio. (AP Photo/Petr David Josek)

Cuando el gran poeta puertorriqueño Juan Antonio Corretjer Montes plasmó en blanco y negro el maravilloso poema que tituló “Boricua en la luna” —que luego fue convertido en todo un himno por el gran compositor y cantante Roy Brown— lo hizo para dejar en claro una cosa: ser inmigrante, vivir en la diáspora, o haber nacido fuera de la tierra que vio crecer a tus padres, no nos hace menos puertorriqueños.

Es todo lo contrario.

El poema de Corretjer -que todos cantamos a viva voz y que nos infla el pecho de rabo a cabo de cuando en vez- nos pone en perspectiva que podemos ser “borincanos” aunque naciéramos “en la luna”, lo que no es otra cosa que la confirmación de la conservación del sentido de nacionalidad y patria aunque estemos lejos de ella.

Es la afirmación del sentido que hace que las lágrimas broten cuando vemos ondear nuestra bandera. El mismo sentido que hace que se ericen nuestros cabellos, nos petrifiquemos y nos quedemos sin palabras cuando escuchamos también el himno patrio, La Borinqueña.

Es nuestra identidad y honor. Lo que nos hace entender de qué estamos hechos y de esa maravillosa mezcla cultural que nos hace diferente a muchas otras. Es muy posible que la joven vallista Jasmine Camacho-Quinn no conozca las estrofas del principal himno compuesto por Lola Rodríguez de Tió y que fue luego retocado por Manuel Fernández Juncos en 1901.

Pero les aseguro que cuando Camacho-Quinn lo escuchó el lunes desde lo más alto del podio de los Juegos Olímpicos de Tokio, con una presea dorada colgada en su cuello y una flor de maga en su erizado cabello, sintió con una fuerza indescriptible lo que significa ser puertorriqueño.

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Fue sin dudas el momento de la confirmación absoluta de que su decisión de haber intercambiado el orden de sus apellidos a Camacho-Quinn en lugar de Quinn-Camacho; de haber decidido representar a Puerto Rico en lugar de los Estados Unidos; y de tatuar a la pequeña isla que vio nacer a su amada madre Milagros Camacho en el bícep de su brazo derecho, fue la decisión más correcta, hermosa de su vida e impulsada por su corazón.

Les aseguro que el domingo casi al filo de la media noche y luego en la mañana del lunes en la ceremonia de premiación, Camacho-Quinn, sintió el calor de un pueblo que la vitoreó por doce segundos y diez vallas, sin importar las 13 horas de diferencia.

Allá en tierra nipona sintió la avalancha de amor y solidaridad que recibió una Mónica Puig en Río 2016 cuando conquistó la primera medalla de oro para Puerto Rico en unos Juegos Olímpicos.

Hasta allá le llegaron las vibras que ahora le permiten celebrar el haberse convertido en la segunda atleta y mujer puertorriqueña en lograrlo. Por su juventud, podría asegurarles que podría no ser la última.

Camacho-Quinn demostró que no solamente no es ahora la reina de los 100 metros con vallas de la esfera y la custodio del récord olímpico, sino que también es tan boricua como tú y como yo.

Nos los dejó saber con respeto. Con lágrimas. Con un corazón inmenso y con la misma humildad que caracteriza a un verdadero hijo de esta patria. “Estas son lágrimas de gozo”, dijo Camacho-Quinn. Celebremos ahora con ella una medalla que vale por cien. Enhorabuena.

Editor de Deportes

Graduado de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo. Cuenta con más de 22 años de experiencia. Especialista en boxeo. Fue analista y reportero de boxeo para ESPN Deportes. Miembro activo de la BWAA (Boxing Writers Association of America).