TEXAS-TIROTEO

Greg Zanis prepara cruces para colocarlas en un altar improvisado en memoria de las víctimas de un tiroteo masivo en una zona comercial en El Paso, Texas, el lunes 5 de agosto de 2019. (AP Foto/John Locher)

Las autoridades en dos ciudades de Estados Unidos analizaban las pistas tras dos tiroteos el fin de semana que dejaron 31 muertos, intentando desentrañar los motivos que llevaron a dos jóvenes a atacar a gente inocente en espacios públicos abarrotados.

En El Paso, Texas, la cifra de muertos subió el lunes, dos días después del tiroteo en una tienda Walmart, después de que dos víctimas más murieran por sus heridas. En Dayton, Ohio, había aún más dudas sobre qué había llevado a actuar al supuesto agresor.

Los sucesos, separados por unas horas y 2,092 kilómetros (1,300 millas), no tardaron en convertirse en tema de debate político, con las habituales divisiones por partido en Washington. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aludió a la salud mental y a los videojuegos pero evitó hablar de límites a la venta de armas, incluidas las armas de estilo militar que se cree utilizaron los agresores.

En ambas ciudades se celebraban los rituales ya habituales tras varias décadas de un problema indudablemente estadounidense de violencia armada, mientras los medios ofrecían un torbellino de titulares que no llegaban a conmocionar a un público acostumbrado a estos episodios de violencia.

Como en otras ocasiones, las historias sobre personas bondadosas que habían visto truncada su vida se superponían con los artículos sobre las motivaciones de los agresores, las crónicas sobre heroicidades en los tiroteos y análisis sobre las preocupantes ideologías que podrían haber inspirado los ataques.

Igualmente familiar fue la reacción política, en Washington y el resto del país.

Trump aludió de forma vaga a la posibilidad de reformar las leyes de control de armas, comentarios recibidos con escepticismo por una oposición que ha oído antes esa canción.

“El odio no tiene lugar en Estados Unidos”, declaró el presidente en un discurso de 10 minutos desde la sala de recepciones diplomáticas de la Casa Blanca, en el que condenó el racismo y retomó los debates nacionales sobre salud mental, la representación de la violencia en los medios y los mensajes difundidos por internet.

La policía trabajaba para confirmar que una diatriba antiinmigrantes publicada en la red era obra del autor del tiroteo en Texas, Patrick Crusius, de 21 años. El texto recordaba a algunos de los comentarios de Trump contra los inmigrantes.

Algunos, como Ernesto Carrillo, que perdió a su cuñado Iván Manzano en el tiroteo en l Walmart, dijo que el presidente comparte parte de la culpa por su retórica incendiaria, que Carrillo describió como “una campaña de terror”.

“Su labor como generador de odio terminó en esto”, dijo Carrillo, que el lunes cruzó la frontera desde Ciudad Juárez para acudir a una reunión en El Paso con el ministro mexicano de Exteriores. “Todo esto pasa gracias a él”.

Trump, a su vez, tuiteó que los medios “contribuyeron en gran parte a la ira y la furia que se ha acumulado”.

El presidente planteó la posibilidad de combinar una ley que amplíe las comprobaciones de antecedentes con su vieja iniciativa de endurecer las leyes de inmigración, aunque no explicó la relación entre ambas cosas.

Los estudios han mostrado de forma consistente que los inmigrantes tienen una tasa de criminalidad menor que la de los nacidos en Estados Unidos, ambos sospechosos eran estadounidenses y los investigadores federales barajan los prejuicios contra los inmigrantes como un posible motivo en la masacre en Texas.

El senador demócrata Chris Murphy de Connecticut, un destacado defensor de reformar el control de armas desde que el tiroteo de 2012 en la escuela primaria de Sandy Hook, en su estado, conmocionara al país con el asesinato de 20 niños, rechazó de inmediato la propuesta del presidente tachándola de sinsentido.

“Asociar las comprobaciones de antecedentes con la reforma migratoria es una jugada clara para no hacer nada”, escribió en Twitter.

Al margen de la retórica política o el resurgir del debate sobre el control de armas en la campaña electoral, las víctimas malheridas en los dos estados seguían sufriendo las consecuencias muy reales de la violencia armada.

En los dos casos, un joven blanco fue identificado como único sospechoso. Las autoridades barajaban el racismo como un posible factor en Texas, donde el supuesto agresor ha sido procesado bajo cargos de asesinato. En Ohio, la policía dijo que no había indicios de una motivación similar. La policía en Dayton dijo haber reaccionado en unos 30 segundos al tiroteo del domingo de madrugada y mató a tiros a Connor Betts, de 24 años. Aunque el agresor era blanco y seis de los nueve fallecidos eran negros, la policía dijo que la rapidez de la matanza hacía improbable cualquier discriminación en los disparos.

Entre los muertos estaba la hermana de Betts.

“Parece desafiar a la credibilidad que fuera a disparar a su propia hermana, pero también es difícil de creer que no reconociera que era su hermana, de modo que no lo sabemos”, dijo el jefe de policía de Dayton, Richard Biehl.

El gobernador de Ohio, Mike DeWine, visitó el lugar del crimen el domingo y dijo que los legisladores deben plantearse si “hay algo que podamos hacer en el futuro para asegurarnos de que no vuelve a ocurrir algo así”.

Horas más tarde cientos de personas se pusieron en pie en una vigilia y expresaron su frustración al gobernador republicano, interrumpiéndole con coros de “¡Haga cambios!” y “¡Haga algo!” cuando hablaba sobre las víctimas.

“La gente está enfadada y está molesta. Tienen que estarlo”, dijo Jennifer Alfrey, de 24 años y procedente de Middleton, señalando que no estaba de acuerdo con que se interrumpiera la vigilia pero que entendía por qué tanta gente lo había hecho.

En Texas, donde murieron 22 personas, las autoridades dijeron que el agresor procedía de un suburbio de Dallas, a 10 horas de carretera. Las autoridades parecieron encontrar algo de consuelo en que el tirador no fuera uno de ellos.

"Nosotros no somos así”, dijo el alcalde de El Paso, Dee Margo.

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