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Sin título, de Eugenio Fernández Granell, óleo sobre lienzo.

Destaca la nueva exposición de la Fundación Cortés de este próximo viernes, titulada Tiempo, modo, lugar: Nueva sintaxis de la plástica dominicana, con una muestra respetable de nueve artistas dominicanos internacionales y otros cuatro aleatorios de diversas raíces.

Establece la misma, que el arte en la cuenca caribeña no solo incluye una conversación entre su diversidad moderna y problemáticas sociales, sino que ha ensanchado los consabidos y siempre líquidos márgenes de su localidad. Es curada por Adlín Ríos Rigau e Irene Esteves Amador.

Esta regionalización cercana en un archipiélago tan extenso hace tiempo dejó de considerarse como un enjambre de colores tropicales, de ilimitados bodegones y paisajes exóticos, para abrirse a la búsqueda propia de los linderos de sus soportes como resorte plástico.

Ahí se encuentra la misteriosa monocromía en la obra de un Jorge Pineda, de luces, sombras, texturas y de transparencias; y la extravagancia de la línea de Jorge Porto. Mientras, con Gerard Ellis abundan reflejos del momento de realidades surrealistas, con una obra para sentirse aplicada a la construcción de los sentidos. Entretanto, el enigma geométrico lo adopta Charlie Quezada.

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Camino a mi fiesta de cumpleaños, de Gerard Ellis, óleo sobre lienzo.

Toda la signatura internacional que se desprende de los artistas, incluyendo los naturalizados dominicanos como los de sus diásporas, abrazan el ideal conmemorativo de los 90 años de presencia de la Fundación Cortés en la República Dominicana, motivo de esta muestra. También poseen la influencia inequívoca del surrealista español Eugenio Fernández Granell hasta hoy, quien arribara a La Española en 1940 huyendo de la Guerra Civil, donde conociera a André Breton, padre del surrealismo. El artista vivió décadas en Puerto Rico donde fundara el emblemático taller surrealista El Mirador Azul, con sus pupilos Luis Hernández Cruz, Roberto Alberti “El Boquio” y Luis Maisonet.

“La pintura exhibida de Eugenio Fernández Granell, el llamado último de los pintores del movimiento surrealista, representa muy bien su estilo. Por vía de la abstracción figurativa y una muy lograda síntesis, se presenta el tema de la tauromaquia: es el torero listo para rematar al animal herido. Perforados ambos, sin embargo, así como también las nubes sobre fondos planos, queda transformada la típica estampa en ensoñación onírica, propia del surrealismo del siglo XX”, describe Esteves Amador.

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Territory, de Raquel Paiewonsky, collage. >Suministradas

Los diálogos internos de esta sintaxis tanto técnicos como estéticos dentro de un parlamento plural, empero, surgen reveladores al decir de José García Cordero, el más maduro de todos, que sus cuadros son espejos, por donde se “nos ve el alma”. Las mujeres también practican los desnudos pero morfológicamente, como las fantasías de la quisqueyana Raquel Paiewonsky; y Hulda Guzmán, quien sin miedo ha pintado la imagen del sexo explícito. Raquel Paiewonsky, en cambio, trata de forma peculiar los dilemas de la mujer e instaura una suerte de perspectiva enfocada en la identidad como observa la obra de Gustavo Peña.

“Quisqueya Henríquez, muy probablemente, sea la más conceptual de este grupo de artistas dominicanos. Nacida en Cuba, de madre cubana y padre quisqueyano, hace las veces en este caso, de pieza transicional entre los artistas extranjeros y los del patio. Henríquez posiblemente también sea una de las artistas más polifacéticas, abordando con igual facilidad la instalación, la fotografía, el vídeo y el collage. Utiliza lo mismo materiales de la plástica e industriales, enfocándose recientemente en los lenguajes de la moda y del maquillaje. Pero una de sus grandes constantes en su arte es la ‘dominicanidad’, asunto que quizás su origen o identidad dual le permite ver con mayor claridad y objetividad”, agrega Esteves.

Ignacio Iturria, uruguayo, se vale del óleo –como ha dicho– del acrílico, de las técnicas del grabado, trabaja con alambre, cartón, vidrio, piedra, latas, acude a las viejas maderas de encofrado, al papier maché, reproduce viejos muebles, mete a sus personajes en los orificios, instala cada vez un espectáculo humano en cualquier soporte que se le cruce, y logra darle una dimensión fantástica y tenebrosa. José Bedia, cubano, va en busca de las culturas amerindias y afrotransatlántica para ahondar en la estética de una fe desaparecida.

Queda el puertorriqueño Rafael Ferrer, hermano del actor José Ferrer, percusionista y posminimalista, quien practicó una extensión de su vida en República Dominicana dentro de este marco del amplio Caribe pictórico. Se le ha reconocido ampliamente como un artista de vanguardia, asociado al neodadaísmo y al antiarte. Sus creaciones recientes incluyen dibujos en grafito y gouache en papel, en homenaje a Alberto Giacometti.

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Ignacio Cortés es el anfitrión de la exposición con nueve artistas dominicanos internacionales y cuatro de diversas raíces.

“Desde nuestra llegada a República Dominicana, en 1929, hemos vivido con ella sus momentos más difíciles, como también sus más grandes avances. Mi padre, Ignacio Cortés Del Valle, sembró y cosechó allí muchos de sus logros y, hoy día, mis hijos continúan desarrollando y afianzando nuestra presencia en el quehacer económico y social de Quisqueya. Esta larga trayectoria nos ha brindado estrechar lazos de cálida y solidaria amistad con muchos dominicanos con quienes hemos cruzado caminos. Es por todos estos vínculos que nuestra presente exhibición se constituye en una mirada a esta Quisqueya actual, desde la perspectiva de algunos de sus principales artistas contemporáneos”, manifestó Ignacio Cortés, presidente de las empresas Cortés.

Fundación Cortés ubica en la calle de San Francisco, en el Viejo San Juan.

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