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El antropólogo, arqueólogo y ensayista era de clase media alta, pero estudió en escuelas públicas. >Archivo

El Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) arranca este 8 de abril, en la celebración de la Semana de la Biblioteca, con la conmemoración del centenario del nacimiento del ejecutor de la ley que creó el ICP en 1955, don Ricardo Alegría (1921-2011).

La historiadora Santia Bauzá, del Archivo Histórico de Puerto Rico, dictará la conferencia Don Ricardo Alegría: Muestra bibliográfica en celebración de su centenario, a las 10:00 a.m., y podrá verse por el canal de YouTube del ICP.

El hogar del Viejo San Juan de los años 20 de don Ricardo, quedaba en la calle Salvador Brau que hoy se llama San Francisco, justo al frente de la Plaza Colón. Tenía un terreno baldío que se extendía por todo el frente del Castillo de San Cristóbal, que era su área de juegos.

De aquella casa quedan los balcones originales, donde Alegría se pasaba asomado porque todos los entierros importantes paraban allí, para partir hacia el cementerio.

Su papá era el abogado José S. Alegría, con bufete en el edificio de González Padín. Era un líder cívico, presidente del Casino, de la Asociación de Padres de la Escuela Acosta, contertulio de La Mallorquina y la Farmacia Blanco, y futuro presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico del 1927-28.

“Mi familia era de clase media alta pero siempre estudié en escuelas públicas. En la Acosta muchos de mis compañeros eran de La Perla, recorría con ellos todo San Juan. Uno de mis amigos era el hijo del matarife del matadero de La Perla y de niño me gustaba coleccionar órganos de animales, como los ojos. Hice un pequeño museo y él me los traía de La Perla. Fue una época donde había pobreza, pero no se veía en San Juan a gente durmiendo en las calles o criminalidad. La ciudad era el centro y en el Casino transcurría toda la actividad cultural, especialmente teatro, como en el Tapia que venían cantantes de ópera y donde nos dejaban entrar gratis al gallinero. Ese fue mi mundo”, había relatado don Ricardo.

Entre anécdotas de su afable decir, rememoraba la vez que debía desfilar como patriota americano por la calle, porque toda la educación era en inglés y les enseñaban que Lincoln había liberado a los esclavos puertorriqueños. Entonces, su padre le dijo: “Pues lo haces como Patrick Henry”; y desfiló por todo San Juan con un rótulo que decía: ‘Dadme la libertad o dadme la muerte’.

Otro episodio es cuando estudiaba en la Escuela Superior Central y su maestra Inés Mendoza, luego esposa del gobernador Luis Muñoz Marín, salió en defensa del idioma español y la botaron. Con ella fue suspendido don Ricardo, entre otros, por crear manifestaciones de apoyo.

El mecenazgo de su padre y con la mejor biblioteca de entonces —con documentación que tiraban a la basura de la Fortaleza, que luego recogía y todavía su hijo conserva—, en su casa se reunían intelectuales como el Dr. López Sicardó, Emilio Belaval, Augusto Rodríguez, Julia de Burgos y otros escritores y artistas que iban abriendo un abanico en la mente de este joven, quien se convertiría en antropólogo, arqueólogo y ensayista.

Cuenta que su madre venía de una familia acomodada, tenía una hacienda en Loíza y le comunicó que en la finca Hacienda Grande encontraban cosas de los indios. Ahí fue formando una pequeña colección de objetos arqueológicos. También le relataba sobre las Fiestas de Santiago que organizaban grupos de Loíza. Con esa inquietud histórica también combatió el racismo entre las fraternidades universitarias. Lo expulsaron, por supuesto, y después se fue a la Universidad de Chicago a estudiar antropología, arqueología y museología y allí participó en excavaciones y convivió con indios norteamericanos.

Se interesó, también, en los estudios de la cultura del negro, de Melville Herskovits, quien los inició en los Estados Unidos. Antes de regresar a la Isla, visitó los museos del Smithsonian, en Brooklyn y otros donde sabía que existía material de las Antillas.

En su ausencia, la Universidad de Puerto Rico (UPR) le nombra asistente del director del museo —en ciernes— y empieza a recoger piezas para regresarlas. Ya en Puerto Rico da clases de historia precolombina y organiza el Centro de Investigaciones Arqueológicas y Etnológicas de la UPR, Recinto de Río Piedras.

“Voy a excavar a Luquillo y a Loíza, donde estudié el legado indígena en Ponce y Utuado, y con mi novia Mela Pons reorganizo el Museo. Gané un premio en España con el libro de Loíza y publiqué con ilustraciones de mi esposa el primer libro sobre los indios en Puerto Rico, para los niños. Por iniciativa mía buscamos colecciones de arte indígena, o las comprábamos y las instalamos. Hicimos la primera exposición de santos puertorriqueños, la primera de obras de Campeche y Oller y obras contemporáneas. Así fue mi comienzo cultural”, manifestó.

Le dieron la beca Guggenheim y comenzó el doctorado en Harvard, con una tesis sobre el juego de pelota de los aborígenes de América. La universidad fue el foco para la creación de un espacio para la cultura puertorriqueña. Se le somete el proyecto del ICP como a otros especialistas y ejecutivos, y don Ricardo resulta elegido para poner en práctica esa ley.

Su visión antropológica del puertorriqueño le fue inclinando a la apreciación de todas sus manifestaciones, desde las más folklóricas hasta las más cultas y complejas. Su visión fue hacer los esfuerzos para rescatar del deterioro la ciudad centenaria del Viejo San Juan, que le vio nacer, y verla convertida en patrimonio del mundo.

“Cuando comencé en el Instituto hice un ‘Plan para el desarrollo del ICP’, para los primeros 18 meses y me tomó 18 años. Le pedí a Lorenzo Homar sintetizar en el sello del Instituto al puertorriqueño y por eso tenemos a un indio con su cemí y el maíz, al español con la gramática de Nebruja y las carabelas, y al africano con el machete y el plátano”, expresó este gran patriota puertorriqueño de carne y hueso.

Para actividades sobre el centenario —que se extenderán hasta finales de año— puede visitar el canal de YouTube del ICP.

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