Rene Marques serie 2

José Lacomba recuerda cómo nació la acción que marca el tercer acto de La Carreta, obra insigne del dramaturgo. >Brandon Cruz González / EL VOCERO

SEGUNDO DE UNA SERIE

Después de una muy larga amistad con el escritor René Marqués ((1919-2019), el Dr. José Manuel Lacomba —custodio de sus obras— colocó una tarja de recordatorio en el hogar natal del dramaturgo en Arecibo, tras su prematuro fallecimiento en 1979.

Esa casa de dos pisos donde ambos vivieron y dilucidaban si uno estudiaría leyes y el otro teatro, ubica aun en la calle José de Diego del casco arecibeño.

“Conocí a René para la década del 40 cuando se había graduado de ingeniero agrónomo. Nuestro primer contacto fue a través de la Hija del Caribe, la poeta Trina Padilla de Sanz. Era la persona clave de la cultura en Puerto Rico y fue como la mamá espiritual de René. Entonces, yo estaba hospedado en casa de doña Trina, donde le conocí. Como mi habitación quedaba cerca, cada vez que venía, hablábamos”, rememoró Lacomba en extensa entrevista con EL VOCERO, en el marco del centenario del nacimiento del insigne escritor.

Marqués era descendiente de hacendados latifundistas y Lacomba fue hijo de uno de los primeros farmacéuticos de la Isla. Entre las volteretas de la época de la Segunda Guerra Mundial, el primero vivía en constante discusión con su madre porque no quería estudiar agronomía y el segundo, era un pintor y maestro pisicorre —de aquellos que tenían escuela superior— y la Universidad de Puerto Rico (UPR) en 1943, les hacía tomar diferentes cursos para que pudieran dar clases.

“En la UPR tomé los cursos de artes industriales y teatro donde conocí a Victoria Espinosa, una muchacha alta trigueña clara. Ella dirigía La Comedieta Universitaria de teatro infantil y me dediqué a actuar. René estaba casado con Serena Velasco, cuyos padres eran de una de las familias más ricas de Arecibo. Cuando le conocí tenía dos hijos y otro que vino después. Su madre siempre le decía que se olvidara de las leyes por los terrenos que tenían. ¡Se adoraban, pero siempre discutían! Entonces yo entro a ser casi de la familia cuando su mamá me preguntó que por qué —en vez de quedarme en casa de doña Trina— no me iba con ellos al tener una habitación libre”, comentó sobre cómo fue evolucionando su relación con Marqués.

Su amistad con Lucy Boscana

Señala además, cómo una reseña que Marqués hizo de una obra con Lucy Boscana, marcó el inicio de una amistad y complicidad artística con la primera actriz.

“Un día, esta se presentó en Arecibo a felicitar a ‘aquel ignorante’ que había hecho una crítica suya, de lo más buena. Y ahí, surgió la amistad entre Lucy Boscana, su prima Madeline Willemsen y René. Entra en ese panorama la licenciada Nilita Vientós Gastón, directora del Ateneo Puertorriqueño. Nilita le consigue una beca Rockefeller a René para estudiar en la Universidad de Columbia (UC) para que cogiera cursos de teatro en inglés. Estuvo allí un año y le invitaron a visitar los centros culturales creados por el millonario humanista. Conoció al famoso crítico del New York, Herald Tribune, John Gassner, del claustro de UC, quien le requirió escribiera una obra de teatro. Nace entonces Palm Sunday”, puntualizó con gran seguridad Lacomba.

“Me fui con René para Nueva York y vivimos en la en la 61 y 93. Trabajaba y estudiaba con Erwin Piscator, el principal dramaturgo y teórico de teatro político, el cual se enfocaba en el contenido sociopolítico del drama y no en la inmersión emocional del público o en la belleza formal de la producción. Las clases eran en una iglesia y de ahí salió el Actor’s Studio. La cosa es que regresamos al año y ya tenía la novela Pueblo agónico en español y Palm Sunday en inglés. El era muy temperamental y rompió esa novela. No hace mucho buscando sus archivos apareció Pueblo agónico en forma de teatro, la primera obra que escribió”, precisó su custodio.

Su fórmula creativa

Lacomba atestiguó el genio creativo de Marqués, su temperamento, su método artístico y sus pasiones.

“Una de las características de René al escribir, es que no escribía. Al hacerlo, eso era lo definitivo. Lo curioso es cómo lo hacía. Él era muy callado en su forma de pensar y no era que viera un incidente y dijera: ‘lo voy a usar’. Era un gran observador de la situación. Yo observaba que cuando iba a escribir, compraba libros, leía muchísimo y pasaba a otro. Después estaba cuatro o cinco días en completo silencio. No hablaba, casi no comía. Todo era pensando y lo que hacía era escribiendo la obra mentalmente, para después concebirla completa. Cuando se decidía, era escribe y escribe, y cuando terminaba decía ‘esto no lo vuelvo a hacer’, me decía”, contó con un dejo de satisfacción.

Añadió que “al estar la obra completa, me decía: ‘¡Toma, pásala!, y yo la pasaba a maquinilla. Sus extensas acotaciones tenían que ver con mis artes industriales, donde se tienen que poner hasta el número de los escalones. Como era gran observador, alguien le preguntó que por qué hacía eso, y le contestó: ‘Porque yo dudo del director, de los actores y tienen que hacer las cosas como yo las conceptualizo’”, relató su futuro escenógrafo y de cierta manera una gran influencia en su obra.

Resulta que Lacomba trabajaba en una fábrica de té en Nueva York y le contó a René que a un obrero se lo “tragó” una de las máquinas, pero no murió. El dramaturgo guardó silencio.

“¿Quién diría que ese era el final del personaje de Luis, en el tercer acto de La Carreta?”, expresó sobre la que se convirtió en una de sus obras insignes.

La Carreta fue publicada en su totalidad en 1952 por Vientós Gastón en su revista Asomante y al año siguiente estrenó en Nueva York —en el Saint Sebastian’s Auditorium de Manhattan— bajo la dirección de Roberto Rodríguez Suárez.

“Al estrenar ese año en el Ateneo, la dirigió Ángel F. Rivera, y René y él no se llevaban. Resulta que Ángel mandó a buscar a los actores a escena, porque allí nadie le ayudaba; y yo hice la escenografía. Se me escapó entre dientes decirle ‘hijo de la gran pu...’, y René —que estaba sentado en el público— le entró a puños y él empezó a gritar, que le estaban matando…. A René le gustaba pelear, pero a los puños”, contó su también albacea.

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