Rene Marques

Último de una serie

A lo largo de una serie de artículos centrados en la figura y obra del dramaturgo René Marqués, en el marco del centenario de su nacimiento, EL VOCERO obsequia a sus lectores un vistazo a otras facetas del artista —tanto el escenario como tras bastidores— a través de una serie de fotografías, algunas de ellas nunca antes publicadas.

La estatura de su obra como dramaturgo ha silenciado de cierta manera su carrera como actor. Sin embargo, vale la pena recordar que tras estudiar en el Piscator’s Dramatic Workshop con dos de los fundadores del Actor’s Studio de Nueva York, retornó a Puerto Rico, donde en 1950 funda Teatro Nuestro, su grupo teatral con Angelina Morfi y José Lacomba. Inaugura además, el Teatro Experimental del Ateneo Puertorriqueño —que Lacomba diseña y construye entre 1951-1952— e inician una temporada teatral con obras de teatro universal, que además protagonizaba.

Anterior a este lanzamiento en el tinglado teatral de entonces, desde 1941 se había convertido en representante de la sociedad dramática Areyto, dirigida en San Juan por el dramaturgo Emilio S. Belaval, laborando después como crítico teatral y literario en periódicos y revistas de Puerto Rico, Nueva York, México y Perú.

Las fotos de la época le muestran en escena con Sandra Rivera, Myrna de Casenave, Norma Candal y Mercedes Sicardó, desde aquella nueva sala del Ateneo que con el Tapia y el Teatro de la Universidad de Puerto Rico lideraban la oferta del área metropolitana.

Como juvenil actor destacó representando a Camus, Salacrou, Chéjov, Azorín y Ruiz Iriarte, trabajando además con otros histriones, dramaturgos y directores escénicos como Myrna Vázquez, Esther Sandoval, Emilio S. Belaval, Luis Rafael Sánchez, Francisco Arriví, Luis Rechani Agraít, Ángel F. Rivera, Francis Santiago, Leopoldo Santiago Lavandero, Luisa Géigel y Piri Fernández, quien se convertiría en la segunda directora del teatrito.

Catapultados quedaron al estrenar en el Teatro Experimental, La carreta, de Marqués, en diciembre de 1953, donde el dramaturgo enrraizó la identidad puertorriqueña, con conciencia profunda de lo propio, en la imagen de una familia en pleno tránsito del campo hacia el arrabal y de ahí hacia los bajos fondos de la metrópolis neoyorquina por causas económicas.

Desde ese drama nació el concepto de la familia y la tierra sagrada, con referentes existencialistas de resonancia universal, que prevalecen aún hoy. Con esta entrada rumbo al teatro latinoamericano contemporáneo, el teatro marquesiano y puertorriqueño escribieron con letras doradas aquella mágica iniciación.

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