El estado de situación en Asia Central y el Sureste de Asia es preocupante. No solo presenciamos el deterioro exponencial en Afganistán, donde los Estados Unidos está próximo a cumplir diecinueve años de un esfuerzo de estabilización que, luego de un desembolso de $1 trillón, está al borde del fracaso, sino que presenciamos impotentemente cómo se menoscaban las libertades civiles y el imperio de la ley en Hong Kong. Las vicisitudes responden a las ansiedades estratégicas y existenciales de la Federación Rusa y la República Popular de China, cuyos actos buscan ante todo, mantener a raya a Washington y verles retirarse de la región en un repliegue que les abra el espacio de maniobra para designios propios.

La semana termina con la noticia de que Moscú pagaba cuotas a manera de recompensa al Talibán para, según el New York Times y el USA Today, abatir soldados estadounidenses en el campo de batalla. La información, confirmada por el Pentágono en el documento, ‘Enhancing Security and Stability in Afghanistan’ de junio de 2020, nos ofrece una ventana interesante al “raciocinio ruso” detrás de este esfuerzo desestabilizador. Todas las fuentes concurren en que Moscú tiene un interés primordial que EE.UU. se retire de ese país. Sin embargo, si le creemos a las fuentes de la inteligencia estadounidense, la intentona rusa es, además de errática, malaconsejada (en el sentido de ‘ill-advised’).

Me cuesta concebir que Rusia – y Vladimir Putin en particular – desembolsen enormes cantidades de rublos a entidades que, según el exgeneral Mark Quantock, excomandante a cargo de inteligencia para el Mando Central de las Fuerzas Armadas de EE.UU. (US Central Command, CentCom) y citado en USA today, no necesitan incentivo alguno para intentar matar tropas estadounidenses. No es que no le pueda asignar motivaciones perversas al presidente y al aparato de seguridad ruso, lo tienen. Pero aun un ente perverso es capaz de raciocinio y de hacer cálculos geopolíticos a largo plazo. Si usted quiere a los Estados Unidos fuera de Asia Central, haga los esfuerzos diplomáticos y estratégicos para, primero estabilizar a Afganistán, neutralizar a Pakistán, integrar a China y la India en objetivo y causa común de modo que pueda ofrecerle a Washington una salida honrosa. Tomará más tiempo, pero será más duradero. De lo contrario, para Moscú y los países de la región (Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán, Kirguistán, incluso Irán, China y Pakistán) atestiguarán el surgimiento de un Afganistán presto a convertirse en nido de insurgentes que les hará la vida, sus procesos y sus ambiciones y objetivos regionales una empresa imposible.

Por otro lado, el menoscabo de lo que, nominalmente, se llama la Región “Especial Autónoma” de Hong Kong parece imparable. El resto del mundo mira impotente como Pekín impone su voluntad absoluta y centralista a un enclave que le ha desafiado, decidido no solo a preservar su manera de ser, también las libertades políticas y la tradición jurídico legal, montado sobre el derecho común (common law) y la independencia de los tribunales que los británicos les legaron. Frustrados, los Estados Unidos, hundidos en sus propias crisis, no puede sino imponer sanciones a través del Hong Kong Autonomy Act (S. 3798), que busca penalizar a entidades e individuos que asistan, cito, “a la erosión de la autonomía hongkonesa”. Mientras, el Reino Unido, Australia y Taiwán, para profunda irritación de Pekín, ofrece protecciones legales (que incluyen residencia permanente y eventual ciudadanía) a quienes deseen huir de la ciudad y de las garras del autoritarismo chino.

Como noción, ‘un país, dos sistemas’ no tiene un anclaje práctico para la vocación centralista y autoritaria de una China que tiene en su cabezal a uno de los líderes más arbitrarios e imperiosos en tiempos recientes: Xi Jinping.

Atemperar, mantener a raya, la actitud agresiva de Pekín implicaría una estrategia conjunta y abarcadora. Su animosidad se da en múltiples frentes (South China Sea, la frontera con India, el adoctrinamiento sistemático e integración forzada de su minoría uigur, es parte de la huella indeleble que Xi quiere dejar en su haber y en el de China. La acción colectiva debe procurar ante todo, como dice Sun Tzu, encontrar coyuntura – oportunidad – en medio del caos.