El momento de la amenaza de imponer tarifas a México vino y se fue sin pena ni gloria. Un faroleo (bluff) que buscaba ante todo congraciarse con un electorado reaccionario, esencialista, inconsciente y negacionista del panorama cambiante de los Estados Unidos. La movida, publicada por primera vez en un tuit del presidente, buscaba gravar a un principal socio comercial, una penalidad impositiva del cinco por ciento en incrementos mensuales a productos mexicanos destinados para consumo en los Estados Unidos, si este no hacía esfuerzos “verificables” para atenuar el flujo de inmigrantes en la frontera. México, al final, cedió; cómo evitarlo en un momento de simbiosis económica categórica.

Sobre el tapete del imaginario público un raciocinio retorcido: la idea distorsionada y exacerbada de “hordas invasoras”, que “se aprovechan” del “estado benefactor” estadounidense y “drenan” las contribuciones que estos hacen al fisco, lo que no es cierto. “Hordas”, que México viene “obligado” —como si la responsabilidad les tocara a ellos exclusivamente— a abordar expresamente, deteniéndolas en su territorio y enviándolas de vuelta a sus países de origen.

En la virulencia particular de las redes sociales y algunos medios, principales y marginales, que repiten acríticamente, podríamos imaginarnos que México está haciendo absolutamente nada en su frontera norte y sur. De hecho, hay poco seguimiento posterior al asunto luego del anuncio por parte del presidente, realizado al filo de la noche del viernes 10 de junio pasado, de que la imposición de aranceles quedaba sin efecto. El brote de urgencia pausa, dejando sobre el tapete la realidad de que en Washington hay tranque político perenne en torno al asunto incómodo de la migración. Por tanto, el presidente recurrirá siempre a los instrumentos que tiene a su disposición: la declaración de emergencia, probar los límites de la acción ejecutiva y con ello la separación de poderes y ahora la extorsión. Todo ello se da en el umbral siniestro de la próxima renovación del mandato electoral en 2020. Tiene —absolutamente— que haber cumplimiento de promesas, cuesten lo que cuesten, aun a costa de arrastrar la economía estadounidense al suelo junto con la de México.

Pero la realidad es mucho más amplia que la que se presenta en los medios y en la concepción angosta del primer ejecutivo estadounidense. Más allá de los nexos de interdependencia compleja, México sí colabora con los Estados Unidos en materia de seguridad fronteriza. El antiguo embajador de México en Washington, Arturo Sarukhan, en entrevista con Public Radio International, afirmó que tanto EE.UU. como México han incrementado las instancias de colaboración a partir del 11 de septiembre de 2001. Una de esas instancias trata, precisamente, de intercambio de inteligencia para evitar que perpetradores, o sospechosos de terrorismo, utilicen la frontera como punto de entrada hacia los Estados Unidos. Pero esta colaboración/intercambio se da también en el renglón de la lucha contra el tráfico de drogas que pasa por la frontera. Sigrid Arzt Colunga, investigadora del Woodrow Wilson Center, arguye en un informe que la asistencia mutua entre ambos países ya es un hecho dado. El mismo no está exento de problemas, pero funciona a pesar de sí. Dicho de otra manera, opera con escollos típicos del trabajo conjunto de dos entidades y organizaciones complejas.

De ahí que la naturaleza del chantaje haya sido tan perversa. Es propio exigir proporcionalidad a un aliado estratégico o a un socio comercial, lo que no procede es señalarlo por faltas o incumplimiento allí donde no existe conducta objetable. Me sospecho que aclarar ese punto fue el principal propósito de la visita a Washington de la delegación mexicana, encabezada por el ministro de relaciones exteriores, Marcelo Ebrard. Igualmente, intuyo que es la razón detrás de la criticada movilización de guardias nacionales mexicanos a la frontera con Guatemala. Lidiaron ansiosamente para apaciguar al presidente Trump y sus promesas vacías a un electorado que preferiría blanquear la faz de la cotidianidad de su nación. Lo hacen de manera absoluta, sin reflexión ni miramientos a la realidad que tienen frente a sí y que ahora, tomado de rehén el comercio bilateral, pretenden ajustar.

Pero ese no es el único punto, ni el propósito último. Ahora desde Washington, la política pública y exterior vigente será intimidar a sus socios para que se sometan. Pero nada de esto detendrá la desdicha que viene de Centroamérica.

(1) Comentarios

Agapito Feliciano

Chantaje?? Si a usted le preocupa tanto los inmigrantes, porque no escribe una columna defendiendo a los dominicanos que quieren entrar ilegalmente a Puerto Rico. Claro, porque esa inmigración si le afecta negativamente a ustedes. HIPÓCRITA!!

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