11 de septiembre Nueva York

Llevo semanas pensando cómo escribir esta columna. Sentarme frente a la computadora ha sido un reto pues no quería refrescar mi memoria con imágenes que han quedado grabadas en mi mente para siempre.

Era una mañana otoñal perfecta: el cielo claro, la temperatura agradable y una brisa que abanicaba el ambiente. En esos tiempos yo era reportera de Telemundo en Nueva York y me esperaba un día largo pues era día de primarias y tenía que ir a Brooklyn para cubrir la campana de Fernando Ferrer, político de ascendencia boricua, quien era uno de los candidatos a la alcaldía de la ciudad.

Todo cambió en cuestión de minutos. Mi camarógrafo Eddie Medina, también puertorriqueño, y yo tomamos rumbo hacia el bajo Manhattan. El humo nos sirvió de guía para llegar al centro del caos. Mientras las dos torres gemelas ardían, miles de personas corrían despavoridas. Muchas de las imágenes de las que fuimos testigos durante las horas siguientes fueron dolorosas por demás. Era como estar en medio de una escena de una película de ciencia ficción, pero esta vez trágicamente, la película era realidad.

Como sabemos, casi tres mil personas – entre las edades de dos y ochenta y cinco años- perdieron la vida ese día a consecuencia de los ataques terroristas ocurridos el 11 de septiembre del 2001.

La tragedia no hizo excepciones y cobró la vida de banqueros, abogados y otras personas influyentes, así como la vida de empleados de cafeterías, mantenimiento, entre otros y también de los bomberos, policías y otros rescatistas quienes por azares del destino coincideron en el centro de la vorágine.

Entre otras cosas, la catástrofe llevó al despliegue de fuerzas militares estadounidenses en Afganistán. Veinte años después otras imágenes nos muestran como terminó ese capítulo.

También veinte años después sabemos de las consecuencias emocionales y de salud que sufrieron muchos de los sobrevivientes. Estudios científicos como el presentado en la revista American Psychology por los investigadores Neria, DiGrande y Adams, acreditan que miles de sobrevivientes aun sufren de trastorno de estrés postraumático“PTSD”. Otras personas padecen de condiciones de salud por lo que se estableció un fondo de compensación. Irónicamente, Marcy Borders, una asistente legal cuya imagen cubierta de polvo y conocida como “Dust Lady” fue captada por el fotógrafo Stan Honda de la Agencia Francesa de Prensa, no tuvo acceso a esos fondos y falleció pocos tiempo después debido a cáncer.

El desplome de las torres gemelas generó un sentimiento de solidaridad con Nueva York. Así como presenciamos escenas dantescas también vimos gestos de bondad y desprendimiento. Por ejemplo, mi camarógrafo Eddie y yo estuvimos tres días apostados en el área y nunca nos faltó agua ni comida pues gente bondadosa, entre estos representantes del Ejército de Salvación y la Cruz Roja y residentes de la zona, nos dieron la mano.

Veinte años después las consecuencias del 9-11 las vemos a diario cuando abordamos un avión por ejemplo. Viajar nunca ha sido igual ni tampoco entrar a un edificio público.

Desafortunadamente, las catástrofes han seguido acumulándose durante los pasados veinte años: la pandemia COVID-19, guerras, cambio climático, discriminación racial, injusticia social entre otras cosas. Puerto Rico además ha pasado por huracanes y terremotos.

Felipe, un mesero que trabajaba en un restaurante en las torres, sufrió quemaduras en el 80% de su cuerpo. Inmigrante hispano había llegado a Nueva York a buscar “un nuevo futuro.”

Cuando le entrevisté estaba tomando medicamentos y los médicos habían cubierto sus quemaduras con gaza. “Estoy vivo,” me dijo entre lágrimas. “Eso es lo que cuenta.”

Veinte años después tenemos la oportunidad de meditar sobre estos terribles acontecimientos y también pensar en lo que realmente es lo que cuenta.