Playa Puerto Rico

Venir a Puerto Rico siempre se ha sentido como volver a casa. Como tantos puertorriqueños nacidos en Nueva York, la Isla siempre formó parte de mi vida. Pasé los veranos con mis abuelos en Arecibo, donde nacieron mis padres. En español pronunciaban mis abuelos sus palabras de afecto y sobre la mesa se servía comida puertorriqueña.

Acepté el puesto de director ejecutivo y me trasladé a la Isla para asumir un reto sin precedentes en mi vida. Sé que no es un trabajo popular. Muchos puertorriqueños, incluso algunos amigos y familiares, observan la Junta de Supervisión con escepticismo, y hasta con aversión. Mi esperanza es ganar la confianza de mis compatriotas para que juntos podamos convertir la estabilidad fiscal alcanzada, en un cimiento sólido y duradero para lograr el crecimiento económico a largo plazo.

Hasta ahora, mi trabajo ha consistido en crear un presupuesto que equilibre las prioridades del gobernador de Nueva York y mantener la disciplina fiscal. El dinero que se recauda de contribuciones es finito. Esto no solo es cierto para Nueva York, sino también para Puerto Rico. Aunque mi función aquí es diferente, los principios siguen siendo los mismos.

Mis abuelos se trasladaron a Brooklyn y al Bronx en los años 60. Mi abuelo abrió una bodega en Brooklyn y mi abuela trabajó como costurera: una historia de la diáspora puertorriqueña. Décadas después regresaron a Arecibo. Mi padre se hizo servidor público en Nueva York. Entonces —como ahora— el servicio público era una buena carrera, y mi madre empezó la suya trabajando en la Oficina de Gerencia y Presupuesto de Nueva York. Realicé prácticas allí mientras estudiaba en el Brooklyn College, y tras culminar mis estudios graduados en la Universidad de Pensilvania, acepté un puesto como analista presupuestario para el Senado del Estado de Nueva York en Albany. Habiendo trascurrido un cuarto de siglo, ayudé a la gobernadora Kathy Hochul a preparar lo que fue su segundo presupuesto, el séptimo para mí. Fui el director de Presupuesto de Nueva York con más tiempo, desde que Nelson Rockefeller fue gobernador en los años 50.

Cuando el huracán María devastó la Isla, me uní al entonces gobernador Andrew Cuomo y a los funcionarios del gobierno de la Isla en Nueva York, en el primer vuelo comercial para dirigir la ayuda a Puerto Rico. Nueva York envió a la Guardia Nacional, ingenieros y profesionales de la salud, helicópteros, generadores de energía, agua embotellada y alimentos, entre otros. Formé parte de un equipo que trabajó con la Oficina del Gobernador de Puerto Rico para desarrollar una evaluación de daños que demostrara al gobierno federal la necesidad de ayuda. Para mí, no se trataba solo de una misión de voluntariado. Para mí, era una misión personal. Mis abuelos y parientes vivían aquí. Sufrirían como todos los habitantes de la Isla. Yo tenía que ayudar.

He trabajado para gobernadores y legisladores republicanos y demócratas. Siempre procuro encontrar un terreno común para llegar a acuerdos. Cada año, se debe acordar un presupuesto equilibrado. Lo que me impulsa es lograr lo que nos proponemos; no solo las prioridades que yo establezco, sino también las prioridades importantes para las personas con las que trabajo y las personas a las que representan. Mantengo la política al margen.

Este es quien soy. Mi forma de ser no cambiará en la Isla. Con la política a un lado, mantendremos las finanzas estables y levantaremos los cimientos de una economía en crecimiento. Estoy deseoso de colaborar con los líderes electos para crear un Puerto Rico que recupere la confianza de los inversores, de modo que el gobierno no recaiga en la inestabilidad y la crisis que hicieron necesaria la Ley Promesa y —lo que resulta aún más importante— que gane la confianza del pueblo.

No se trata solo de un reto profesional, sino de una oportunidad para volver a mi hogar ancestral y tener un impacto duradero y sostenible en el futuro de nuestra economía. Puerto Rico es una isla única, con un conjunto de circunstancias que superar. Puede que no haya nadie más entusiasmado con mi nuevo trabajo que mi abuela de 93 años. Ella no pudo regresar luego del huracán María, pero ahora planifica por fin su regreso a Arecibo. Me pidió que fuera y abriera las ventanas para dejar entrar el aire a la casa. Me encanta esta Isla y estoy ansioso por traer a abuela de vuelta a su hogar.

Recibe más información sobre esta y otras noticias. Pulsa aquí si eres usuario de Android o de iPhone.