Irak

Todavía a principios de año, corresponde pasar revista a los desafíos de la sociedad global, sus respectivos gobiernos, organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales y entidades privadas de carácter multi y transnacional. Aparte de lo mencionado en la anterior columna, la pandemia y los problemas de la cadena de suministro a nivel global, existen desafíos que trascienden las fronteras y la mirada doméstica. Igualmente, existen asuntos domésticos que son transcendentales y cuyo impacto se sentirá más allá de una audiencia autóctona. Son siete continentes, cada uno con sus particularidades, y aunque no todos figuran en el inventario, lo que sucede en uno necesariamente impacta al conglomerado.

Empecemos por Asia, Medio Oriente incluido. En este 2022 el mundo árabe parece haber olvidado en definitiva a Palestina y los palestinos. No es solamente el hecho de que el estado de Israel los desplaza sistemáticamente de sus tierras ancestrales, es que sus vecinos árabes asienten y consienten en aras de un pragmatismo y objetivos estratégicos que desconciertan. Me refiero aquí a Baréin y a los Emiratos Árabes Unidos quienes, en compañía de Sudán y Marruecos, han establecido relaciones diplomáticas con Jerusalén.

No hay problema con el hecho de normalizar relaciones; hay que aplaudirlo y darle la bienvenida, pero nunca debió ser a costa de las reivindicaciones legítimas de un pueblo que reclama autodeterminación. Claro, la herida profunda a Palestina y los palestinos es también autoinfligida: estos deberán hacer un ejercicio de introspección y mirar posibilidades más allá de Fatah (OLP) y Hamás. Ninguna es ya ni portavoz, ni portaestandarte de los palestinos.

Paralelamente, el acercamiento de los países árabes a Israel se da también en la forma de entendimientos que, aunque carecen de formalidad, procuran convergencias en materia de geopolítica y cuestiones estratégicas. Lo que quiero decir con esto es que ya el cuestionamiento a la existencia del Estado de Israel ha desaparecido de las bocas de los principales, a cambio de lo que se percibe como una amenaza —también existencial— a la región. Así, la relativa cercanía ente Riyadh (Arabia Saudita) y Jerusalén se da en el contexto de lo que ellos perciben es la sombra nefasta de Irán.

En el caso de África, el perenne ciclo catastrófico de guerras civiles nos lleva esta vez a Etiopía, en donde el enfrentamiento entre tropas gubernamentales y rebeldes de la etnia Tigré ha revelado el lado atroz del primer ministro, Abiy Ahmed, receptor inmerecido de un premio Nobel de la Paz. Precisamente reflexionaba en tiempo reciente sobre lo precipitado —y equivocado— que estuve al endosar en una pasada columna el galardón a lo que, presumo, es un dictador y un criminal de guerra.

Por otra parte, la debilidad de la República Democrática del Congo, que lleva ya seis décadas de guerra civil, sigue siendo aparente en términos del poco beneficio que la explotación de sus recursos minerales revierte en beneplácito de su gente. No es solo el hecho de una cultura gubernamental endémicamente corrupta y la explotación de sus minas de cobalto y el coltán —necesarios para la elaboración de productos de alta tecnología, como nuestros teléfonos celulares— por parte de Occidente, es que el ciclo de trágica dependencia no termina. Hoy día, China parece ser el nuevo amo del cobalto y otros minerales en el Congo-Kinshasa.

Aunque estos eventos puedan parecer lejanos, en realidad no lo son. No es únicamente el hecho de que la inestabilidad constante pone en peligro los hiatos de precaria tranquilidad en las poblaciones de estos países, es que esa inestabilidad induce, en el caso de África, al ciclo interminable de muerte, hambre, pobreza e inseguridad; estos a su vez obligan a los individuos y familias a envolverse en el interminable ciclo del desplazamiento poblacional, que a su vez alimenta la crisis migratoria.

Las soluciones deberán venir desde adentro, ciertamente, procurando apertura a la pluralidad democrática y apostando a romper el ciclo de marginalidad y dependencia. En el caso de Medio Oriente, las líneas que se trazan no solo son injustas, buscan ante todo mantener, en el caso de Irán, su estatus como nación paria en un teatro geopolítico en el que todos quieren tirar la primera piedra hacia Teherán, sin estar libre de pecado. Si la confrontación desplaza a la diplomacia en este renglón, Occidente —quiero decir, los Estados Unidos— se verá inevitablemente halado y compelido a intervenir.

La próxima columna hablará de los retos que encararán Europa y el resto de Asia. Hasta entonces, feliz retorno a la semana laboral.