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Con la llegada del siglo XXI los puertorriqueños empezábamos a hacer realidad el sueño de impulsar estrategias de transportación colectiva que nos alejaran de la dependencia del automóvil como el medio de transporte masivo por excelencia. Pero casi dos décadas más tarde todo parece indicar que hemos vuelto a retomar nuevamente el carril del automóvil, dejando atrás el Tren Urbano, el sistema de autobuses e incluso el antiguo, pero efectivo, sistema de porteadores, la llamada pisa y corre. El sueño de ingenieros y planificadores como el Dr. Hermenegildo Ortiz se hace agua en manos de las nuevas generaciones de ingenieros, planificadores urbanos y gobernantes. Es así como el transporte por el canal acuático del caño Martín Peña entre San Juan y Hato Rey - el Acuaexpreso - lleva años cerrado con toda una infraestructura en pie y nadie parece notarlo. Los planes de llevar un tren liviano para atender el flujo de viajeros que salen o atraviesan el municipio de Caguas sucumbió ante el “carril dinámico”, que a todas luces resulta ser una alternativa más jugosa para el recaudo público que para realmente ayudar a mejorar la vida del ciudadano y ponernos a tono con el tema de cambio climático. Igualmente, se quedó en el olvido el tren liviano al Viejo San Juan y la expansión del Tren Urbano hacia Carolina. Tampoco sirvieron los viajes organizados por la Sociedad Puertorriqueña de Planificación y la Universidad Metropolitana y su escuela de Asuntos Ambientales a Curitiba, capital del estado sureño de Paraná, en Brasil y ciudad modelo en temas de transporte colectivo.

Basta con ver el deterioro que se acumula en las majestuosas, y fuera de escala, estaciones del Tren Urbano, en aspectos tanto de la estructura física como en la seguridad y el equipo tecnológico. No hay un plan, y si lo hay no se hace realidad un ejercicio coherente de integrar comunidades, servicios y necesidades de movilización del ciudadano con la infraestructura construida y la por construir. Esto deja al ciudadano sin otro remedio que depender una vez más del auto y no permite romper el estigma de que la transportación colectiva es tema de los pobres y clases más desposeídas, y no como ocurre en las grandes metrópolis, donde es tema de todos. Con la suspicacia que nos caracteriza, ¿no tendrá algo que ver con todo el andamiaje contributivo y de recaudos del cual los automóviles son la pieza clave? Con solo recordar que los impuestos por la venta de autos representan unos $500 millones para el gobierno; no digamos los impuestos por gasolina, multas, marbetes, peajes y otras misas sueltas.

En resumen, no se observa adelanto en estos temas, más allá de algunos carriles de bicicleta o ciclovías que están más ligados a temas recreativos y turísticos que cualquier otra cosa y que han caído rehenes de las patinetas eléctricas. ¿Qué podemos hacer entonces en un país que se especializa por dejar pasar las oportunidades? Utilicemos los muchos millones que se nos vienen encima para verdaderamente integrar la transportación masiva a los temas de urbanismo y modernización de infraestructura eléctrica, tecnológica y de agua y luz. Si llevamos un tren urbano hacia Carolina, utilicemos la oportunidad para soterrar la red eléctrica, reemplazar las troncales de Acueductos y modernizar los sistemas de control de semáforos, y no lo hagamos todo en pedacitos que nunca podemos poner a funcionar. Solo así lograremos una gran armonía urbana. En una metáfora de vida, aprendamos de cómo lo hacen los músicos en una orquesta sinfónica.

Este es un reto inescapable de nuestros líderes, si quieren dejar una huella verdadera de su trayectoria y no meramente complacer los caprichos populistas o los intereses económicos de unos grupos o, peor aun, darle oxígeno a un gobierno caduco que agoniza en la incapacidad.