Capitolio

El Capitolio de Puerto Rico. >Josian E. Bruno Gómez/EL VOCERO

Un país de primera siempre es consigna de las campañas electorales. Aunque el partidismo y sus estilos a veces nos hace perder la perspectiva de que solo son “slogans”, la realidad es que esta frase tiene mucho más significado que el atribuido.

De frente al presente, Puerto Rico enfrenta el reto de desarrollar las bases de un país viable, con no solo la infraestructura física, natural y humana, sino con las actitudes y cultura apropiadas que nos permitan competir en el complejo mundo del que somos parte.

Pero, ¿cómo construir un país viable? ¿Quién tiene la fórmula mágica para las grandes transformaciones? No existe una respuesta sencilla a este dilema; lo importante es que reconozcamos que hay grandes principios que debemos propulsar para alcanzar las soluciones y la gran meta de un país viable.

La educación, sin duda, debe ser uno de los puntales de este cambio. Pero la educación por sí sola no es suficiente. Si perdemos el esfuerzo y la inversión que como sociedad hacemos cuando nuestros más subsidiados profesionales, entiéndase médicos e ingenieros, abandonan nuestra patria en busca de su país viable, no cumplimos con el cometido como sociedad. Más aún, cuando no podemos llegar a los acuerdos más sencillos como nombrar a un secretario de Educación.

En un país de primera se reconoce que es necesario mantener un balance adecuado entre la protección de los recursos naturales y el desarrollo económico. Pero más retador aún es hacer el discurso una realidad y poder establecer el equilibrio que atienda todos los componentes de esta sociedad desde una perspectiva realista sin los romanticismos que, aunque bien acogidos, no siempre producen resultados tangibles.

Un país de primera es aceptar individualmente la cuota que nos toca de responsabilidad ambiental. ¿Te has preguntado si en ese país de primera estás dispuesto a moverte en transportación colectiva, o cambiar tus hábitos de consumo a niveles que impliquen un cambio en el “confort” que hemos disfrutado en la utopía del país del primer mundo en que creemos vivir? Si estamos dispuestos a pagar más por el agua que consumimos fuera de un consumo razonable; si estás dispuesto a aceptar la responsabilidad ambiental del volumen exagerado de basura que producimos.

Un país de primera es convertir el discurso que divide y agota nuestras energías en un discurso de alternativas y soluciones. Un país de primera es no atacar al mensajero, sino debatir civilizadamente las ideas. Es diferir sin llegar al personalismo. Es hacer realidad el discurso del consenso y no simplemente recitarlo como un mantra que no persigue más que la satisfacción de quien lo dice o de su coro. Debemos estar en disposición de sentarnos con nuestros aparentes “enemigos” para buscar espacio común y puntos de encuentro para el mutuo aprendizaje.

Para construir un país de primera debemos empezar por asumir actitudes de un país de primera. Debemos ser orgullosos del trabajo que realizamos. Predicar solo si estamos dispuestos a implementar el discurso en nuestras propias vidas.

Un país de primera es trabajar con excelencia no importa cuán insignificante le pueda parecer la labor a algunos. Es entender que cada uno de nuestros actos públicos es vitrina del modelaje social. Es pasar del mero oponer al ejercicio del proponer.

Un país de primera es mucho más que una marcha, que un discurso entre iguales, que una palmadita de felicitación de quien siempre te la daría sin oír una sola palabra. Un país donde seamos los puertorriqueños quienes tomemos nuestras decisiones y no esperemos pasivamente la voz del norte, no importa el disfraz de ocasión.

Solo de esta forma podremos forjar un país del que todos nos podremos sentir orgullosos y formaremos puertorriqueños resilientes y capaces de regir nuestros destinos, incluyendo ser dueños y administrar el patrimonio natural de nuestra isla.