neumaticos, gomeras, reciclaje, gomas

La acumulación de gomas desechadas a través de toda la Isla es considerada una emergencia ambiental. 

Entre las leyendas urbanas y refranes que tanto abundan en nuestro país se dice “no hagas como el avestruz que esconde su cabeza en el suelo.” El significado de esta expresión no es otro que resaltar la actitud cobarde de rehuir un encuentro o una decisión difícil. Aunque como muchos refranes, todo es un mito apoyado por algunas observaciones del comportamiento del ave, rotando sus huevos en el nido o simplemente el efecto óptico de un ave gigante de cabeza diminuta. Lo cierto es, que el mito del avestruz en nuestro caso como sociedad, nos debe llevar a reflexionar de la actitud asumida de relegar decisiones fundamentales como país ante los monumentales retos ambientales que enfrentamos.

Por años, hemos venido hablando de la problemática de la disposición de los desperdicios sólidos y mientras se invierte tiempo en fútiles discusiones, con poco o ningún fundamento científico, los problemas de disposición de basura en vertederos que no cumplen ni mínimamente con las regulaciones ambientales locales y federales, se agravan.

Nada más elocuente que mirar el paisaje de millones de neumáticos apiñados por toda la geografía de Puerto Rico en espera de que se destinen al reciclaje, problemática que no se resuelve con utopías o romanticismos ambientales, sino observando la realidad de los mercados globales de estos materiales. Mientras, los neumáticos se convierten en hábitat de mosquitos como el que propaga el dengue. Todos los días descartamos más de 18,000 neumáticos para los cuales no hay muchos destinos finales actualmente. Algunos plantean que la solución es el reciclaje como la varita mágica que todo lo resuelve, pero olvidan que aun los procesos de reciclaje son de carácter industrial y tienen igualmente una carga ambiental significativa, requieren mucha energía, consumen grandes cantidades de agua y le ocasionan inconvenientes a la vida en comunidad. Lo cierto es que el manejo de los desperdicios en Puerto Rico es más que deficiente y lo ha sido así desde hace décadas ante la mirada miope de las agencias regulatorias tanto estatales como federales.

Solo con observar el crecimiento que llevan los vertederos de Toa Baja, Vega Baja, Humacao o Arecibo, que se levantan como monumentales montañas en el paisaje isleño, formando una nueva cordillera, sobre humedales y dentro o próximos a cuatro reservas Naturales. Peor aún, tres de ellos se ubican en la formación cársica y sobre el Acuífero Norteño, fuente de agua importante para los residentes de Puerto Rico y las operaciones agrícolas e industriales.

En el pasado se han planteado alternativas que combinan la conversión de basura a energía y el reciclaje, pero igualmente han caído en el juego político y han sido descartadas sin examinarlas a fondo y sin prejuicios, ignorando los resultados positivos en otros lugares del primer mundo. Lo cierto es que toda acción de los humanos sobre el planeta conlleva impactos ambientales y no existe solución perfecta que permita el paso de la sociedad de humanos sin dejar una huella sobre la faz de la Tierra. Hoy día, todos estos vertederos que reciben desperdicios en Vega Baja, Toa Baja y Arecibo envenenan el agua que nos tendremos que tomar más adelante, mientras nos entretenemos discutiendo y buscando la solución perfecta que no existe.

Mientras persista la visión simplista de no mirar en forma integral todos los impactos de los humanos sobre los recursos naturales, en su búsqueda de un estándar de vida más alto, no podremos salir de nuestra leyenda urbana del avestruz.