Escuelas

 

Hace poco visité un restaurante de comida criolla ubicado en Hollywood, California. Como todo boricua que vive fuera de la Isla, me impresionó ver nuestra bandera, ver la foto de Roberto Clemente en una de las paredes y disfrutar de manjares puertorriqueños a más de 3,000 millas de distancia de Puerto Rico.

Fue allí que conocí a Ángel Gabriel, un joven que nos atendió con muchísimo esmero. Este joven con una hermosa sonrisa, talentoso y cortés es oriundo de Trujillo Alto. Lleva un par de años en Los Ángeles trabajando y estudiando drama con el fin de producir historias sobre Puerto Rico. Su deseo de superación me lleva a reflexionar sobre la educación.

Cuando hablamos de derechos constitucionales podemos mencionar varios de memoria. Entre estos el derecho a la religión, a congregarse, libertad de prensa, libertad de expresión, derecho a permanecer callado y a ser representados por un abogado.

Los derechos consagrados tanto por nuestra Constitución como por la Constitución de Estados Unidos amparan a todos independientemente del sexo, género, edad, origen, raza, etnia, color de piel, estatus civil o migratorio.

Irónicamente, la Constitución de Estados Unidos no consagra el derecho a la educación. Cuando les explico esto a mis estudiantes universitarios no cesan de asombrarse. Parecería básico que a nivel federal la educación fuera reconocida constitucionalmente, pero no lo es. El gobierno federal ha dejado la educación en manos de los estados y sus territorios.

Educarse no es un lujo, es una necesidad. Todo profesional, incluyendo personas que laboran en oficinas, talleres o por su cuenta, debe estar debidamente instruido en su área de labor para poder ofrecer un servicio de excelencia. “La educación es la llave para superarte”, me decía mi papá, quien rutinariamente nos llevaba a dar una ronda por los predios de la Universidad de Puerto Rico para motivarnos. Mami, antes de morir, me dio el dinero para tomar el examen de ingreso a la universidad. Es que el respeto por la educación es algo que los boricuas llevamos en las venas.

Lo que me lleva a reflexionar en un artículo publicado por la cadena televisiva NBC en el que la periodista Nicole Acevedo revela que la administración federal pasada impidió que Puerto Rico recibiera fondos federales que le correspondían tras el paso de los huracanes Irma y María. Recordemos que casi 3,000 personas perdieron trágicamente sus vidas, miles perdieron sus pertenencias y miles de residencias quedaron sepultadas entre los escombros.

Esta acción implica que miles de estudiantes cuyas escuelas fueron afectadas por los huracanes no tuvieron el debido acceso a la educación que merecían. Aun más, miles de familias tuvieron que irse de la Isla buscando oportunidades para sí mismas y sus hijos.

Entretanto, el derecho a la educación también sufre el impacto de la politización, la falta de organización y el desdén. La situación se ha acrecentado en medio de la pandemia del covid-19 tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos, pues son las minorías, las familias de escasos recursos y los marginados los que han tenido un acceso extremadamente limitado a la educación ofrecida virtualmente.

Hay que elogiar a nuestros estudiantes, niños y jóvenes dedicados que ven la educación como el motor que impulsará sus sueños. Como madre menciono a mi hijo Xavier, quien echó pa’lante cuando nos tuvimos que radicar fuera de nuestra amada tierra.

Y por supuesto, loas merecen los maestros, quienes son los profesionales que reciben un salario que no compensa sus esfuerzos. Maestros dedicados que gastan parte de su sueldo en adquirir materiales para ofrecer el pan de la enseñanza. ¡Eso es valorar el derecho a la educación!