Brexit

En las relaciones entre estados, el recurso de declarar un funcionario que trabaja en —o está a cargo de una misión diplomática de su país en el extranjero— “persona non grata” constituye un acto de desconfianza enorme hacia el país que envía su jefe de misión, pero que el estado receptor está en su absoluto derecho de hacer. Cuando se hace de manera apropiada, según el protocolo dispuesto en el artículo 9 de la Convención de Viena sobre las Relaciones Diplomáticas (1961), el estado que expulsa al diplomático deja clara su contrariedad alrededor de la persona, la figura que es sujeto de la controversia, dejando los nexos entre los dos estados relativamente intactos y continuos. En el contexto de la renuncia del embajador británico a los Estados Unidos, Sir Kim Darroch, el giro fue desafortunado y repercute más allá del intercambio cordial de estas naciones, dos de los pilares esenciales de las relaciones transatlánticas.

Las circunstancias de la salida de Darroch tienen tanto motivos endógenos como exógenos. Los primeros necesariamente tienen que ver con el dilema existencial del Reino Unido para este siglo: el Brexit. Según Patrick Wintour, columnista del periódico The Guardian, el embajador saliente se distinguió anteriormente en los círculos de poder de la Unión Europea como representante permanente de la corona ante esa institución. Como tal, presuntamente, no gozaba de las simpatías de aquellos miembros del Partido Conservador que favorecen la salida del Reino Unido de la Unión Europea —con o sin acuerdo— aun sin este haberle otorgado razones para desdeñarle. Así, la fuga de las comunicaciones francas entre la Embajada Británica y su Ministerio de Exteriores (Foreign Office), se especula, pudo haber sido el motivo para precipitar la partida de un diplomático hábil y competente de uno de los puestos más prestigiosos en el gobierno de su majestad. Lo peor de este asunto: Sir Kim estaba próximo a dejar el puesto.

De comprobarse intención maliciosa en la revelación de comunicados confidenciales estaríamos ante el umbral no solo de un crimen, sino de la disposición de rebajarse mezquinamente en el contexto de una lucha intestina por el liderato del Partido Conservador (ya Theresa May está en los últimos días de su interinato o ‘caretaker government’) y el puesto de primer ministro. Había necesidad de sacar al embajador de Washington, alguien que —según ellos— no tiene los mejores intereses de los “brexiteers”; esto sin ninguna consideración a sus credenciales ni la lealtad de Sir Kim a su país. Para ello encontraron la mejor arma en su contra: el ego frágil del presidente Donald Trump.

La reacción del primer ejecutivo es desafortunada, no solo por su reacción visceral, sino porque el contenido del informe no era para su consumo. El mismo revela información franca que no solo irradia la opinión del embajador saliente alrededor de los procederes de la Casa Blanca, sus dinámicas internas y su errática política exterior, sino recomendaciones muy particulares sobre cómo tratar al presidente y los miembros de su administración en aras de mantener el vínculo, que tanto Washington como Londres llaman, sin mucho entusiasmo, la “relación especial”.

La renuncia, pues, es el resultado deletéreo. Una vez los cables diplomáticos salieron al lente del ojo público el daño estaba hecho. Y aunque el Reino Unido se reservó la potestad de mantener a su embajador en Washington, lo cierto es que la tensión era insostenible. Como dijo una amiga y colega internacionalista, Dulce Hernández, a quien cito: “Aunque tuviera (Sir Kim Darroch) la razón, tenía que renunciar. El hecho de que sus emails se hicieran públicos derrotaba su propósito como embajador. No iba a ser efectivo.” Su observación, genial, tiene un tono preciso, realista y sobrio. Londres quedó expuesto, vulnerable, susceptible a los agrios intercambios políticos y mediáticos que tanto daño le han hecho durante el proceso del Brexit. Ahora esto: su casa no está en orden y en el preciso instante en que no necesitaban otra controversia, la fuga de información. Sir Kim solo tenía un recurso, comportarse a la altura propia de un funcionario fiel al estado. Sin titubeo, entregó el puesto y las credenciales que le proveerán a Londres el espacio de maniobra necesario para recomponerse. Si acaso.

(3) Comentarios

Tom Jones

Muchos britanicos son como los espanoles, se creen mejores que el resto del mundo, como si su kaka no apestase, y por eso es que a veces hay que sacarlos a patadas de los sitios. La epoca colonial ya paso a la historia y hay que respetar especialmente si es un embajador de un pais, la reina de inglaterra tenia que pedir que movieran al embajador a otro sitio, pero como no lo hicieron ni le dijeron a Trump, lo vamos a hacer, el gobierno americano lo declaro persona non-grata y ahora esta en la calle con respecto a EEUU. Los britanicos lo pueden poner en otro puesto si les da la gana, pero esto es un career-ender para es bobalicon, boquiflojo...calladito se ve mas bonito y un embajador SIEMPRE TIENE QUE SER DIPLOMATICO...sin embargo eso es un sintoma de los britanicos bajo la Teresa May que no tiene espinazo de lider, pero como muchas mujeres, quiere mandar, y cuando se le da una oportunidad, NO HACEN BUEN TRABAJO!!!

Lindo Bello

Tricky renuncia.....!!!!

Irma Cerame

Tricky dice que primero lo matan antes de el renunciar. Lo que es no tener vergüenza. Y Beatriz sigue durmiendo con el enemigo de las mujeres. El poder del dinero.

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