Terapias de conversión

Actividad de CABE en apoyo al proyecto que propone prohibir las terapias de conversión en la Isla, el 17 de mayo de 2021. >Josian E. Bruno Gómez/EL VOCERO

En 1851, el médico estadounidense Samuel A. Cartwright describió una particular enfermedad que solo sufrían las personas negras esclavizadas: la drapetomanía. Los síntomas de esta condición eran las ansias de libertad y los sentimientos en contra de la institución esclavista.

En un artículo publicado en el New Orleans Medical and Surgical Journal de aquel momento, Cartwright cita, incluso, a la Biblia para apoyar su nuevo descubrimiento; en este libro sagrado se describe como virtud la sumisión del esclavo frente a su dueño, que se logra dándole un “buen trato”, pero sin condescendencias. Para este médico decimonónico, la manía de evadirse que sentían estas personas esclavizadas era una enfermedad mental curable que podría llegar a prevenirse si los dueños evitaban tratar a estos sujetos con demasiada familiaridad o como iguales.

Algunos de los tratamientos, especialmente para reincidentes, era expulsar los demonios a latigazos o amputarle los dedos gordos de los pies para imposibilitar la huida. Poco tiempo después, la Guerra de Secesión provocó la abolición absoluta de la esclavitud en EE.UU., momento en que la Constitución cosificaba a las personas negras esclavas con un valor de 3/5 partes de un blanco.

Hoy, nadie negaría lo inmoral de la empresa esclavista, incluyendo los discursos médicos como el de la drapetomanía. Sin embargo, en pleno siglo XXI, nos encontramos discutiendo un tema que debimos haber superado hace mucho: las terapias de conversión. Como los tratamientos para aquella pseudoenfermedad del siglo XIX, estas terapias intentan reparar algo que no está dañado. Algunos de los argumentos para defender y validar esta práctica son los deseos genuinos que podría tener un individuo de cambiar su orientación sexual al no sentirse cómoda con ella.

En este caso habría que preguntarse, ¿por qué alguien no se sentiría a gusto con su orientación sexual? Es claro que vivimos en una sociedad donde la homofobia es transversal. No es necesario pertenecer a una iglesia fundamentalista para darse cuenta de la injusta presión social a la que nos someten los que no cumplimos con las reglas de la heteronormatividad. Si la orientación sexual diversa no estuviera problematizada desde las mismas instituciones que nos educan, como las escuelas y las iglesias, esto no sucedería. Por eso la importancia de la educación con perspectiva de género.

Es claro que todavía tenemos vestigios de pseudociencia que hay que combatir con evidencia y datos. Por ejemplo, la biología ha demostrado el comportamiento homosexual en cientos de especies, y la historia revela esta práctica en los humanos desde antes de los albores de la civilización. No hay cultura, ni continente en el mundo, donde no exista tal manifestación, aunque en muchas de ellas el acto se perciba y se entienda de manera diferente.

Como ocurrió con la drapetomanía, las terapias de conversión intentan curar una pseudoenfermedad; algo que no existe y que su mero planteamiento desafía y trastoca los cánones éticos contemporáneos.