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Hace unos días me llamaron para informarme que mi colega médico, miembro de la facultad médica y amigo de treinta años, falleció. Mi amigo llevaba treinta y dos días entubado en respirador artificial debido a las desgraciadas complicaciones del asesino silencioso, Covid-19. Yo conocía de sus serias complicaciones y todos los días averiguaba cómo seguía la salud de mi compañero de tantas luchas. Juntos enfrentamos por años muchos retos y angustias tratando de salvar la vida de muchos de nuestros pacientes. Día y noche dejando a nuestras familias, sacrificando nuestra vida para dar vida a otros. Sentí dolor profundo, pena, coraje e impotencia a la vez, al conocer su muerte.

Al fallecer mi colega amigo, con quien había compartido grandes momentos profesionales y familiares por tantos años, me pregunté, ¿por qué esto ocurrió? Mi querido amigo sucumbió a la peor guerra de su vida. Murió luchando por un mes contra este desgraciado virus como todo un valiente guerrero. En mi dolor y en mi pena, recordaré a mi amigo como un extraordinario ser humano, un médico entregado a salvar a muchos pacientes con problemas en los riñones y en diálisis. Siempre sonriente y chistoso, sensible, responsable y firme en dar lo mejor por sus pacientes y defender la clase médica.

Hoy en el gran vacío que siento, me confunde y me atormenta que muchos inocentes han perdido la vida por algo que no fueron a buscar, por algo que llegó a nuestra vida sin discrimen de clase social, raza, religión, profesión o país. Jamás pensamos que tanta gente falleciera por algo que no se ve ni se toca. Jamás comprendí que mis colegas y enfermeras murieran cuando estaban dando lo mejor de ellos para salvar la vida del prójimo, ejerciendo su vocación con amor y dignidad.

Cada día que me levanto siento temor y miedo porque soy humano, pero el sentimiento de luchar y dar lo mejor de mi vocación por aquellos que son más débiles, me fortalece y me da el coraje para enfrentar esta pandemia. Si no somos nosotros los médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud que nos enfrentemos al virus, entonces quiénes serán.

Hoy la lección de vida es que aprendamos lo frágil que somos. Nadie es ni más lindo ni poderoso ante este asesino. Ahora más que nunca, no podemos bajar la guardia, no podemos permitir que presiones políticas, económicas y sociales debiliten el frente de batalla. Cuántas guerras y pandemias destruyeron ciudades, países, economías en nuestra historia y el mundo no se acabó. Aquí estamos levantados porque lo material se vuelve a construir, pero la salud no. Con la salud no se juega ni se pone en controversia. La salud es nuestro mayor tesoro y jamás se debe usar la salud como un asunto de controversia o negociación. La salud no es negociable ni para el chantaje. Y esa es la lección que nos deja mi colega médico y todos aquellos servidores de salud que fallecieron por nosotros; pero sobre todo levantar nuestro espíritu en la búsqueda del apoyo divino y dar gracias por haber tenido seres a nuestro lado como mi colega amigo.