Congreso, Estados Unidos

Imagen del Congreso de Estados Unidos. >J. Scott Applewhite/AP

En 29 ocasiones consecutivas desde el año 1992, Cuba ha presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas su proyecto de resolución contra el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. Ese bloqueo ha causado el trastoque perdidoso de la economía cubana y constituye el mayor obstáculo al desarrollo de esa nación hermana.

Fue en aquel año 1992, y en plena campaña electoral, que el expresidente George Bush (padre) promulgó la llamada Ley Torricelli, con el propósito de ganarse al electorado de la Florida. El objetivo fundamental fue aislar totalmente a Cuba de la comunidad mercantil internacional para provocar el colapso de su economía.

De naturaleza extraterritorial, la Ley Torricelli sancionó a sus países aliados o en desventaja comercial, prohibiendo a subsidiarias estadounidenses mercadear bienes y servicios con Cuba. Posteriormente, la Ley Helms-Burton recrudeció la ofensiva económica contra el pueblo cubano.

También, la llamada Ley de Reforma de las Sanciones Comerciales y Ampliación de las Exportaciones del 2000, impidió que los ciudadanos estadounidenses viajaran a Cuba en calidad de turistas, además de impedir el financiamiento para productos agrícolas de Estados Unidos para que fueran vendidos a Cuba.

La comunidad internacional –salvo los aliados consuetudinarios del gobierno estadounidense, como Israel y Brasil, contando con el lavado de manos abstencionista de Colombia y recientemente de Ucrania–  se ha pronunciado consistentemente en contra del bloqueo.

Ignorando el clamor internacional, el gobierno estadounidense ha recrudecido ese mecanismo adoptando nuevas medidas para dañar la economía de la isla. Últimamente, han obstaculizado la respuesta a la pandemia de covid-19, imponiendo aranceles, cuotas y otras medidas no tarifarias, entre ellas las que impiden la financiación y adquisición de medicamentos, equipos médicos, alimentos y otros bienes esenciales. Además, han impedido la cooperación médica de Cuba en países latinoamericanos – Puerto Rico incluido–  que se dejan someter a la presión política y económica estadounidense.

Pero, el embargo es un tiro estratégico que le ha salido por la culata geopolítica a Estados Unidos. Desde la óptica de las conveniencias, es un recurso inservible.

Ese mecanismo nunca ha quebrantado al gobierno cubano. De hecho, ha alimentado el sentimiento antiestadounidense. Ha sido el fundamento para una narrativa exculpatoria, que explica y adjudica como “causas externas” los problemas y fracasos del gobierno cubano en materia económica y hasta tiene el efecto de mejorar su popularidad. El pueblo cubano y la comunidad internacional hace rato definió y estableció la culpa de Estados Unidos sobre las penurias económicas de Cuba.

El comercio, el turismo, los viajes y la inversión fortalecen a una comunidad empresarial y a una clase cuentapropista independiente. ¿Estados Unidos desea desestabilizar al Estado cubano? Entonces precisaría reformular su política económica aprovechando las nuevas políticas cubanas que flexibilizan las restricciones al empresarismo privado (una tercera parte de su fuerza laboral cubana ahora está en el sector privado), favoreciendo el acceso a productos y servicios estadounidenses a los cubanos comunes y corrientes, en lugar de limitarlos. Son los cubanos, desde la soberanía de sus acciones internas, quienes pueden ejercer presión para que se produzcan las reformas más cónsonas con el interés norteamericano y sus aliados.

En los últimos tres años, ha habido un despegue del intercambio comercial entre Cuba y Rusia, que sobrepasa los $500 millones. Entre ambos países, mantienen proyectos de colaboración en la esfera del transporte automotor, ferroviario, aéreo, marítimo y energía. El bloqueo permite que Rusia plante su influencia económica y financiera en la región caribeña, con intereses paralelos en Venezuela.

De hecho, el vacío diplomático actual entre Estados Unidos y Cuba es aprovechado por Vladimir Putin. Según el diario ruso Kommersant, replicado por agencias de noticias en Europa, el Kremlin habría acordado con La Habana reiniciar operaciones en la base de radares conocida como Centro de Inteligencia Radioelectrónica de Lourdes, para escuchar cómodamente los susurros de Washington (https://bit.ly/2PC5MLI). Sin duda, Putin ha empezado a mover sus piezas para situarlas estratégicamente en el llamado “patio trasero” de Estados Unidos.

En fin, EE. UU. también pierde con el embargo. El único método razonable para resolver las diferencias políticas entre Estados Unidos y Cuba es el diálogo diplomático, basado en el respeto a la igualdad entre países soberanos, a las diferencias ideológicas de sus modelos económicos y al principio de no injerencia en los asuntos internos.