Romero

Funeral de Estado del exgobernador Carlos Romero Barceló. >Josian E. Bruno Gómez/EL VOCERO

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. -Ernest Hemingway. 

Don Carlos Romero Barceló se inicia en la política en 1965 al presidir Ciudadanos Pro-Estado 51. Dos años después se uniría a don Luis Ferré y otros líderes y fundarían Estadistas Unidos, organización no partidista que defendería el ideal en el plebiscito de 1967. Por lo sorpresivo de los resultados un mes después se crearía el PNP, del que él sería uno de los principales fundadores. 

Su paso por la política, además de polémico, fue fascinante. Con triunfos en 1968 y 1972 como alcalde de San Juan se convierte en la segunda figura política de importancia. Su liderazgo convertiría la poltrona capitalina en el escalafón para La Fortaleza. Hernán Padilla, Baltasar Corrada del Río, Héctor Luis Acevedo y Sila Calderón aspiraron a la gobernación siendo alcaldes de la capital.

De igual manera como comisionado residente. Le dio una nueva dimensión, pues era un puesto cuya función era representar a Puerto Rico ante el gobierno federal y en el Congreso. Había una ley no escrita que se cimentó a través del tiempo de que el candidato a gobernador escogía el candidato a la comisaría. Él rompió esa costumbre. Su labor política y congresional fue de tal impacto que convirtió la posición en el próximo escalafón para la gobernación. Aníbal Acevedo Vila, Luis Fortuño y Pedro Pierluisi aspirarían a ser gobernadores como comisionados residentes.

Su triunfo obtenido en 1976 afianzó el sistema de dos partidos mayoritarios en Puerto Rico, y lo convirtió en el líder de masas más grande que ha tenido el movimiento estadista. Como el de Barbosa, su pensamiento seguirá tan actual como cuando lo desarrolló y divulgó por vez primera, pues la igualdad es un principio universal que en cualquier tiempo y lugar no tiene oposición ni razón argumentativa para rechazarse. Ella fue su norte y su pasión. La falta de representación política y voto presidencial, y la igual participación en los programas federales, que son parte de la riqueza de la nación, fue una constante en su discurso desde sus inicios en la política.   

En su primer cuatrienio como gobernador sucedieron las muertes, a manos de la policía, de dos independentistas en el Cerro Maravilla. De inmediato el PPD, con la ayuda del Partido Socialista Puertorriqueño, inició una campaña para vincularlo a los hechos. Lo acusaron de asesino, de planificador y encubridor. Fue la campaña más sucia y cruel contra líder político alguno en toda nuestra historia. Hasta el Colegio de Abogados se pronunció en su contra. Distinto como hicieron con independentistas delincuentes y presos, a don Carlos nunca le reconocieron la presunción de inocencia, el debido proceso de ley, la prueba más allá de duda razonable ni el derecho constitucional de que “la dignidad del ser humano es inviolable”.

Con una investigación que costó sobre $40 millones y un ejército de testigos impresionante, nadie pudo señalarlo ni, mucho menos, fue encontrada evidencia alguna sobre su participación antes, durante o después de los hechos. Crímenes más complejos, con escasez de testigos y mucho menos dinero se han esclarecido en menor tiempo. Al final, salió a la superficie que todo fue una monstruosa planificación política para destruirlo a él, al PNP y la estadidad.

Él fue el primer líder que convierte su ideal en un movimiento de derechos civiles. Lo inicia a mediados de los sesenta y siendo alcalde de San Juan lo pronuncia en Washington como presidente de la Liga Nacional de Ciudades. Desde esa misma posición logró que la ley de salario mínimo federal se extendiera a Puerto Rico. Fueron pequeñas parcelas de igualdad conseguidas a pulmón desde la actual condición política. Su libro, La estadidad es para los pobres, es un planteamiento que atiende los asuntos vitales de los pobres y lo pernicioso para su vivir la falta de igualdad en derechos.

En la cumbre sobre Latinoamérica en 1995 se le enfrentó al presidente Bill Clinton aseverando que Puerto Rico era una jurisdicción donde no existía democracia plena porque los puertorriqueños como ciudadanos americanos no tenían los mismos derechos que sus conciudadanos en los estados. Esa fue su constante, pues cuando el segundo proyecto de Don Young, aprobado por un voto en el Congreso, él metió toda su energía y pasión. 

De convicción granítica, para Carlos Romero Barceló cada instante de su vida fue una lucha por la igualdad de derechos. Nadie como él hizo tanto por el ideal que amó y por el que, muchas veces solo, luchó su vida entera. Con su muerte pasa a mejor vida el último estadista.

Mario Ramos, Historiador