Elecciones

El 21 de septiembre de 1917 José de Diego presentó una resolución conjunta para “la celebración de un plebiscito en las elecciones generales de 1920, para determinar en forma auténtica las aspiraciones de (sic) Pueblo de Puerto Rico hacia su Status político final, y asignando veinticinco mil dólares para los gastos del plebiscito.” Era la culminación de su lucha de toda la vida por resolver este dilema.

La resolución explicaba la controversia a resolverse: “Tal plebiscito habrá de concretarse a las soluciones alternativas de constituirse El Pueblo de Puerto Rico en República independiente o en Estado de los Estados Unidos.” Se desprende del lenguaje de la resolución la palabra “Estado” y la total ausencia de la palabra anexión, usada despectivamente hoy día por aquellos que levantan la bandera de la persecución o el racismo cuando son señalados por alguna fechoría cometida. Esto se debe a que José de Diego fue toda su vida un cultor de la lengua.

Para de Diego el plebiscito era una forma de expresión del pueblo para solicitar al “Congreso de los Estados Unidos” la petición de conformidad a la alternativa ganadora, siendo dicho ejercicio una acción consagrada esencialmente inherente a toda persona e institución y protegida por la Primera Enmienda de la Constitución.

Las insignias plasmadas en la papeleta eran la estrella con la inscripción de la palabra “Independencia” y la expresión “E Pluribus Unum” con la inscripción “Estado” para la alternativa de la estadidad, siendo la forma de votar una cruz o una raya “en cualquier sitio debajo de la columna correspondiente.” Esa forma ha durado hasta el día de hoy y es una costumbre que se practica en casi todos los países donde se celebran elecciones democráticas.

Distinto a la enmienda para la prohibición del alcohol donde la votación era “Si” o “No”, lo que lo convertía en un referéndum, en este caso el evento electoral tenía esencia plebiscitaria. De Diego estaba claro, “habiéndose de realizar el plebiscito por todo el pueblo de la Isla, mediante un estatuto de la Legislatura, no podría imponerse al pueblo como solución única la Independencia de Puerto Rico, porque ello quitaría al Proyecto su carácter de plebiscito para transformarlo en referéndum.” Por eso él fue enfático en que debía permitirse al pueblo “la oportunidad de manifestación a la tendencia de incorporarse Puerto Rico en la hermandad de Estados federales.” Esto evidencia el respeto que el bardo puertorriqueño tenía por la voluntad del pueblo.

En 1903 el periódico La Correspondencia de Puerto Rico había hecho un ejercicio para auscultar el sentir del pueblo sobre su preferencia en cuanto al estatus político final de Puerto Rico. Se le llamó plebiscito, pero en realidad fue una especie de encuesta hecha por el mismo periódico para que fuera la gente -en este caso mayormente los lectores- los que votaran por sus preferencias ideológicas.

La encuesta plebiscitaria comenzó el 28 de febrero y terminó sesenta días después. Los resultados fueron reveladores: la independencia, 17,025 votos; la Confederación Antillana, 7, 651; Gobierno Temporal, 15,186; Territorio, 14,414, y colonia, solo 62 votos. El gobierno temporal era por espacio de veinte años, “reconociendo la ciudadanía nacional puertorriqueña” para luego decidir entre la independencia y el estado. Por otro lado, la estadidad estaba subsumida en el Territorio, incluía la ciudadanía americana y la eventual admisión como estado federal. (Véase a Francisco Moscoso, “Betances, la invasión norteamericana y el plebiscito de 1903”. Pensamiento Crítico. Enero/Febrero 1988). A mi juicio, esto demuestra que en la conciencia del puertorriqueño nunca ha habitado el coloniaje, como se ha llegado a afirmar. La reafirmación cultural, que es un ejercicio individual, lo contradice porque ser puertorriqueño es un acto personal y no colectivo.

El artículo siete de la resolución tenía el elemento procesal luego de certificarse el resultado: dirigir “al Presidente y al Congreso de los Estados Unidos un Memorial que contenga: 1) el texto íntegro de esta resolución; 2), el resultado del plebiscito; y, si lo juzgasen conveniente, una exposición de los motivos que justifiquen e ilustren la decisión del plebiscito.” Y, como mencionamos, la aportación de veinticinco mil dólares para los gastos de la consulta, plasmados en el artículo ocho.

Lamentablemente el proyecto no se aprobó. Por lo que no sabemos cómo hubiera sido el sentir ideológico de la ciudadanía. Solo podemos especular por los programas de gobierno de los partidos ganadores. Lo que se desprende de todo esto es que la idea de celebrar plebiscitos el mismo día de las elecciones tiene más de cien años de existencia. Un anticipo a lo que sucedió en 2012 y lo que sucederá en 2020.

Mario Ramos, Historiador