Senado

Desde los noventa el PNP ha sufrido una transformación que, en tiempo corto, se convirtió en un partido clientelista y análogo al Partido Popular. Ambos parecidos hasta en programas de gobierno y ambos creen en darles exenciones contributivas a los grandes intereses. Esto evidencia lo que en los años sesenta pronosticó Santos P. Amadeo, que el día que ganara un partido estadista se convertiría en “un partido de comida”. Una versión más actualizada de lo que Joaquín Becerril dijo décadas antes: “En política todo es cuestión de ‘comía’”.

El PNP ha devenido en un partido de clientelismo y oportunista. En ninguna conversación entre líderes ni en una actividad política la estadidad adquiere papel protagónico. Mucho menos mencionada. A esto añadimos que —con excepción de Carlos Romero Barceló, tal vez— el discurso ideológico es una miasma vocal que ni el mismo orador entiende y tiene que recurrir a garabatos verbales para poder transmitir lo que, a todas luces, es su espejismo de una idea.

La reafirmación de la actual condición política es practicada por ambos partidos, pues al llegar al poder una industria de contratos se funda y comienza a operar la manada de buitres que se comen la carroña. Ambos partidos son “profits centers”. Desde los noventa el PNP es el único partido que ha legislado plebiscitos llevando la estadidad al matadero electoral, pues nunca esta alternativa —en condiciones normales— ha pasado del 50%. Los plebiscitos de 2012 y 2017 crearon porcientos artificiales.

Una dantesca cotidianidad del supuesto partido de la estadidad ha enterrado el sueño de Barbosa y del fundador del PNP, Luis Ferré. Esa cotidianidad incluye casos de corrupción, la gansteril gula de los contratos y enriquecimiento a mansalva. El PNP es dominado por un puñado de personas acaudaladas con oscuros intereses económicos. Eso es evidenciable cuando al pasar por su comité vemos automóviles Mercedez Benz, Lexus y hasta Porsche. La primera impresión que se tiene es del tajureo económico en ciernes para el asalto oportuno, como el caso de uno de los candidatos a la alcaldía de San Juan.

Luego del huracán María toda la prensa nacional se dio cita en Puerto Rico. Prensa escrita, radial y televisiva le exigió al presidente de los Estados Unidos que tratara a los ciudadanos americanos en Puerto Rico con igualdad de derechos. Fue una exigencia sonora. El gobernador de Puerto Rico no se dio por aludido, pues —mientras eso pasaba— el COE, en el Centro de Convenciones Pedro Rosselló, se convertía en otro lugar para hacer negocios. Esa oportunidad —que difícilmente vuelva— fue desperdiciada por consideraciones antagónicas a la lucha por la igualdad en derechos.

Lo mismo ha pasado con las corporaciones multinacionales que el año pasado, de $44,500 millones en ganancias, solo pagaron $1,700 millones en contribuciones. Eso representa, apenas, casi el 0.04%. Una cantidad que parece más una propina que una verdadera contribución al fisco y proporcionalmente insignificante a lo que pagamos los contribuyentes. Además, la aprobación de las leyes 20 y 22 de 2012 ha hecho de Puerto Rico un paraíso fiscal para los millonarios que va contra los mejores intereses del trabajador y se convierte en un dique contra la estadidad.

La corrupción ha sido otro sepulturero de los mejores intereses del ideal estadista y las ilusiones de los que honradamente creemos en ella. Los últimos tres gobernadores que ha tenido el PNP —Pedro Rosselló, Luis Fortuño y Ricardo Rosselló— han tenido en sus administraciones una madriguera de contratistas, cabilderos y buscones con el único propósito de agrandar sus bolsillos a costa del erario y cooperar como felices amanuenses a la hora del pase de cepillo.

Estos son diques, o recodos, en el camino a la igualdad en derechos para los puertorriqueños. Como pasó —sin mencionar la oferta del puño— al gobernador pedirle al presidente Donald Trump que ayudara a la Isla a convertirse en estado. El presidente lo despachó fácilmente pidiéndole que consiguiera dos senadores republicanos. Si en lugar de estadidad hubiera hecho petición de igualdad hubiera colocado a Trump contra la pared. Nadie, en su sano juicio, puede estar en contra de la igualdad en derechos.

La igualdad política y en derechos ha sido atrasada, como mínimo, por una generación o más. Yo, ni mis hijas, la vamos a ver. La teníamos cerca y mi partido la mató. Eso sucede cuando los pobres de mi tierra son despreciados por los jerarcas de turno y sus bisoños secuaces, como hemos podido ver en el desfile de evidencia de las últimas semanas.

Mario Ramos, Historiador