Pierluisi
El gobernador Pedro Pierluisi. >Josian E. Bruno Gómez/EL VOCERO

Podemos estipular que el gobernador Pedro Pierluisi tuvo un buen comienzo. Es más, tuvo un gran comienzo. 

En términos generales, ha realizado buenos nombramientos; su mensaje inaugural fue uno conciso y cuidadosamente redactado; además, ha establecido un tono respetuoso y conciliador desde su inicio.

Asimismo, identificó correctamente las prioridades: acelerar los fondos federales, la vacunación masiva contra el coronavirus y la extensión del horario escolar, por mencionar algunas. Y como si fuera poco, ha lanzado puentes de comunicación hacia todos los sectores de forma adecuada.

Hasta ahí iba muy bien. 

Sin embargo, por alguna razón que no logro entender, le ha dado con impulsar el reinicio de clases presenciales para el mes de marzo; y, desde el anuncio inicial, las contradicciones en sus planes comienzan a aflorar, dejando ver cierto grado de improvisación en esa propuesta. Veamos.

En su primera semana, el primer ejecutivo dijo que había ordenado que se prepararan las escuelas para el reinicio de clases y hasta dio un “ultimátum” a la nueva secretaria de educación, para que se asegurara que las escuelas estuviesen listas ante el inminente reinicio escolar. Expresó, además, que tendrían los equipos de limpieza, mascarillas y que se establecería un plan de ejecución con distanciamiento adecuado entre estudiantes y profesores. 

La nueva secretaria - en una evidente movida de tratar de arreglar solapadamente el prematuro e improvisado anuncio - dijo que el reinicio sería de forma gradual, enfocando en ciertas escuelas de educación especial y encaminando un proceso ordenado de vacunación al personal docente.

Pero el primer ejecutivo volvió a la carga. Y en varias entrevistas dio otra versión y no solo expresó que la meta del reinicio sigue siendo el mes de marzo, sino que la decisión anunciada responde, según él, a que no se puede continuar con los niños en las casas. Más aún, salió a relucir que su plan dispone el reinicio escolar de estudiantes de kínder y el duodécimo grado.

Es aquí donde el gobernador va directito a dar su primer resbalón. Y el golpe que le espera - cuando ocurra y lo asimile - será duro y lastimoso. Y lo será, sencillamente, porque esa decisión no solo es contraria a lo que están haciendo la mayoría de los países, sino que la misma aparenta ignorar mucha literatura científica y médica reciente. Tampoco se concilia con los datos actuales sobre lo que ocurre en la Isla y la realidad salubrista en los países, estados y ciudades que resultan ser los lugares de origen de nuestros principales turistas.

La idea es más complicada de lo que parece a simple vista. Y lo es porque – si bien puede tener la mejor intención del mundo – la fecha establecida del mes de marzo pretende desafiar todas las recomendaciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) que cataloga como riesgo moderado, un reinicio escolar presencial donde las medidas se limitan al uso de mascarillas, planes de limpieza y distanciamiento social.

La razones y advertencias del CDC son contundentes. Contrario a lo que algunos piensan – de que esta enfermedad no afecta a los niños - el último informe del CDC afirma todo lo contrario. De hecho, el mismo reporta un alza en los casos de niños y adolescentes. Examinemos las cifras.

Si bien los niños y jóvenes menores de 17 años tienen un 50% menos de posibilidades de contagio, esa cifra se calcula bajo el escenario hipotético de que los niños están principalmente en sus hogares con limitadas actividades de interacción. Sin embargo, las primeras medidas de apertura de escuelas y ciertos centros educativos en varios estados han comenzado a aumentar las cifras de contagio.

Según el CDC, hasta el pasado 10 de enero, en los Estados Unidos se han contagiado un total de 15,919,953 personas de los cuales 1,691,758 o el 11% tenían 17 años o menos; es decir, eran niños y adolescentes que están en las edades referentes a la población escolar de grados primarios y secundarios.

Como si fuera poco, un tercio de los niños que requirieron hospitalización, tuvieron que ser atendidos en las unidades de cuidado intensivo de los hospitales, y del total de víctimas fatales del virus – que suman 268,600 personas – un total de 223 fueron niños fallecidos en un periodo de 10 meses. Eso significa que en los Estados Unidos mueren 22 niños al mes a causa de esta pandemia.

Hay, además, otra estadística más preocupante. Del total de niños fallecidos a causa del coronavirus en los pasados diez meses, el 30% eran niños hispanos - nuestro grupo étnico - lo que lo convierte en el segundo grupo poblacional más afectado.

Esos datos son la razón por la cual el CDC es extremadamente cuidadoso y reservado con los planes de reinicio de clases, porque - evidentemente - hay diversas variables que hacen difícil pronosticar el grado de riesgo que enfrentaría esta población.

Recordemos que, por razones obvias, esa población sigue siendo menor de edad, y por consiguiente, no tienen la capacidad de discernir por ellos mismos si regresar a la escuela es lo más prudente.

Ante eso, si los niños y adolescentes no pueden tomar esa determinación, entonces nos corresponde a los adultos examinar todos los factores que inciden sobre el tema antes de tomar una decisión de esa envergadura.

Las razones las explica claramente el CDC en su informe cuando aborda los riesgos que enfrentan nuestros menores de edad. El mismo expresa que: (1) los niños son vulnerables al contagio; (2) la mayoría de los casos reportados son asintomáticos; (3) los niños pueden transmitir el virus igual que los adultos; (4) los niños con afecciones subyacentes tienen alto riesgo de perecer; y (5) los niños de 16 años o menos no pueden ser vacunados, por lo que están expuestos, pero no estarán inmunes a la enfermedad.

Eso significa, en palabras sencillas, que su salud descansa en que un tercero no lo contagie. Eso, precisamente, los hace vulnerables.

Entonces llegamos a Puerto Rico, donde al 9 de enero de 2021, se han contagiado un total de 77,630 personas y han fallecido un total de 1,630. Eso representa el 2% de los contagios. De esa cifra, el Departamento de Salud informa que se han contagiado un total de 11,181 niños y jóvenes de las edades de 19 años o menos. Eso representa el 14.5% del total de los contagios, con las escuelas cerradas. Aunque el Departamento de Salud no ofrece datos diarios acumulados sobre las muertes por edad, podemos presumir que las estadísticas deben ser igual en sus proporciones que en otros países.

A todo esto, súmele que desde diciembre - el primer mes desde que se aprobaron las vacunas - han llegado a la Isla aproximadamente 150,000 vacunas, lo que representa la protección para solo 75,000 personas. Esto se debe a que el proceso de vacunación conlleva dos vacunas en tres semanas. Por eso, salvo que lleguen y continúen llegando a la Isla diversos cargamentos exponencialmente altos de vacunas y se resuelvan los evidentes problemas de logística, el proceso de vacunación masiva tardará meses. Y ni hablar de un programa de rastreo escolar que ni siquiera se ha podido implantar salvo en contados municipios.

Al ser así, vacunar a 30,000 maestros en tres semanas con sus dos dosis - más la semana adicional que hay que esperar - hacen prácticamente imposible que para el mes de marzo estén las condiciones óptimas para reabrir las escuelas.

Piense unos segundos en estos dos datos: primero, si las universidades que albergan adultos, quienes se habrán de vacunar en un futuro, no se proponen abrir aún sus puertas, cómo es posible que los niños - que no pueden vacunarse, pero si pueden contagiarse y transmitir el coronavirus - los vamos a enviar a las escuelas.

Segundo, si el primer requisito básico para que los niños vayan a las escuelas en tiempos normales es tener un certificado de vacunación de múltiples enfermedades, cómo es posible que el virus más contagioso, peligroso y letal del último siglo, no sea una razón más que meritoria para considerar aplazar el reinicio presencial y continuar clases a distancia, máxime cuando no hay vacuna para niños y estas escuelas pueden convertirse en potenciales focos de infección.

Honestamente, por más que lo pienso y reviso estos datos, me parece que esa idea de abrir las escuelas en marzo, es un salto al vacío. Y yo le aconsejaría - respetuosamente al gobernador Pierluisi - que inicie las clases presenciales únicamente cuando estemos 100% seguros que nuestros niños estarán fuera de peligro. Es lo correcto y lo responsable. 

Después de todo, siempre es mejor enviar un comunicado rectificando una buena idea presentada a destiempo, que tener que ir a ofrecer un pésame por una decisión apresurada.