terapias
Vargas Vidot >Carlos Rivera Giusti/EL VOCERO

Hace unos días, tal vez frustrado por no aprobarse en su comisión el proyecto que prohibiría las terapias de conversión en menores, el senador José Vargas Vidot difundió un vídeo donde despotricó contra los senadores que votaron en contra. Con un impresionante lenguaje procaz demostró que en el insulto se puede construir sobre el idioma.

El proyecto de Vargas Vidot es un nuevo fundamentalismo. Distinto al religioso —que tiene el peso de dos milenios y la adopción por los pueblos de América como un componente más de la cultura— la ideología de género es relativamente nueva en la selva de ideologías en que vivimos. Ha sido construida subjetivamente con elementos del Derecho dirigida a reivindicar un sector, pero con un discurso que a todas luces es una construcción ideológica. Está cimentado en un andamiaje político donde no hay espacio ni reconocimiento a la disidencia. Intolerancia e irrespeto hacia el que discrepa son su esencia en su corto existir.

En Puerto Rico no existe un fundamentalismo único, como algunos grupos plantean. Hay varios. El religioso es uno de ellos, pero también hay un fundamentalismo cultural, folclorista —coloquialmente llamado cultureta— que dogmatiza que las costumbres del puertorriqueño sean algo estático, cuando la esencia de la historia es el perpetuo cambio. El deportivo es otro que adquiere auge a partir de la década del ochenta, cuando se crea un nacionalismo a través de términos arbitrarios del lenguaje.

Desde el punto de vista jurídico, el proyecto derrotado tiene ambigüedades, pues como dijo el jurista Andrés Córdova Phelps, lleva el defecto de la vaguedad y la amplitud excesiva y viola el principio de legalidad. Además, es innecesario y divisorio para Puerto Rico. No hay estadística sobre quiénes practican estas terapias. Estamos en tiempos donde los conservadores aceptan con amor dentro de su familia a sus consanguíneos de orientación sexual distinta, como mi caso particular con mi hija, a quien amo y admiro infinitamente.

Desde hace unos años los grupos que respaldan la ideología de perspectiva de género estaban sin oposición alguna. Prácticamente, su discurso no tenía opuestos ante la opinión pública ni en la Legislatura. Todo cambió cuando Lizzy Burgos y Joanne Rodríguez Veve, de Proyecto Dignidad, fueron elegidas representante y senadora por acumulación, respectivamente, y con ello quedó demostrado el Puerto Rico plural que vivimos. Con argumentación filosófica y jurídica, y evidencia científica persuasiva han sido enfáticas en que el proyecto puede afectar el ambiente familiar y la responsabilidad de los padres en la crianza de sus hijos. Permitiría que el Estado se involucrara directamente en los asuntos internos de la familia y en la educación hacia los menores, aunque los principios morales del ‘pater familias’ sean antagónicos al espíritu de la ley.

La intolerancia hacia el otro no es nueva en la historia. Muy conocidos son los casos de los judíos perseguidos en tiempos de Roma por su distinción religiosa. De igual manera cuando la conquista de América, donde muchos indios fueron masacrados por creer distinto. También lo vemos en el aspecto político, donde el fundamentalismo reaccionario de ciertos grupos independentistas abiertamente exuda odio contra el que difiere de ellos. Incluso, llegan hasta el atropello si fuera necesario para acallar la disidencia del adversario.

En el recinto donde él está se vota a favor y en contra, y cada voto merece respeto. Esa es la esencia del proceso democrático. Mal se vería que el senador fuera insultado por los que respaldan una medida a la que él vote en contra. Los que rechazan el proyecto ejercen su derecho a oponerse. De igual manera los que lo favorecen.

La rama legislativa se debe al pueblo. La palabra destemplada abona a la agresión y polarización que padecemos. La intolerancia no debe ser parte de nuestra idiosincrasia. Expresiones que revelan la arrogancia de aquellos que levantan la bandera del derecho, pero en la práctica desprecian al adversario por diferencias de ideas y criterios son ajenas a nuestra cultura democrática.

Mario Ramos, Historiador