Coronavirus

A manera de defensa, la agencia de la ONU encargada de velar e instrumentar mecanismos de prevención y paliativos en bienestar de la salud global la Organización Mundial de la Salud (OMS o WHO, por sus siglas en inglés) —merece audiencia y mentes abiertas. Usar la agencia de chivo expiatorio para tapar deficiencias propias de los estados y los públicos, que en un inicio no tomaron en serio el alcance y la gravedad de lo que ahora es la pandemia del Covid-19, provoca el uso explícito de recursos y energía, utilizables en los renglones críticos de contención, cuidado y servicios médicos y rastreo epidemiológico e investigación médica, necesarios para contrarrestar el avance del patógeno. Lo propio es dejar que esta institución en conjunto con sus aliados, contrapartes y socios haga su trabajo y que aquellos que le acusan ahora hagan el suyo. Tiempo habrá para la reflexión crítica —justa y balanceada— del proceder de aquellos en entidades, tanto nacionales como internacionales, soberanas o no, así como el rendimiento de cuentas a los múltiples públicos.

Dicho esto, es importante tomar en cuenta las circunstancias alrededor de las cuales se dieron los fallos que permitieron el avance nefasto, el beso catastrófico, del SARS-CoV-2 o coronavirus novel. Primeramente, hemos de mirar la globalización a manera de fenómeno general y parcialmente responsable de la actual vicisitud. Con cuidado, no se trata aquí de validar el argumento absurdo y esencialista de algunos elementos de la derecha ultranacionalista estadounidense y mundial, que mira la globalización (o como la llama la primera “globalismo”), como el causante primordial —absoluto, dirían ellos— de este mal reciente. Se busca con ello regresar a unas viejas certezas aislacionistas y mercantilistas que no necesariamente son beneficiosas para el conglomerado humano o comunidad que existe en cada nación-estado o territorio no soberano. Peor aun, estas promueven animosidad y hostilidad abierta hacia el “otro distinto”, percibido “perverso”, como también enemigo. Se trata precisamente de mirar la globalización con una rúbrica crítica. Esta ha traído tanto beneplácito como miseria, prosperidad tanto como desigualdad, acceso a los instrumentos tecnológicos, producto de la innovación, al mismo tiempo que las dinámicas viciosamente codiciosas del mercado, ha inflado el precio a pagar para su disfrute.

Lo que esto quiere decir es que, en el afán y ceguera consumista, en la codicia individual y colectiva absoluta, en la obsesión de tener más y masificar el exceso, en la explotación desregulada del recurso natural, de crear desechos sin miramiento al otro o al espacio de convivencia, el hambre —el vicio terrible— de tener lo único, lo “exótico”, olvidamos el interés humano. El poder público ha cedido su deber fiduciario al afán desmedido de la acumulación de riqueza. No hablo de Estados Unidos u Occidente en capacidad exclusiva; China, Rusia, Arabia Saudita, India, Brasil, Argentina, Sudáfrica, Nigeria, Corea del Sur, Japón, los estados que componen la Unión Europea, también son responsables de la debacle salubrista por donde se coló el Covid-19, del colapso del interés público y colectivo en la práctica cotidiana de intercambiar bienes y servicios sin otro miramiento que el de “poseer” lo más rápido posible, sin contemplación del impacto humano o ambiental. Es la tormenta perfecta, el disloque del balance precario entre “poder” y “deber”, o lo que mi viejo profesor de política fiscal argumentaba: el desfase entre nuestras “apetencias ilimitadas” y los “recursos limitados” en este espacio físico que es nuestro planeta.

El propósito de enmienda colectivo es imperativo. Mírelo si quiere, desde un punto de vista axiológico —valores o juicio valorativo—, o perspectiva ético-moral, como sacrificio. Tanto la OMS, como los estados que componen la sociedad internacional tienen un rol que jugar en el objetivo de soliviantar esta emergencia global. Si la OMS falló en su rol inicial, por doblegarse a los intereses particulares, o de dilatar por exceso de cautela la declaración de pandemia, hemos de señalárselo sin impedirle cumplir con la tarea médico-epidemiológica-científica que le corresponde. Condenarla perennemente, quitarle o aguantarle fondos (la amenaza predilecta de Washington; a nosotros en Puerto Rico ya esta disposición nos es familiar), es contraproducente. La clave: asumir el acto que nos corresponde, tanto a los estados, pero especialmente a los públicos. Somos lo que le permitimos al poder, pero también vivimos la consecuencia de aquello que ‘nos’ permitimos.

Tags