manifestación 1 mayo bandera Puerto Rico

Esta semana volví a recordar un ensayo de Mario Vargas Llosa que leí hace varios años. Su título da nombre al libro en donde está publicado: “La civilización del espectáculo”. No fue por casualidad que justo esta semana me vino a la mente ese título.

Por un lado, la vista preliminar por una trágica muerte ocurrida en Fajardo se convertía en una especie de circo, algo parecido a la novela turca que suplantó en los televisores mañaneros en panaderías y oficinas médicas. Los encargados de llevar ante los tribunales al responsable de la muerte parecían más interesados en ejecutar un breve papel televisivo, aunque con menos gracia que los del drama turco desplazado. Completaba el elenco un batallón de analistas con cejas levantadas y lenguaje leguleyo, haciendo predicciones e interpretando los rituales de la sala.

Por desgracia, no fue solo el asunto judicial el que prestó madera para la fogata mediática. El tema de Puerto Rico en Washington no estuvo exento de ese matiz teatral que tiende a deformar con trivializaciones para el espectador. El fallido proyecto estadista, acallado no solo por el escándalo ocurrido en el verano pasado que culminó con la renuncia de Ricardo Rosselló a la gobernación, sino por el rechazo de ese ideal en la capital federal, prometía una nueva embestida.

No se trataba de la visita de los presidentes legislativos de Puerto Rico a la capital estadounidense. Tampoco era la reunión de la gobernadora Wanda Vázquez con funcionarios de ese país. Cuando echábamos de menos el Plan Tennessee y dejamos de tener noticias de la llamada Comisión para la Igualdad, apareció una nueva paladina de la estadidad: la tenista retirada Gigi Fernández.

Los mensajes en Tweeter de la tenista que en unos Juegos Olímpicos vistió los colores de Estados Unidos, y sus fotos junto a distintos personajes en el Congreso permiten hacer un análisis del contexto en que se pide la estadidad, sin que caigamos en la fácil tentación de echar a un lado su iniciativa como la novelería inconsecuente que acabará siendo.

Aparenta ser que, aunque Fernández quiso llenar un vacío dejado en esa lucha, no ha podido vislumbrar todavía lo que han vivido quienes ya han intentado adelantar la estadidad, que es el rechazo flagrante de los Estados Unidos a ese estatus para Puerto Rico. Allá se entiende claramente que Puerto Rico constituye una nacionalidad definida diferente a la estadounidense. Una cosa es la foto de un ayudante con la tenista para el Tweeter que alimenta a “la civilización del espectáculo”, pero otra muy diferente es que un país como Estados Unidos acepte tragarse a una nación caribeña y latinoamericana dentro de su seno. Las nacionalidades no es asunto de poca monta. Fueron determinantes en la desintegración de la antigua Unión Soviética y son temas de actualidad en Cataluña, Escocia y tan cerca de la frontera estadounidense como Quebec.

Desde que Mónica Puig ganó la primera medalla de oro para Puerto Rico en unas Olimpiadas, Gigi Fernández ha reclamado la primogenitura sobre el oro olímpico de nuestra patria. Nunca ha conseguido que el pueblo acepte esa pretensión y más bien ha logrado burlas en su contra. No creo que se trate de un rechazo a su persona, sino la reacción a la incapacidad de ella de entender que la nacionalidad, que tiene manifestaciones en el idioma, la cultura, la bandera y los deportes, no puede transigirse, cambiarse ni sustituirse. Eso es lo que el pueblo puertorriqueño le ha dicho.

Lo que su experiencia en la capital federal le dirá complementará ese mensaje. La nacionalidad tiene un componente adicional que es quizás el más importante. Es el componente político, que se manifiesta a través de la soberanía e independencia. Cuando culmine el caminar de Gigi Fernández por los pasillos del poder en Washington, el resultado será el portazo de siempre a la estadidad. La definición de lo que somos no está predicada en los tuits que se comparten, sino en la vocación puertorriqueña de preservar su nacionalidad única e irrenunciable.