Felipe, duque de Edimburgo, príncipe consorte y compañero de vida de la reina Isabel II, ha muerto. Su partida recuerda lo efímero de la vida aun para una persona rodeada de privilegio, capaz de llegar a los 99 años y ser partícipe de una vida a la sazón extraordinaria al lado de su esposa. Presumo complicaciones de salud debido a su edad y a un repertorio de condiciones –incluyendo padecimientos cardiacos– que le provocaron el retiro de la vida pública en 2017 y varias visitas a múltiples hospitales, incluso a principios del año corriente. La sensación de entrada es una extraña pues, según informa el periódico británico The Guardian, las multitudes que se arremolinan en recintos propios de la Corona, ya no son. No esta vez. La pandemia –ya lo constatamos– ha cambiado la cultura del luto y duelo. Pocas flores se avistaron en Windsor y Buckingham, no por antipatía sino porque las autoridades no quieren un repunte de contagios en un país que, a pesar de sus deslices pasados y recientes, tiene aún miramientos con la familia real y la reina.

Príncipe Felipe

La reina Isabel II junto a su esposo, el príncipe Felipe. >John Stillwell/AP

Nacido en la isla griega de Corfú, su pedigrí de sangre azul le garantizaba una vida sin necesidades, pero sin grandes ostentaciones hasta que conoció a Isabel, ambos de niños, en la década del 30 del siglo pasado. Sus padres, la princesa Alice de Battenberg, bisnieta de la reina Victoria (la misma que encabezó la cúspide de la hegemonía imperial británica) y su padre, el príncipe Andrés de Grecia (descendiente de una dinastía alemana con lejanos vínculos bizantinos, en el esfuerzo de construir una monarquía y comunidad imaginada llamada Grecia), tuvieron que salir de Corfú apuradamente en medio de una crisis política que aquejaría a los griegos hasta el presente. Producto de su familia, ostentaba desde el inicio sendos títulos que le acompañarían en su niñez, juventud y adultez temprana, hasta que contrajera nupcias con Isabel, en aquel momento princesa de Gales y heredera al trono británico. Otros títulos le acompañarían tras las nupcias, entre los cuales Duque de Edimburgo sería el que más cautivaría el imaginario de los públicos, paparazzi y especuladores hasta el día de ayer.

Todo ello, al igual que la vida que llevaba previo a juntar su vida con la de Isabel, incluyendo su carrera naval, pasaría a un segundo plano en el preciso instante en el que su suegro, el rey Jorge VI, saldría de este plano de existencia. El ascenso al trono de Isabel Alejandra María adquiriría otra dimensión: monarca del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte entre otras comarcas y territorios; cabeza de la Mancomunidad Británica de Naciones y Defensora de la Fe (Comunión Anglicana). La elevación de la princesa con la que se casó en 1947 traería consigo el peso –literal y figurativo– de la corona y que iría más allá de la metáfora shakesperiana. A partir de 1953 asumiría su último y más duradero título: príncipe consorte; título importante, pero que en esencia lo relega a un papel secundario ante la solemnidad que abrazare a Isabel.

No es fácil en un mundo patriarcal asumir el rol de actor de reparto. Ciertamente, a Felipe le dio trabajo; muy al principio del reinado este pretendió continuar con sus actividades personales, atléticas y camaraderías de antaño. Luego de momentos tensos entre aquellos que, desde las sombras, cuidan la imagen de la monarquía –los mismos que no pudieron con Diana, Sarah y Meghan– accedió a vivir en –y vivirse– en el segundo plano. En efecto, el consorte: la estatua viviente y silente, siempre detrás de la reina, miembro honorario de distintas unidades militares y títulos importantes en distintas organizaciones y caridades a las que su nombre le daría prominencia. Contrario a las guerreras que se casaron con sus hijos Charles y Andrew y su nieto Harry, su gesto de rebeldía se limitaría a comentarios incómodos y chistes impropios que también pasarían a la posteridad.

Pero, al final de su viaje, quiero asignarle un aire, un asomo de humanidad a Felipe. Ayer murió el acompañante perenne y devoto de la reina –su esposo– aquel que ella adoró y al que se permitió acompañar en el largo camino de la vida y reinado. En ese tramo amplísimo no se casó solamente con Isabel: se casó con la soberana, con el trono y el arrastre de sus símbolos, se casó con las cuatro naciones que viven en mutuos, tensos y fragmentados lazos. Pero ante todo cesó el hombre, el cónyuge, el padre, el abuelo, el bisabuelo.

Descanse en Paz.