Virus Outbreak India Vaccine Exports

En el difícil combate contra la pandemia del covid-19, nos encontramos a nivel global con el grave problema del acceso y la distribución de herramientas paliativas y de inmunización que pueden salvar vidas. En el caso de las vacunas disponibles, particularmente las de Pfizer/BioNTech, Moderna, AstraZeneca y Janssen, constatamos al principio de su circulación –y todavía– el acaparamiento de estas por países “desarrollados”, en detrimento de terceros. Es decir, el acceso a estas vacunas “principales” está limitado a países de Asia, África, América Latina y el Caribe; en los últimos meses han comenzado a recibirlas, pero solo después de múltiples denuncias e interpelaciones. El perverso gesto de egoísmo no se circunscribe solo a los Estados Unidos y la Unión Europea: en menor medida Canadá y Japón también jugaron su parte en negar acceso a países necesitados de vacunas.

Podemos argumentar que, siendo los principales motores de la economía global, donde el tránsito aéreo y marítimo de personas y bienes circulan regularmente, y habiendo sido parte importante en la transmisión y diseminación del patógeno por el resto del mundo (en conjunto con China, Brasil e India), ellos tenían prioridad. Es cierto, son los países más visitados, más móviles y quienes más contactos tienen con el resto del mundo. Dado ese hecho parecía certero administrarles las vacunas primero. Pero el acto cayó mal en términos políticos y humanos, sobre todo en los más tétricos momentos de 2020, cuando Ecuador se hundía en un mar de fallecidos por covid-19, cuando Brasil se convirtió en el epicentro de la pandemia en Latinoamérica, cuando Sudáfrica colapsaba en una red de sus propias deficiencias (y donde el virus terminó mutando, al igual que en el Reino Unido, Brasil y el estado de California) y cuando India perdió el control de los contagios en semanas recientes. No hay marcha atrás y en la coyuntura actual hay mejores perspectivas de salir de esta magnánima crisis de salud pública mundial, pero queda tatuado en la memoria colectiva que en momentos de profundo desagravio la solidaridad internacional desaparece. Momentáneamente, claro, pero es suficiente como para decimar 3.7 millones de almas de la población en el planeta.

Entra Covax, una alianza entre los sectores públicos, privados, las organizaciones internacionales (particularmente la Organización Mundial de la Salud y Unicef) y organizaciones no gubernamentales de carácter global para acumular vacunas y distribuirlas equitativamente alrededor del mundo, otorgando prioridad a aquellos países cuyas epidemias estén más allá de su control y de sus recursos. La idea detrás de esta es la adquisición de vacunas a precios asequibles, no importa la marca, e ir distribuyéndolas según la necesidad apremiante. Mirándolo en su justa perspectiva, la idea es genial y viable. Pero, como aduce Jason Beaubien en el portal de National Public Radio, no se pueden distribuir vacunas que no se tienen, muy a pesar de los compromisos ya contraídos por las farmacéuticas con Covax. Las razones: las que mencioné en el párrafo anterior y que van desplazándose a medida que los gobiernos –los que pueden– alcanzan sus objetivos internos. En este renglón, recientemente China donó suministros de su vacuna, Sinovax, tan pronto la OMS otorgara su autorización de emergencia y el presidente estadounidense Biden anunciara, en comunicado fechado el 3 de junio, que 19 millones de dosis –de las 80 millones que repartiría globalmente– serían distribuidas a través de esta entidad.

El avance es lento, pero brinda perspectiva. Reconociendo las desigualdades existentes en la sociedad internacional (hace un mes, según la BBC, solo un 0.3% de la población de países pobres había sido vacunada), Covax será un ente críticamente necesario en el futuro de la salud pública y la investigación médico-científica a nivel global. Más allá de las vacunas disponibles contra el covid-19 –y aquellas que se incorporarían en el futuro– el ente produce, paralelo con instituciones públicas y de educación postsecundaria, investigación y datos necesarios para la toma de decisiones que hagan posible atajar crisis salubristas en el futuro. Para que así suceda, el sector biofarmacéutico, privado y público, deberá abordar problemas de oferta/suministro, así como de producción, a fin de evitar –o por lo menos minimizar– desenlaces trágicos. En fin, una mirada y una acción englobada en el bienestar global y cimentada en el humanismo.