Coronavirus

>Carlos Rivera Giusti/EL VOCERO

La adversidad en sus múltiples formas manifiesta tanto lo mejor como lo peor de los individuos, sociedades, así como de organizaciones y entidades privadas, pero sobre todo públicas. Una emergencia sanitaria de carácter global, como lo es la pandemia del virus SARS-CoV-2 y la enfermedad que produce, covid-19, debió ser una coyuntura óptima para la colaboración internacional; no lo fue. En cambio, presenciamos un fenómeno –interesante y perturbador simultáneamente– de anticiencia, seudoteorías alrededor de los orígenes de la enfermedad, como su naturaleza y las formas de tratamiento, hedonismos exacerbados con argumentos distorsionados de libertad individual, desinformación y propaganda motivada por ideas de absolutismo económico divorciado de consideraciones sociales, políticas, epidemiológicas y salubristas. Esto no incluye el considerable maltrato a asiáticos –chinos en particular– e italianos ubicados en terceros países en momentos críticos del año 2020. En el trasfondo, atestiguamos la fragmentación del sentido de comunidad, tanto local como global y mutaciones culturales que, aduzco, perdurarán por generaciones, además del tambaleo rotundo de la coordinación médico-científica a nivel global.

Según Jesse Bump, en un artículo publicado en el ‘British Medical Journal’, la realidad de la colaboración internacional en situaciones como pandemias discrepó considerablemente del raciocinio que impulsa esta coordinación: evitar o por lo menos ralentizar el avance del contagio trasfronterizo, además de la cooperación médico-científica que señalé. En cambio, tenemos devastación: poco más de 169 millones de contagiados al presente y 3.5 millones de personas fallecidas por covid-19, según el Johns Hopkins Coronavirus Research Center. Sobrellevamos la vicisitud y fallamos estrepitosamente, tanto las instancias internacionales (como la Organización Mundial de la Salud), como los poderes públicos al frente de naciones-estado, especialmente de aquellas que, en calidad de potencias, superpotencias y conglomerados regionales pudieron haber actuado de manera contundente y decidida para atajar la pandemia.

Miraremos los deslices de la OMS en otra columna. Baste con decir que sus fallos críticos fueron también producto de estados miembros renuentes a informar sobre el brote inicial localizado en Wuhan en momentos críticos de su inicio (China) o de estados que, viéndose autolimitados, por consideraciones políticas, de manejar la crisis de salud pública localizada prefirieron usar la organización como chivo expiatorio y a manera de cortina de humo para tapar sus propias deficiencias catastróficas (EE.UU., Reino Unido, Brasil). En este ambiente de crisis, las naciones miraron hacia adentro, contrario a las exhortaciones de la comunidad científica global. Lo vimos manifiestamente en la acumulación de medicamentos con potencial de tratar y minimizar los síntomas de covid-19 y eventualmente con el acaparamiento (hoarding) de las vacunas desarrolladas y diseminadas en el último trimestre del año 2020 y la primera mitad de 2021. Aunque la suavización de actitudes, persuadidas en parte por un llamamiento a proceder compasiva y humanitariamente, ha permitido la distribución de vacunas a países que la necesitaran urgentemente, el gesto fue precedido por un detente egoísta que vio a los Estados Unidos negarle a India materia prima para la fabricación de sus propias vacunas. El mero hecho de hablar de patentes y propiedad intelectual en este tipo de emergencia dice mucho de la humanidad como conglomerado.

Independientemente de nuestro egoísmo colectivo, nos dimos cuenta de la necesidad de cerrar la brecha de desigualdades: el acceso a tratamientos preventivos, paliativos, o los esfuerzos de inmunización tienen que incluir a la población de escasos recursos. No tiene sentido que nosotros los “afortunados” nos inmunicemos si el resto de la población no goza de ese mismo beneplácito. Puede que la actitud generalizada sea ‘allá ellos’. Pero si pretendemos retomar algún indicio de actividad económica y equipararla a las tasas existentes prepandemia, o si pretendemos montarnos en un avión para llegar a destinos lejanos, conviene que esa inmunización llegue a todos los confines del planeta. De paso, repensemos ese andamiaje –el económico, el político, el salubrista–, pretendamos una mesura de sentido común en aras de brindar equidad. Si lo logramos, atajaremos la próxima pandemia no solo con herramientas políticas y de salud pública efectivas, sino con una profunda y eficaz dosis de humanidad.