Sputnik V

En la gestión médico-salubrista-política para combatir el SARS-CoV-2 y el covid-19, nos trasladamos –aunque nunca salimos enteramente de este– al campo geopolítico. No obstante el cuadro favorable en Occidente, en términos del suministro y accesibilidad del repertorio de vacunas (Pfizer-BioNTech, Moderna, AstraZeneca y Janssen), no podemos decir lo mismo del resto del mundo. Desde lo humano, es desgarrador ver cómo los países del mal llamado “Tercer Mundo” suplican por alivio y suministro del recurso vacunal. Más lamentable aún es ver a India sumirse en un abismo epidémico y que de entrada Estados Unidos le niegue materia prima para la elaboración del remedio. Aunque ya Washington cediera ante la presión internacional para asistir al gobierno de Nueva Delhi, siempre quedará el mal sabor que la negación inicial dejará en el gobierno y la psique colectiva de los indios.

Pero hablemos de Sputnik V, solución montada, según la descripción del New York Times, sobre ADN decatenario, diferenciándose de las vacunas de Pfizer, Moderna y AstraZeneca. La vacuna, fabricada por el Instituto Gamaleya de Investigación en Epidemiología y Microbiología bajo la supervisión del Ministerio de Salud de la Federación Rusa entró al ruedo –y la polémica geopolítica– tan temprano como agosto de 2020, cuando todavía nos lamíamos las heridas del primer encierro colectivo. Su llegada controversial, según John Henley en el periódico británico The Guardian, se dio en el contexto de una aprobación para uso de emergencia, sin evaluar resultados de pruebas clínicas. Poco importó: al rato la revista médica The Lancet publicó un estudio validando su 92 por ciento de efectividad. Moscú, reivindicado en su esfuerzo de “picar alante”, anunció a los cuatro vientos su remedio y prontamente se dio a la tarea de identificar lugares fuera de sus fronteras, países dispuestos y necesitados de atajar los contagios de covid y sus devastadoras consecuencias en el cuerpo humano. No fue difícil: en América Latina y el Caribe –Argentina, Bolivia, México y Guyana–, respondiendo al vacío creado por el empeño de Washington de acaparar vacunas, no tardaron en abrir sus puertas a la solución provista desde Moscú. Para los apologistas de Washington: claro que no hay nada malo en que EE. UU. vele por sus propios intereses, pero no se extrañen cuando terceros países acepten con premura los ofrecimientos de Moscú, Pekín y La Habana.

Como era de esperarse, la demonización no tardó en llegar. No niego que Rusia o China tengan propósitos menos que altruistas en la distribución mundial de Sputnik V y Sinovac. Pero me sienta absurdo que desde Washington y Occidente se pretenda que el resto del mundo se niegue y se cierre a una solución contra la pandemia, mientras el egoísmo y parcial inmovilismo definen sus políticas públicas y salubristas, de distribuir sobrantes, excedentes o suministros de vacunas no deseadas u objeto de duda generalizada (como la de AstraZeneca) y proyectarlo como un gesto magnánimo de beneplácito hacia el mundo. Ya los medios –occidentales, claro– diseminan la duda y el propósito. El mismo John Henley en The Guardian cita a “expertos” que ponen en tela de juicio el desprendimiento ruso atribuyéndole propósitos ulteriores que van más allá de la sanidad pública. Igualmente, Simon Frankel y Jamie Levin en la revista Foreign Policy, reseñan indicios de presiones diplomáticas y concesiones hechas a Rusia por parte de los países que han recibido su vacuna. Finalmente, David Biller y Christopher Sherman en el Chicago Tribune reseñan los pormenores que las naciones latinoamericanas sobrellevaron con Sputnik V para finalmente –y producto de cambios coyunturales político-electorales dramáticos– facilitar su distribución y administración.

Hubiese querido que el detente a la pandemia se hubiese dado de otra manera. Es decir, menos fragmentado y más colaborativo; pero las cosas como son. El escenario vigente consiste en países desarrollados dedicando recursos del fisco público para la investigación farmacéutica y biomédica que trajo soluciones a su dilema sanitario. A cambio, recibieron trato exclusivo –y excluyente del resto– en la disponibilidad de dosis. Cuando la población de estos lugares esté inmunizada, veremos si distribuimos los sobrantes, los descartes, por la vía directa o por el instrumento superficial y precario de COVAX, administrado por la Organización Mundial de la Salud. Pues bien, no hay bronca; pero, Occidente, no te molestes cuando otros realicen esfuerzos paralelos y reciban concesiones diplomáticas, además de ampliar su espacio de maniobra en el renglón geopolítico. En el mundo académico de las relaciones internacionales esto de llama ‘soft power’ y tanto Moscú como Pekín lo juegan magistral.