Violencia de género, Keishla Rodríguez

El jueves el País se despertó con la noticia del hallazgo del cadáver parcialmente calcinado de una mujer. El viernes se determinó que el cadáver correspondía a Andrea Ruiz Costas. >Josian E. Bruno Gómez/EL VOCERO

Las muertes de Keishla Rodríguez y Andrea Ruiz nos obligan a reflexionar sobre un nuevo significado del 1 de mayo para nosotros los puertorriqueños. En el caso de la muerte de Keishla, todo aparenta a que la misma se relaciona a aspectos afectivo-sentimentales típicos de una cultura que degrada a la mujer a alguna clase de posesión o “cosificación” de su ser.

En el caso de Andrea, la confesión de su asesino no deja espacio a dudas. Algunas realidades fácticas sobre dichas tragedias y en cuanto a la discusión pública respecto a las mismas son: (1) La sociedad puertorriqueña en pleno siglo XXI es una violenta y machista; (2) La muerte de Keishla ha conmocionado de manera extraordinaria a un alto porcentaje de la población puertorriqueña motivado por (a) su relación sentimental afectiva con una reconocida figura del deporte, por ende (b) el interés y cobertura de los medios alrededor de la noticia, (c) la apertura de algunos de los miembros del núcleo familiar de esta para comunicar a través de medios  tradicionales y de las redes sociales respecto a esa vida afectiva y (d) cómo su inferencia razonable era vincularla inicialmente con su desaparición y eventualmente a su muerte. (3) No es posible ni ética ni decentemente disertar o analizar sobre la muerte de Keishla sin incluir en ese análisis o comentario el caso de Andrea.

El 1 de mayo —sin restarle al significado de la fecha para las luchas históricas de los trabajadores a nivel mundial— en Puerto Rico lamentablemente se ha utilizado para crear divisiones populistas artificiales con el fin de obtener algún pietaje que les sirva a unos pocos para recabar apoyos logísticos y económicos locales e internacionales.  Por eso el pasado sábado pudimos observar mensajes lastimosos en las redes sociales de parte de algunos líderes sindicales, periodistas afines con ellos y a una que otra figura pública relacionada a estos que les dieron ‘like’, en los que de manera vergonzosa atacaban a los medios noticiosos del País y a las autoridades policiacas por la atención y amplia cobertura al momento y proceso para sustraer de la laguna San José el cuerpo sin vida de una mujer que luego se confirmó que era Keishla.

Las coberturas mediáticas en la mayoría de las ocasiones responden al interés ciudadano que de una u otra manera se demuestra en relación con algún asunto.  Las redes sociales —como ese nuevo espacio que ha venido a sustituir a las plazas públicas de la comarca en la que se reunía el pueblo a discutir los aconteceres en la misma— ayudan a medir ese interés. Era más que evidente cuál era el evento noticioso de mayor interés de la ciudadanía. Toda vez que ha sido uno que ha unido a personas de todos credos e ideas políticas en solidaridad con los familiares de las víctimas.

Hemos sido miles a los que se nos ha soltado una lágrima o por lo menos se nos ha apretado el pecho con la situación. Los grandes encuentros y movimientos ciudadanos en apoyo a una idea, a un principio o a un fin siempre han estado vinculados a alguna efeméride. Estipulado que Puerto Rico sufre un grave problema de violencia y uno gravísimo de machismo, los esfuerzos para educar y concientizar de manera formal para cortar eso hilo transgeneracional, social y cultural que ha fundamentado esos males tienen que llevarse a cabo desde todos los frentes. No podemos permitir que la conmoción ciudadana levantada en estos días se quede en comités, declaraciones oficiales ni oportunismos ideológicos o políticos momentáneos.

No podemos permitir que las vidas de Keishla y de Andrea pasen al olvido de parte de nuestra sociedad, así como han pasado cientos de víctimas anteriores. Se nos presenta una magnífica oportunidad para utilizar el 1 de mayo como un punto de partida hacía la creación de un nuevo paradigma que nos una como pueblo y en solidaridad con las familias que en los eventos antes mencionados se ven desmembradas: las de las víctimas y las de los victimarios.

Todo como consecuencia de un sistema educativo del que sus dirigentes nunca han establecido la prioridad de erigir una filosofía educativa que resalte el humanismo en el individuo y le ayude a ubicarse como ente social consciente de su entorno para desde ahí respetar la integridad y vida de sus semejantes como seres humanos que son.