Cárcel

Históricamente, el paredón se ha justificado en tiempos de guerra. El Che fusilaba. Incluso, de su propia mano. De hecho, la muerte por fusilamiento aún es constitucionalmente aceptada en Cuba. Una cuota indeterminada de fusilamientos se ejecutó por el franquismo durante la guerra civil española. En Chile, Pinochet dio órdenes de fusilar hasta por mera sospecha a militantes de partidos de izquierda. En la Guerra Civil norteamericana fusilaron a cientos entre los estados del norte y el sur. Por cierto, tan reciente como noviembre de 2020 el Departamento de Justicia está enmendando calladamente sus protocolos para ejecuciones. Según el Federal Register —el diario oficial— se le permite al gobierno federal realizar ejecuciones por inyección letal o “usar cualquier otra forma prescrita por la ley del estado en el que se impuso la sentencia”, sin excluir el fusilamiento. Y hay muchos etcéteras más, en todo el mundo.

Está muy claro que la pena de muerte siempre ha sido relativizada por razones políticas, ideológicas o “morales”. Se mata por razones viles o justicieras, por supremacismo racial o por su resarcimiento, incluso se mata en nombre de Dios.

Por eso, cuando nos oponemos a la pena de muerte, tendríamos que preguntarnos: ¿De acuerdo a qué circunstancias? ¿Es en tiempos de paz? ¿Incluso, en tiempo de guerra? ¿Cuál es el fundamento de nuestra oposición? ¿Es de orden religioso? ¿Sociológico? ¿Estadístico? Ciertamente, encontraremos muchas contradicciones en cualquier respuesta.

Félix Verdejo está acusado de planificar el secuestro de una mujer que compartió su amistad, su amor y su cuerpo desde los juveniles 16 años. La mujer se aprestaba supuestamente a demostrarle que concebía una vida nueva en su vientre, y que él era el progenitor. La respuesta de Verdejo fue propinarle un golpe olímpico brutal al mentón, inyectarle una dosis de alguna porquería alucinógena, amordazarla y amarrarle un par de bloques para lanzarla desde el Puente Teodoro Moscoso a plena luz del día, rematando su humanidad a balazos, mientras flotaba.

Ahora, Verdejo busca sobrevivirle al crimen. Cuenta con la acrobacia legal de sus abogados, quienes se recostarán de un tecnicismo legal que le permitiría escapar a la muerte si algún miembro de algún jurado “imparcial” encuentra alguna duda “irrazonable” sobre los hechos y las intenciones alrededor del asesinato. Más aún, cuenta con el reclamo militante de oposición a la pena de muerte de los mismos que hace solo horas lo acusaban y exigían verlo “pudrirse” en la cárcel. Es decir, condenarlo a muerte lenta, de forma natural. A pesar de la desnaturalización de la muerte de la indefensa víctima.

De acuerdo a los que prefieren la llamada “cadena perpetua”, Verdejo merece comer caliente con una dieta balanceada. Dormir con acondicionador de aire sin pagar factura de energía eléctrica. Tendrá horas de sol y ejercitación deportiva. Verá la tele de vez en cuando y participará de juegos de mesa. Podrá estudiar y leer. Tendrá derecho de visitación. Pero, más fundamentalmente, no tendrá la presión económica de buscarse el sustento.

Y muchos se adelantarán a preguntar: ¿Qué hay de la supresión de su libertad? ¿No es suficiente castigo? Pues, parece un buen trueque, ¿no? Porque, ciertamente, no pasará el resto de sus días en una mazmorra medieval. Madurará y envejecerá en una institución federal, limpia y “domesticada”, civilizadamente, acorde a los “derechos humanos” que —a pesar de todo— cobijan a los asesinos. Como ocurre, de hecho, se adaptará a la limitación de espacio y movimiento. Su celda y el complejo penal será su pequeño y rutinario mundo. Y no se nos olvide que esa vida será subvencionada por los ciudadanos de la “libre comunidad”, mediante sus contribuciones.

¿No reconocemos que estamos en guerra? Una guerra descarnada, que no necesita tanques ni misiles, porque se vale de golpes, cuchilladas, estrangulamiento, envenenamiento, y fuego. Son las mujeres las que son sentenciadas a muerte. Sentencias declaradas y ejecutadas. El pelotón de fusilamiento responde a las órdenes sistémicas del machismo y la misoginia.

La poesía boba, el principio moral papagayo y la fe religiosa siguen justificando —con toda intención o sin ella— la impunidad. La mayoría no lo tenemos resuelto en la conciencia aún. Pero ¿seguir uniéndonos a un coro en contra de la pena de muerte? ... Por este, como en otros casos, habría que repensarlo.