Columna Mario Ramos

El texto La Rebelión de los que nadie quiere ver: respuestas para sobrevivir a las desigualdades extremas en América Latina. >Suministrada

En las últimas décadas la desigualdad en Latinoamérica ha sido una constante que parece no tener fin. Tanto dictaduras de derecha y de izquierda, y aun en la democracia, la carencia de servicios médicos, vivienda, educación y trabajo han obligado a la población a escoger entre tres alternativas —violencia, migración y religiosidad— para poder salir de la crisis que los gobiernos de turno, como antaño, no han podido lidiar con las circunstancias caóticas que ya son la normalidad como realidad social y política.

La violencia se manifiesta en el narcotráfico. Una subcultura que en extremo desprecia la vida y seguridad de los individuos se ha convertido en una manera inmediata para salir de la pobreza y poder tener ingresos sustanciales para estar al nivel de consumo que los pudientes y los ricos. No significa movilidad social, pero asegura tener acceso a bienes y servicios que bajo su paupérrima condición económica les están vedados, porque, “los jóvenes de hoy en día viven con resignación la exclusión social, pero se resisten con vehemencia a la exclusión del consumo.” O sea, “el consumismo, inducido por la globalización, ha acentuado el resentimiento debido a las carencias sufridas.”

La migración es otra de las principales alternativas que tienen los pobres para salir de las condiciones de indigencia en que viven. Desde México hasta Tierra del Fuego los movimientos poblacionales hacia el norte son parte de su historia. El país azteca —además de ser un tránsito de migrantes— es un exportador de mano de obra que, de manera clandestina, su capital humano llega a los Estados Unidos para insertarse en el mundo laboral y hacer el trabajo que blancos y afroamericanos no quieren hacer. Esta emigración se distingue por su movilidad en tierra. Distinto a Cuba, Haití y República Dominicana que su travesía hacia el exilio es por mar. En cambio, el puertorriqueño lo hace por aire.

Sin embargo, el fenómeno que pocos ven es la alternativa de la religiosidad. Se manifiesta a través del pentecostalismo y de manera silenciosa ha ido penetrando en los lugares donde el catolicismo reinaba a su antojo. Surgió en lugares donde la exclusión y marginación eran el medio ecológico social de los pobres. Esto incluye a las comunidades indígenas donde esta religión ha penetrado y fundado concilios de fe que los nativos han adoptado como parte de su identidad personal y de grupo. De hecho, “la identidad religiosa se impone a la étnica porque la conversión ha supuesto no solo la negación del pasado personal, como es habitual en las prácticas pentecostales, sino también de la historia colectiva.”

Además, el pentecostalismo le dio un “sentido de pertenencia a una nueva comunidad emotiva en contra de la marginación social con lazos solidarios de asistencia mutua que han implicado el acceso a cierta dignidad social”. De igual manera en el ámbito de ciudad: “El catolicismo mágico rural se transformó en el pentecostalismo mágico urbano”.

El pentecostalismo le ha dado a la mujer una nueva dimensión dentro de su iglesia. Las funciones de evangelización y domésticas las realizan las féminas. Las funciones del hogar son trasplantadas a la función religiosa. A pesar de que el papel protagónico de las mujeres dentro de esta denominación religiosa pudiera ser mayor que el de otras religiones, “todavía tienen un lugar subordinado en términos de sexualidad, división del trabajo y autoridad”. Sin embargo, es el denominado “neopentecostalismo” el que ha adquirido fuerza. Muy difícil diferenciarlo “de las industrias culturales del espectáculo por el uso común de formatos masivos como los reality shows o los conciertos pop”.

Esto es lo que con precisión sociológica e histórica nos demuestra Juan Pablo Pérez Sáinz en su extraordinario texto, La Rebelión de los que nadie quiere ver: respuestas para sobrevivir a las desigualdades extremas en América Latina. Lectura obligada y publicado por Siglo Veintiuno, una editorial que surge a mediados de los sesenta como alternativa a Fondo de Cultura Económica, donde se podrán publicar libros por pensadores de izquierda latinoamericanos.

Este fenómeno latinoamericano también es uno de los principales rasgos que tenemos en el Puerto Rico actual. El flagelo del narcotráfico es la peor violencia de nuestra historia. La cantidad de asesinatos de los últimos cuarenta años pudiera superar la población de algunos municipios. Parece no tener fin. La migración es una constante desde los años cuarenta y, por supuesto, el pentecostalismo. Tal vez la mayor denominación religiosa de este tiempo. Una trilogía de factores que fehacientemente demuestran la dialéctica sociohistórica de nuestro tiempo.

Mario Ramos, Historiador