TikTok

La semana pasada establecimos el lugar prominente de la red social TikTok en la cultura popular global y el sitial específico que esta y su aplicación, disponible para los teléfonos inteligentes, tiene en las generaciones Y y Z. Claro, su popularidad no se limita a estos grupos particulares, pero al igual que Snapchat, Instagram y Twitter antes, TikTok se ha convertido en una herramienta de expresión, creatividad y activismo que ya causa molestia en los círculos de poder, especialmente en Washington.

La fuente específica de la incomodidad de la administración Trump se centra en la efectividad de TikTok en transmitir masivamente la indignación colectiva alrededor de la muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis. Igualmente, la red social mostró al mundo las caras auténticas de los Estados Unidos. Es decir, aquella que muestra las contradicciones al discurso y complejo de excepcionalidad, que compone el mito y la mística de la “superioridad” estadounidense.

Estas caras son complejas, no solo porque desdicen mucho de una sociedad que se pretende balanceada en el sentido de “igualdad de oportunidad y acceso virtualmente irrestricto a la posibilidad de una vida individual y familiar superior”, sino porque, precisamente, existe todo un segmento de la población que deliberadamente pretende recordarle a la gente de “color” que su lugar en la sociedad estadounidense no es equitativo al de un “blanco” eurodescendiente. Vimos pues, a través de TikTok, el rostro de la ira. Ira que se monta sobre la indignación de aquellos que reclaman que la vida de las personas afrodescendientes importan; vimos también la indignación latina alrededor de una corporación —cuyos productos de consumo alimentario son elementos básicos de su cultura— es indiferente, pero sobretodo ingenua ante el rechazo sistemático de sus contribuciones a la excepcionalidad estadounidense. Vimos también el rostro reveladoramente cruel de personas “blancas” —los proverbiales Karen y Kevin— explotando su privilegio para subordinar, humillar e intentar someter a aquellos equivocadamente percibidos diferentes y, por extensión, inferiores.

Entra TikTok. Nuestra conciencia colectiva está bien al tanto de los males que aquejan a nuestra sociedad gracias a la complementariedad de las redes sociales. Sabemos que lo descrito en el párrafo anterior existe, porque lo vimos en un vídeo corto, que a su vez nos lleva a otros instrumentos mediáticos para buscar contexto. La ira de Washington se torna, entonces, reaccionaria. Ante su incapacidad de desprenderse de los absolutos ideológicos, que le dan distorsionada certeza, pero que no sirve para agenciar y gerenciar las realidades sobre el terreno —racismo sistémico contra negros y latinos, manejo catastrófico de la epidemia del Covid-19 y una economía trágica y perversamente desregulada— enfila los cañones en contra de la red social de origen chino, sugiriendo incluso su censura y posible prohibición.

Existen considerables ironías en estos señalamientos agrios. Su principal propagandista, el “jefe de la diplomacia” estadounidense Mike Pompeo, alega primeramente que TikTok es un instrumento del Partido Comunista Chino. Puede ser, pero el libro rojo de Mao dejó de ser relevante hace mucho y todos sabemos que el socialismo chino transicionó hacia un capitalismo de estado, desde el proceso de desmaoización y abrazo al mercado instrumentado por Deng Xiaoping, a finales de la década del 70 del Siglo 20. China es un país autoritario, sí; tiene gobierno de un solo partido, absolutamente; sus prácticas económicas depredadoras afectan la manera en que se hace negocios en China, sin duda; intimida a sus vecinos inmediatos pretendiendo hacerse con un cuerpo de agua esencial para el comercio global, no hay porqué negarlo. Pero el giro de Washington es erróneo y el enfoque obsesivo enfilado hacia TikTok no es el correcto.

El lenguaje propio de la Guerra Fría que sale de la boca de Pompeo pretende desviar la atención de los problemas encarados por su jefe y que son, o de su propia creación, o exacerbados por él. Los chinos si tienen pretensiones —no hay porqué dudarlo— de menoscabar a los Estados Unidos, no tienen que hacer mucho. Con sentarse a esperar como la nación se destruye en un mar turbulento de polarización política es suficiente para ellos. TikTok solo muestra lo que ya es evidente en la disposición propia de Washington y Trump resumida en el siguiente y desafortunado refrán: “A veces uno sabe que se va a estrellar, y acelera”.