Expolicía es declarado culpable por muerte de George Floyd

George Floyd pagó por algo que no debía. Con lo más valioso que un ser humano pueda tener: su vida. Implorando porque lo dejaran respirar, haciendo un esfuerzo por lograr que el oxígeno entrara a sus pulmones, murió porque la rodilla de un policía se interpuso en su cuello y no permitió que tuviera éxito en su lucha por sobrevivir.

En el piso, boca abajo y esposado, no presentaba peligro alguno para la seguridad de los agentes que lo rodeaban. Era cuestión de llevárselo y luego iniciar el procedimiento criminal por el delito cometido, si alguno. Él no imploraba por su seguridad. Imploraba por el derecho a respirar y a vivir. Ese mismo derecho que tenía el policía que lo mató con su rodilla sobre el cuello, que tuvo el efecto de una guillotina que le cercenó el flujo de aire por el cual la víctima clamaba, lo tenía Floyd.

El policía que lo mató, merecidamente fue encontrado culpable por un jurado compuesto por seis negros y seis blancos. Que es la representación sociológica de su vecindario a la que el acusado tiene derecho, pues sería inconstitucional que no sean sus vecinos y no haya representación racial ni étnica en los que vayan a juzgarlo.

Una de las mayores revelaciones de este caso, aparte de la indignación creada en la nación, fue la gran cantidad de blancos e hispanos que sintieron en carne propia el crimen cometido contra Floyd. Incluso, policías blancos de distintas jurisdicciones se sintieron avergonzados y con coraje por el abuso de un compañero que luego salió a relucir que fue un indisciplinado que tenía en su expediente varias amonestaciones.

La acción de Derek Chauvin no solo fue un crimen contra una persona que, independientemente de su pasado y los delitos que cometió, era en su presente —el momento en que clamaba por el derecho a respirar— víctima de un crimen. Fue una acción contra la fibra social de los Estados Unidos, que con una constitución que garantiza unas libertades que incluyen la presunción de inocencia, el debido proceso de ley y el derecho a un juicio imparcial, rápido y justo, y a no autoincriminarse y permanecer en silencio ante interrogatorios por parte de funcionarios del Estado que iniciaron el proceso criminal, evidencia que las fisuras sociales producto de los prejuicios raciales, aunque en mucho menor grado que antes, siguen vivas.

Es cierto que esos prejuicios no son como antaño, donde la línea entre blancos y negros era casi infranqueable, pues —como dije— muchos blancos e hispanos se unieron en la protesta por la muerte de una víctima indefensa clamando por su vida. Además, ya no estamos en los años cuando existían leyes en extremo racistas que fueron declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. La segregación racial fue eliminada por el caso de Brown v. Board of Education, y hoy no existe una segregación racial sociológica y física como la que existía en la década de los sesenta. Por otro lado, la cavernaria ley que prohibía que un blanco y una negra se casaran se declaró inconstitucional con el caso de Loving v. Virginia, pero este caso evidencia que todavía queda trabajo por hacer.

A través de los años la igualdad en derechos conquistada por los grupos minoritarios ha logrado bastante aminorar los prejuicios. Esto también ha tenido el efecto de aumentar los matrimonios interraciales, creando una sociedad americana camino al mestizaje. Un hecho interesante lo es la indeseable subcultura del humor étnico. Con el logro igualitario en derechos de las mujeres, los negros, los hispanos y los gays, la cantidad de chistes sobre ellos que escuchábamos en la calle han casi desaparecido. No sé si es una relación causa y efecto, pero es una coincidencia que merece estudio y análisis.

El caso de Lawrence v. Texas, que estableció que el derecho de intimidad protege a las parejas del mismo sexo que quieran estar en la misma cama, y el caso de Obergefell v. Hodges, que declaró el matrimonio como un derecho fundamental, fueron triunfos dramáticos para el reconocimiento de la igualdad en derechos de los miembros del grupo Lgbtt.

El caso de Floyd tiene distintas ramificaciones. La alcaldesa de Atlanta, la afroamericana Keisha Lance Bottoms, enfatizó que la mejor forma de prevenir estas injusticias es que cada ciudadano ejerza su derecho al voto. Concurro con ella, pues una sociedad donde el arma del ciudadano esté en la punta del lápiz puede lograr cambios revolucionarios dentro del mismo proceso democrático y evitar tragedias como esta.

Mario Ramos, Historiador