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>Suministrada 

El National Security Archive acaba de publicar una serie de documentos desclasificados por el gobierno de los Estados Unidos sobre la matanza que se dio en Argentina, llevada a cabo por la dictadura militar, entre 1976 y 1983. Fueron los años donde el principal ejecutor lo fue el general Jorge Rafael Videla, que perfeccionó el terrorismo interno de estado y convirtió en un término jurídico elástico la palabra “desaparecido”. Su régimen fue una verdadera industria de asesinatos.

Todo comienza, según los documentos, el 20 de agosto de 1976 cuando personal de la seguridad dinamitó los cuerpos de treinta personas que quedaron despedazados y sus restos quedaron dispersos sobre un área considerable de espacio. Fue una acción para enviar un mensaje a los grupos subversivos de izquierda como los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo. Sin embargo, a Videla no le gustó la publicidad que tuvo el acto perpetrado en el municipio de Pilar, al norte de Buenos Aires. Él no se oponía, pero favorecía que los asesinados se hicieran con la mayor discreción posible.

Agencias del gobierno de los Estados Unidos como la CIA y el FBI guardaban documentos e información secreta sobre las matanzas llevadas a cabo por los militares argentinos. El uso extensivo de la tortura incluyó la inmersión de los secuestrados dentro de un cubo lleno de agua con excreta, orina y sangre. El uso de la “picana eléctrica”, un instrumento que “da golpes de corriente o descargas sostenidas en contacto con el cuerpo y sus efectos en las partes más delicadas (genitales, dientes, mucosas, pezones, etc.) son devastadores”. Por todas estas acciones Patricia Derian, subsecretaria de Estado para los Derechos Humanos durante la presidencia de Jimmy Carter, en un informe de 1979 afirmó: “No hay duda que la Argentina tiene el peor récord en derechos humanos en toda la América del Sur”.

Las mujeres secuestradas sufrieron violaciones y largos periodos de detención sin ver la luz del sol, por lo que el color de su piel se tornaba algo verdoso. Además, fueron torturadas usando ratas vivas. Igual suerte sufrieron las mujeres embarazadas; antes de morir sus bebés fueron entregados a familias que desconocían la suerte de su madre. Eso fue lo que le sucedió a Laura Carloto, hija de Estela Carloto, que lidera las abuelas de Plaza de Mayo. Fue secuestrada embarazada, y en cautiverio tuvo a su hijo que luego fue adoptado; treinta y seis años después el hijo de Laura se encontró con su abuela y sus tías. Otros secuestrados eran drogados y luego, desde un avión, arrojados al mar.

Un estudio de la CIA de febrero de 1976, también desclasificado, Whither Argentina: new political system or more of the same?, afirma que la dictadura militar que apenas comenzaba probablemente sería más severa y autoritaria que cualquier otra en el pasado de Latinoamérica. El uso arbitrario de los arrestos y encarcelamientos, y el apoyo a escuadrones de la muerte de derecha, se asomaban como tácticas comunes por parte de los militares. El personal militar y policíaco fue adoctrinado en el sentido que todos los medios para eliminar elementos subversivos están justificados, incluyendo, por supuesto, la tortura.

Es por eso que “se puede llamar fascista a las dictaduras de Pinochet y Videla. La amplitud de represión, su carácter metódico y planificado –el fenómeno de los desaparecidos-, a veces la sofisticación de las técnicas de tortura y muerte, no dejan de recordar, en ciertos aspectos, los límites extremos de la violencia nazi”. (Véase Enzo Traverso, El Totalitarismo: historia de un debate). Todos estos abusos y crímenes de lesa humanidad se dieron en muchos países latinoamericanos. Centroamérica fue un caso clásico donde las guerrillas surgieron por los abusos de las dictaduras de turno. Fueron abono para el éxito que tuvieron en Cuba y Nicaragua. (Véase a Walter LaFeber, Inevitable Revolutions: The United States in Central America).

Muchas de las prácticas de tortura fueron tomadas del siniestro Dan Mitrione. Un expolicía de Indiana que sirvió de funcionario de la CIA y luego de la AID, pero que su función primaria era enseñarles técnicas de tortura a la policía brasileña y uruguaya. Su frase favorita era: “El dolor exacto, en el lugar exacto, en la cantidad exacta para lograr el efecto deseado”. El 31 de julio de 1970 fue secuestrado por los Tupamaros y ajusticiado. Los crímenes apenas comenzaban y no terminarían hasta el advenimiento de la democracia y el procedimiento judicial contra estos criminales de estado.

(2) Comentarios

Marcelino Pan y Vino

PR necesita un Pinochet que comince a recoger las sabandijas y las monte en un avion y las tire en el canal de La Mona.

Elmo Home-Brown

Aja, y?....,,,,

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