OTAN

A la derecha el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

Entre los eventos internacionales que hicieron noticia esta semana destaca el pronunciamiento categórico del presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, con respecto a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. En un arranque de frustración y grandiosidad con fuertes tonos de autoridad moral, típico de los hombres de estado franceses partiendo de la presidencia de Charles de Gaulle, Macron declaró a la alianza atlántica “muerta cerebralmente”. Una proclamación ominosa en tiempos de frecuentes sacudidas dramáticas en el plano político – doméstico e internacional – reflejo de los múltiples ciclos recurrentes en los distintos escenarios geopolíticos. El neo-aislacionismo estadounidense, la fragmentación de la cohesión política de la Unión Europea (no exclusivamente a causa del Brexit; sus causas son históricas y autoinfligidas) y las complejidades geopolíticas de África, Medio Oriente y Asia, son todos factores significativos en la reflexión y posible reformulación de la organización, que busca aliento de vida a casi tres décadas del fin de la Guerra Fría.

Pero deconstruyamos las expresiones de Macron. Su argumento se centra casi exclusivamente en los problemas de dirección y objetivos estratégicos de la alianza. El presidente francés cita la conducta impredecible de la administración Trump y las señales confusas y ambiguas que salen de Washington. Menciona además la impopular intervención turca en el norte de Siria en contra de las Unidades curdo-sirias de Defensa del Pueblo (YPG), antigua aliada de los Estados Unidos en la lucha contra ISIS, a quienes Ankara tilda de asociada al Partido de los Trabajadores del Curdistán (PKK, organización militante de izquierda en pro de la independencia del Curdistán turco) y, por lo tanto, según la lógica maniquea y absoluta de Erdogan, terroristas. Pero aparte de estos señalamientos hay uno que, a Macron, en calidad de jefe de estado, le pega muy de cerca: la campaña en contra de elementos islamistas afiliados a al-Qaeda o Daesh (ISIS) en el Sáhel. Esta región del África Septentrional que geográficamente se encuentra justo debajo del Magreb (Sahara Occidental, Marruecos, Túnez, Argelia y Libia; no incluye a Egipto) y que comprende los siguientes estados: Mauritania, Senegal, Mali, Níger, Nigeria, Chad, el Sudán y Eritrea, casi todas excolonias de Francia, son en este momento uno de los principales teatros de operación de las ya mencionadas organizaciones que centran su militancia violenta en una filosofía fundamentalista e interpretación esencialista del Islám, anti-moderna y anti-Occidental.

Paris ya recibe asistencia militar de parte del Reino Unido y los Estados Unidos, pero Macron quisiera que el Sáhel se convirtiera en una prioridad estratégica y geopolítica para la OTAN. Este será el punto principal de campaña y cabildeo que de seguro empujará a sus homólogos en la reunión ministerial que se dará en Londres el 3 y 4 de este diciembre. Allí de seguro también morirá en un aire de indiferencia y escepticismo hacia un Estado miembro cuya participación en todos los renglones de la organización tiene un aura de aversión a todo proceso que París no pueda controlar, demostrándolo con rabietas furiosas y alejamiento de los procesos especialmente militares.

La tirantez entre aliados se anticipa al cara a cara ministerial. Francia quiere un compromiso más abarcador de parte de la OTAN en el Sáhel, puesto que considera que es el terrorismo, no Moscú ni Pekín, el enemigo existencial de la alianza. Este argumento, para infortunio de Macrón (que ya califican de ‘neofito’), será recibido fríamente y tomado con pinzas. Turquía y Erdogán – que ya catalogó a Macrón “muerto cerebralmente”, preferiría un apoyo más explicito de la alianza a su desacertada y desafortunada campaña en el Levante (Siria). La organización propiamente hablando mira hacia la región del Báltico como parte de su estrategia de contención a la Federación Rusa, motivada en parte por la demonización mediática y política que proviene de múltiples fuentes, pero también en parte por los temores históricos que Polonia, Estonia, Lituania y Latvia, albergan alrededor del poderoso vecino en su flanco oriental. Washington y el presidente preferirían que sus “aliados” pagaran las cuotas que proporcionalmente les toca para la manutención de la alianza. Estos serán los puntos espinosos que se afrontarán en Londres. Supongo que a todos se les darán foro, pero la voluntad de un Washington, y su renuente autoridad política, prevalecerán. Ante esta realidad, hemos de formularnos la pregunta propia de la coyuntura: ¿Desde un punto de vista geopolítico y estratégico, es la OTAN relevante aún?