Religión

En Latinoamérica se está dando la segunda evangelización de la historia. La primera comienza con el descubrimiento de América, cuando al pisar tierra los españoles, la cruz era clavada en el suelo. Era la época cuando la espada y la cruz penetraban la misma carne. Fue una evangelización agresiva e impuesta por la fuerza de las armas y el peso de las instituciones políticas y de gobierno que rápido se establecieron en el nuevo mundo. Sobre esto nos narra con precisión histórica el sacerdote español Álvaro Huerga en su monumental obra, Episcopologio de Puerto Rico.

Desde finales del siglo XX las iglesias evangélicas, cuyo origen está en los Estados Unidos, han ido penetrando el continente latinoamericano. Ya es palpable su influencia social, moral y política. En las últimas elecciones de Brasil, donde ganó Jair Bolsonaro, las iglesias evangélicas tuvieron un papel destacado. De igual manera sucedió en Costa Rica con la casi elección de Fabricio Alvarado, y la de México —país al que Juan Pablo II se refería como, ¡México, siempre fiel!— el sector evangélico jugó un papel destacado en la elección de Andrés Manuel López Obrador, un líder que desde una posición de total desapego al proselitismo religioso dio un giro y terminó afirmando en plena campaña presidencial: “Soy cristiano en el sentido más amplio de la palabra, porque Cristo es amor.”

A principios de la década del noventa del siglo pasado Alberto Fujimori fue ayudado por las iglesias evangélicas peruanas en su ascenso hacia el poder. Más reciente, en Chile, Sebastián Piñera cultivó políticamente a este sector con éxito e incorporó a su campaña por la presidencia a líderes evangélicos. Por su parte, en Venezuela y Colombia pastores evangélicos se presentaron como candidatos presidenciales, pero sin éxito alguno.

Las iglesias evangélicas han llegado hasta los lugares más recónditos y aislados del planeta como el Amazonas, y hasta los más sólidos bastiones de la pobreza; y esto los líderes políticos lo saben. Por eso, en estos lugares, “los candidatos van a buscar el voto de los evangélicos.” Aunque en todo esto es necesario hacer una distinción. Están las iglesias evangélicas tradicionales o históricas —como la Metodista, Bautista, Episcopal y Discípulos de Cristo— y las pentecostales. En ambas el trato con los partidos políticos y sus líderes, y con las esferas de poder es distinto. Estas últimas han creado una nueva forma de populismo; un populismo moral y doctrinario, y le están dando numerosos votantes a los partidos conservadores que antes no tenían.

Una característica de estas iglesias es su intransigencia en asuntos relacionados con la sexualidad y sus derivados. También, sus valores incluyen la familia, el matrimonio igualitario, el divorcio y la eutanasia, entre otros. Como una respuesta a la “teología de la liberación” que se desarrolló durante las décadas del sesenta y setenta del pasado siglo, los evangélicos propusieron con éxito la “teología de la prosperidad.” La primera con estrechas relaciones con los movimientos de izquierda en todo el continente y las evangélicas con los partidos conservadores que hoy muchos de ellos están en el poder.

Los evangélicos o pentecostales se han convertido en un fuerte bastión político de los partidos conservadores en Latinoamérica. Puerto Rico no es la excepción. El mismo fenómeno latinoamericano se palpa con claridad en nuestra realidad social, política y hasta histórica. Mientras —por múltiples razones— la iglesia Católica languidece y se reduce, estas denominaciones religiosas siguen creciendo. Tienen una fuerte presencia dentro de la sociedad. Su influencia es enorme. Quitan y ponen gobiernos y lo más dramático de todo: tienen emisoras de radio y televisión, y periódicos y revistas. Cuando surge algo que atenta contra sus valores y principios reaccionan con una fuerza telúrica impresionante y se tiran a la calle llevándose todo a su paso como si fuera un brazo de mar que penetra la costa de nuestro ecosistema político.

Ya estamos inmersos en la segunda evangelización del nuevo mundo, quinientos años después de la primera. En esta ocasión las iglesias protestantes —con un dinamismo mayor que los católicos— y con los pentecostales como punta de lanza, están alcanzando su objetivo con la persuasión de la palabra y la doctrina, y no con la fuerza de las armas ni el peso de las instituciones.

Sin embargo, como dijo Don Quijote en una España católica donde la religión lo decidía todo, puede decirse de los evangélicos hoy día: “Sancho, con la iglesia hemos topado.”

Mario Ramos, Historiador