Unión Europea

La Unión Europea ha estado preocupada por casi cuatro años con el Brexit.

En el contexto de la secuela del Brexit, escribía en una columna anterior que el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte comienza el proceso de transmutación. Sus cuatro naciones, gobernadas desde el parlamento en Londres y a nombre de una corona “unificada” por la imposición propia de la conquista (Gales), el consentimiento precario (Escocia) o la obstinación, atributo de un imperio — ya muerto — que insistió en retener territorio fuera de sus fronteras históricas, además de una población plantada arbitrariamente, engendro de la cosecha del sectarismo que Gran Bretaña misma animó y cosechó (Irlanda del Norte), se ve sacudida en sus cimientos institucionales. Esto no necesariamente implica un efecto contundente o profundo en la cotidianidad institucional. Tal y como algunos analistas anticipaban, el Reino Unido no se sumió en el caos el 1 de febrero de 2020; asimismo, el capital financiero se confirmó resiliente ante la ruptura, así como la libra esterlina, que seguramente remontará de su baja en valor tanto en diciembre de 2019 como este pasado enero. Me refiero mas bien a los cimientos político-institucionales que mantienen íntegro al Reino Unido, estos sí han sido alterados por el “nuevo normal”, el cambio paradigmático que “accidentalmente” se instrumentó entre 2015 y 2016 y que hizo realidad el Brexit.

En el caso de Gales, no estimo que haya mucho embrollo. Su anglicanización, política, cultural y sobretodo lingüística toma lugar desde hace mucho, 737 años para ser exacto. Aunque todavía presentes, los referentes que hacen Gales ser Gales, se extinguen paulatinamente, haciendo inevitable, en una eventualidad no muy lejana, su desaparición como nación. De Escocia, como mencioné, su eurofilia será la punta de lanza de un renovado esfuerzo para presionar a Londres a acceder a un segundo referéndum para considerar si se independiza o no del Reino Unido. Es el preámbulo a la posible fragmentación.

Irlanda del Norte encara un problema particular que también hemos discutido en estas páginas. Su lejanía geográfica del resto del Reino Unido se exacerba ahora por la imposición de controles aduaneros en el Mar de Irlanda (Irish Sea), el cuerpo de agua que separa las dos islas al mismo tiempo que empuja la realidad de sus distintivos desarrollos históricos. No cabe duda, la “provincia” (pocos la llaman ‘Ulster’ ya) se convertiría en la parte más fina de la soga en las negociaciones de salida del Reino Unido de la Unión Europea. Londres no repararía en echar a un lado las necesidades primordiales de los norirlandeses para desamarrarse del continente. Ahora, prácticamente a la deriva, se susurra entre su población la palabra prohibida, el vocablo incómodo de enunciar después de tanto sectarismo y el lastre de muerte que trajo consigo; el término que está en boca de todos sin manifestar, ausente perennemente presente en la psique y las ansiedades colectivas de estos: reunificación.

Para los unionistas, fieles a la idea de lo “británico” y a la corona, el asunto no pudo haber llegado en peor momento. Más aún cuando en el otro lado de la frontera, en la República de Irlanda, sus fuerzas políticas acaban de realinearse tras una intensa jornada electoral el pasado sábado 8 de febrero. Al final de la misma, cuando el polvo de las medidas de austeridad se iban asentando en el espacio socioeconómico, el sistema bipartidista irlandés quedó lacerado. Las centro derechas de Fine Gael y Fianna Fáil (el partido más votado) contemplaron airados el ascenso Sinn Féin. Su desempeño, 37 parlamentarios —uno menos que Fianna Fáil— lo coloca como contendiente para formar gobierno en Dublín. Para que no quede duda ni cuestionamiento, este es el mismo Sinn Féin que otrora fuera el brazo político del Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés) y que ha crecido paulatina y políticamente en ambos lados de la frontera.

Su nacionalismo impenitente constituirá el centro neurálgico de su plataforma que complementará lo que los medios designan (según el prisma ideológico) un programa populista o de centroizquierda. Su norte y su mirada puesto en ello el reclamo de un referéndum de unificación, más temprano que tarde, estará en ciernes. Mientras tanto, queda esperar, ver cómo se desenfunda la trama y si la idea de ‘Éire iomlán’ (Irlanda íntegra) se hará, a la larga, una realidad.