Puerto Rico

Se cuenta en la historia de nuestros aborígenes de Borikén, que estos se distinguieron por la gran cantidad de caciques por pequeña que fuera la comunidad.

Es decir, que se seleccionaba siempre un líder, no importa el tamaño de la tribu, que solo se concentraba en luchar por su minúsculo terreno. También se reconoce de apenas tres cacicas borincanas.

Todo indica que de ahí surge el antiguo comentario que aprendí cuando muy joven de “mucho cacique y poco indio”, refiriéndose a nuestra vocación ancestral por mantenernos siempre divididos.

Además, nuestra incapacidad para unir esfuerzos como pueblo ha sido una constante, desde la colonización española de 1493, hasta la invasión y ocupación militar de Estados Unidos. Basta con echar un vistazo a la historia de los partidos políticos y las raras excepciones de alianzas de fuerzas sociales.

En nuestra historia moderna son tres tribus, dos grandes (PNP y PPD) y una muy pequeña (PIP). Esas tres colectividades le han hecho el trabajo más fácil al imperio para que se mantenga el objetivo de “divide y vencerás.” Rara vez se han unido las tres tribus en nada, ni siquiera para reclamar democracia y justicia social, como si los intereses individuales de cada tribu fueran lo esencial y no los del pueblo.

Contrario al grupo más pequeño, los del centro y la derecha política se han mantenido esencialmente unidos, como lo demuestra la historia moderna del Partido Popular y el Partido Nuevo Progresista, salvo algunas excepciones o desprendimientos significativos. Esos han sabido unirse para administrar el presupuesto del gobierno y repartirlo entre sus correligionarios, como ha quedado demostrado por el cáncer de la corrupción.

Otro cantar ha sido el movimiento patriótico, los grupos sindicales y sectores de la sociedad civil, que se han reproducido en pequeños segmentos con un máximo líder o lidereza a la cabeza. Cada cual con su grupúsculo luchando por sus reivindicaciones inmediatas, como los antiguos caciques.

No obstante, cuando esas fuerzas políticas y sociales se han logrado unificar bajo un solo reclamo público —como contra el servicio militar obligatorio, la paz para Vieques y la liberación de Oscar López Rivera— el pueblo ha triunfado rotundamente porque ha contado con el apoyo de la mayoría de la sociedad. Esa es la lección a aprender por todos y todas.

Por qué entonces no podemos juntarnos más allá de preferencias de estatus y de partidos, para salvar al País de su propia aniquilación, pues como presagió Don Pedro Albizu Campos, ya queda claro que “al imperio le interesa la jaula, pero no los pájaros”.

Apoderarse de la tierra y cobrar la deuda pública son los objetivos del gran capital en esta coyuntura histórica, no el bienestar del pueblo, que todavía se mantiene dividido en centenares de pequeñas tribus, reitero, luchando enfocadas en sus problemas particulares.

Este es el proceso que comenzó con la Junta Dictatorial que es la que manda en Puerto Rico, sin guardar las apariencias del control colonial del territorio. A esa ofensiva imperial sin precedentes desde la invasión militar del 25 de julio de 1898, hay que anteponerle un gran frente amplio por la descolonización y la justicia social.

Esa convocatoria inclusiva a unirnos por encima de preferencias de estatus tiene que salir de las entrañas del pueblo que son las comunidades, los centros de trabajo y de estudiantes, así como de los luchadores por reivindicaciones inmediatas como son los ambientalistas, los sindicalistas, los cooperativistas, los religiosos, los defensores de los derechos humanos, entre muchos otros.

Tienen la palabra todos aquellos que se levantan cada mañana a trabajar por un Puerto Rico más justo y solidario. Esa es la fuerza moral del País. Al lado deben dejarse las diferencias de estatus para lograr unir a todo un pueblo en lucha por su sobrevivencia. La salvación solo se logra con la unidad puertorriqueña.