Héctor O'Neill

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Un nuevo texto sobre un exalcalde acaba de salir a la venta y los lectores que hemos tenido la oportunidad de leerlo sentimos que se destaca más por lo que no dice que por lo escrito. Es el libro de Ivette Sosa que trata sobre el caso de una mujer policía que alega que Héctor O’ Neill la violó. Los silencios y omisiones –si voluntarios o no- maculan el desbalanceado texto de principio a fin y parece que lo convierten en uno tendencioso y espurio que nos escamotea la verdad.

En las primeras páginas podemos notar que la autora narra unos hechos que se distinguen por falta de plausibilidad y que provocan la sospecha del lector. Según ella, un día de semana se encontró en Plaza Interamericana con una persona de cuyo rostro y nombre no quiere acordarse. El día del encuentro se monta en un carro con cristales oscuros y le dice antes al camarógrafo que si en diez minutos no sale toque en el cristal. Irónicamente la conversación, de la que ella dice que la dejó boquiabierta y perpleja, duró eso mismo: diez minutos. O sea, ese lapso de tiempo fue suficiente para obtener la información necesaria.

Es insólito que la periodista, que alegadamente en reunión con la gerencia de su patrono aceptó cambiar la portada del libro, no diga si la persona del carro fue hombre o mujer. Solo dice que era una persona alta. ¿Es cierto que Yenetamine Díaz Zayas tiene una estatura que alcanza los cinco pies y diez pulgadas? ¿No sería ella la persona del automóvil? ¿Por qué encontrarse allí y no en Telemundo, donde con mayor seguridad podía entregarle el supuesto sobre manila? ¿Por qué tantas omisiones sobre ese primer encuentro?

No sabemos qué cosas le dijo Yenetamine a Ivette Sosa, si algunas. Y si de lo dicho incluyó y relató la relación de amor que, según comentaban en Guaynabo, hubo entre ambos y que, alegadamente, duró seis años, aunque ella tenga ahora 28 y él 73. Ivette, como periodista inteligente, debe saber que los despechos en asuntos de amor son devastadores a la hora de salir a la superficie emocional. Las pruebas de él son el recuerdo y el dolor, las de ellas las vivencias del corazón que, si las contó, la autora tendenciosamente no las incluyó en su libro.

¿Le preguntó Ivette Sosa si, dentro de la vorágine, Yenetamine y él se llamaban? De existir un registro de llamadas a esos efectos, ¿dónde quedaría el alegato de la afectada y la teoría de Ivette? Se verían las llamadas hechas entre ambos; cantidad, duración, fecha y hora, y, quién sabe, hasta el lugar. Lo que nos llevaría a preguntarnos, ¿cómo una mujer que, supuestamente, ha sido violada sigue llamando al supuesto violador y tiene sexo con él? Aunque la autora no es sexóloga, debió tratar el tema en su libro, atender los distintos ángulos y posibles respuestas. Prefirió el camino de la especulación y la omisión.

Una mujer con la estatura antes dicha, arma de fuego, “pepper spray”, batón, “taser” y entrenada para situaciones difíciles puede manejar fácilmente a un hombre de sobre los setenta años y poder defenderse adecuadamente de una agresión física. Todo parece indicar que las relaciones sexuales entre Héctor O’Neill y Yenetamine se dieron por el consentimiento de ambos, dentro de una relación de noviazgo y consensual. De hecho, ¿es cierto que Yenetamine agredió una vez a su madre y esta la bota de su casa, la denuncia y en un cuartel de Bayamón, de la Policía estatal, la detienen y desarman, según se comenta?

Ivette Sosa no nos dice si la entrevistó. Tampoco si el caso pasó por la procuraduría de las Mujeres, que dirigía Wanda Vázquez. Creo que como nota al calce, la autora debió mencionar si alguna vez una mujer policía ha sido violada. Si existe récord a esos efectos. Como lector y escritor crítico que soy siempre ausculto por el hecho verídico. Independientemente de quién financió el libro, si ella o alguien más, del tufo pudendo que de la entrelínea textual pudiera emanar, el periodismo investigativo se debe únicamente a la verdad, no a la especulación.

Mario Ramos, Historiador