APTOPIX Virus Outbreak Trump

El mandatario salió caminando sin problema alguno de la Casa Blanca, para ser trasladado al hospital Walter Reed. 

La noticia del resultado positivo a Covid-19 del presidente de los Estados Unidos y la primera dama se tornó viral la noche del jueves 1 y la madrugada de 2 de octubre. En un año repleto de sorpresas catastróficas y desagradables, producto principalmente de la pandemia, las nuevas del contagio de Donald y Melania Trump se tornaron anticlimáticas. A estas alturas, nada nos debe extrañar y poco nos debe chocar. Nadie como Trump para descartar las guías de protección de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC), agencia de su propio gobierno, y tentar el destino con su salud personal y el de decenas de miles que frenética y fanáticamente le siguen. Y partiendo de esta eventualidad, de lo que sí debemos preocuparnos es del lastre que el diagnóstico de coronavirus del – debatiblemente – “líder del mundo libre”, puede acarrear en las percepciones y la acción del público en general.

El hecho de que el primer ejecutivo estadounidense haya contraído el patógeno que ha trastocado dramáticamente los cimientos económicos, políticos, sociales y culturales de nuestras sociedades, es uno irónico. Hablamos por supuesto de que el hombre, según Zeke Miller y Jill Colvin de la revista Time, “ha pasado la mayor parte del año minimizando en gran medida la amenaza del coronavirus”. Igualmente, Trump ha dedicado la mayor parte de este periodo a producir y diseminar una enorme cortina de humo, demonizando a la República Popular China y contextualizando de manera manipuladora y viciosa el rol de esta en la emergencia global. Sin duda, Pekín tiene culpa considerable por permitir que, en un muro de silencio, producto de su autoritarismo inherente, el SARS-CoV-2 haya salido de sus fronteras arrasando el resto del mundo consigo. Pero una cosa es asignar enfáticamente responsabilidades y otra es montar propaganda para desviar la atención de tu propia incompetencia en el manejo de la epidemia en Estados Unidos.

Hagamos un inventario. Primeramente, el presidente minimizó a principios de este año la seriedad de la pandemia justo en un momento en que su presencia pública y presunto liderazgo hubiese podido dirigir esa nación por un camino más prudente, preparándola para lo que se avecinaba. De nuevo, no cabe duda de que el catastrófico retraso de la Organización Mundial de la Salud en declarar una pandemia fue clave en su diseminación, pero EE.UU. tiene una infraestructura de investigación en salud y epidemiología, además de peritaje, lo suficientemente avanzada como para atajar emergencias de este tipo; solo necesitaba la coordinación y el liderato que solo el poder público – Trump y las agencias del gobierno federal – hubiese sido capaz de ofrecer.

De hecho, las advertencias, las recomendaciones, el proceder y abordaje para confrontar el Covid-19 en Estados Unidos llegaron. Los expertos médicos y epidemiológicos se arremolinaron, renuente pero decididamente, alrededor del presidente, su pensamiento mágico y su ego masivo para consulta y consejo. La acción – reacción, más bien – de Trump fue de desprecio sardónico ante un incólume pero silenciado Anthony Fauci que permanece, en un despliegue inequívoco de lealtad a la salud pública de la nación y el pueblo de los Estados Unidos. En consecuencia, el espectáculo de los pasados nueve meses se ha convertido en el estándar, manerismo y práctica de una administración mediocre, responsable de la muerte de más de 208,000 de sus conciudadanos.

Es posible que la peor consecuencia de la pandemia haya sido la exaltación de las medias verdades, la propaganda y la demagogia. Su inevitable resultado: la polarización política y social, la (re)creación de viejos y nuevos demonios que exacerban las ansiedades de un público que tiene ante sí dos elecciones imposibles: el “showman”, el “entertainer”; el que dirige los destinos de una nación como un espectáculo hambriento de “ratings”; el otro: el político distraído, cansado, menoscabado, el anti-Trump que no encuentra manera de descascarar al hombre que lo domina en la forma sin tener que ofrecer sustancia.

Trump con Covid-19 es capaz de salir ileso de esta martirización. Todo lo que tiene que hacer es quedarse quieto pues tiene la excusa perfecta para no debatir y ya los números del desempleo le empiezan a favorecer. Peor aún, como me mencionara una estimada colega y amiga, si lo sobrelleva y sobrevive con mínimo de síntomas, ya tiene listo su próximo y contundente sound byte: esto es solo un catarrito.