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>Suministrada

Ante las duras críticas que a diario reciben los llamados “millennials”, algunas muy merecidas y otras totalmente equivocadas, estuve pensando sobre Mandy y Armando (ambos nombres ficticios).

Conocí a Armando hace unos 19 años. Desde el día en que lo conocí demostró ser un compañero de trabajo excelente, buena persona, trabajador incansable y, según pude observar más adelante, un padre ejemplar. Ante esas cualidades, lo contraté para varios proyectos domésticos en mi hogar, no solo para ayudarlo a ganarse unos chavitos que no le venían nada mal, sino para contar con la tranquilidad de que la persona que estaría trabajando dentro de mi residencia fuera una persona de mi total confianza. Además, esa persona estaría interactuando con mi hija e hijo, ambos menores de edad en aquel momento, y con mi esposa. La confianza, para mí, era y sigue siendo extremadamente importante. Armando fue a mi casa a trabajar varias veces, siempre con una sonrisa y dispuesto a meter mano a lo que fuese. En múltiples ocasiones, los sábados en la mañana llegaba acompañado de Mandy, su hijo de unos 13 o 14 años de edad. Mandy era muy parecido a su padre: un chamaco humilde, callado y sumamente respetuoso y trabajador. Ayudaba sin chistar a su padre en cualquier cosa que él le pidiera, desde aguantar una escalera, pasarle herramientas, limpiar el área o recoger desperdicios. Armando y yo nunca acordamos de antemano cuánto me cobraría por sus servicios, pero nos entendíamos bien y yo pagaba muy bien el trabajo, sabiendo que requiere un gran esfuerzo físico. Además, siempre le “tiraba con algo” a Mandy, porque entendía que se lo había ganado. A Armando no necesariamente le gustaba esto, porque no llevaba a su hijo para que ganara dinero; quería inculcar en Mandy un sentido de responsabilidad hacia la familia y amor al trabajo decente. Con el tiempo, esa propinita era algo que le daba a Mandy de manera ‘underground’, aunque no tengo duda alguna de que Armando siempre le preguntaba en privado si yo le había dado algo. El día que me dijo que no tenía que darle nada porque él lo traía para que le ayudara, le dije: “El que trabaja aquí tiene que recibir paga”. También, a manera de broma, le dije: “Además, no te metas que esto es entre él y yo, preocúpate por lo tuyo”. Armando sonrió y me entendió perfectamente y, en realidad, eso no fue un issue.

Años después, Mandy comenzó a trabajar preparando café, en lo que empezó como trabajito a tiempo parcial mientras estudiaba. Con el tiempo, y por ser muy educado y agradable con los clientes, se ganó el cariño de todos y comenzó a trabajar a tiempo completo sin abandonar sus pasiones: la música y su iglesia. Decidió que estudiaría mecánica y se registró para ello, a pesar de que trabajaba a tiempo completo. Esos estudios nocturnos eran agotadores y se reflejaba en su físico algunos días, pero nunca en su amabilidad o en su sonrisa amable. Al terminar de estudiar, recibió una invitación para ser entrevistado por una compañía de la industria de aviación. El cuento largo corto es que hoy, a sus tiernos 25 años, Mandy tiene un trabajo espectacular, bien pagado; se casó y compró una residencia para él y su esposa, quien también es una “millennial” trabajadora y profesional.

Mandy viene de una típica familia puertorriqueña: humilde, decente, trabajadora y muy unida, a quienes no se les ha hecho fácil la vida, pero nunca se han rajado. Armando y su esposa criaron dos hijos ejemplares que, al igual que muchos, estuvieron expuestos al mundo de las drogas y el alcohol, pero decidieron mirar hacia el otro lado y echar hacia adelante, sin depender del gobierno y sus ayudas. Sentarse a llorar, a lamentarse y esperar a ver qué pasa tampoco fue una opción para ellos.

Nos hacen falta más “millennials” como Mandy, pero también hacen falta más Armandos que dediquen tiempo a sus hijos, dispuestos a sacrificar el suyo.

Pintarte como la víctima no te resuelve nada: sentarte a llorar, a quejarte y a echarle la culpa al “sistema” tampoco resuelve nada. Lo que necesitas es darte cuenta de que las circunstancias ni tu pasado te definen. Tu futuro está en tus manos. Muévete, no eres un poste. Estudia, trabaja y prepárate para que tengas alternativas de futuro.

No pierdas más tiempo. Recuerda que cada día no solo es un día más, sino también “un día menos”.

Te invito a que visites mi página Yldefonso López para que tú también “vengas virao”.