Miami

Maurice nació en Ponce, pero se desarrolló en Miami.

Conocí a Maurice Ferré en el año 2005. Juan Manuel García Passalacqua nos presentó. A Juanma se le había ocurrido la idea de reunir un grupo de analistas e intelectuales para un novel proyecto y tuve el privilegio que me incluyera. Se tituló “Diálogo Interméstico”, pues había la teoría en los Estados Unidos de considerar algunas áreas como un híbrido: internacional y doméstico. Fue una teoría desarrollada en el Council on Foreign Relations del que Juanma y Maurice eran miembros. De ahí el nombre compuesto.

De ese proyecto salió un importante libro donde se discute la realidad puertorriqueña desde un punto de vista multidisciplinario: ¿Hacia dónde va Puerto Rico?: territorio, ciudadanía e identidad. Además de Maurice, Juanma y yo, participaron del proyecto Manuel Rodríguez Orellana, Marco Rigau, Néstor Duprey, Carlos Chardón y Luis González Vale, entre otros.

Sobrino de Luis A. Ferré, Maurice nació en Ponce, pero se desarrolló en Miami. Fue el primer hispano en convertirse en alcalde de dicha ciudad y la administró por doce años, convirtiéndola en una de las ciudades más prósperas de los Estados Unidos con dimensiones globales y en la principal puerta de entrada de Latinoamérica para asuntos diversos como el turismo, negocios y la inmigración.

Durante la presidencia de Jimmy Carter fue de los principales hispanos que sirvió de enlace entre el presidente y la comunidad hispana, y entre Casa Blanca y distintos gobiernos latinoamericanos que habían advenido a la democracia y querían establecer relaciones comerciales con los Estados Unidos. Eso fue en reconocimiento por convertir a Miami en, prácticamente, una ciudad latinoamericana donde se respira español por sus calles. “La ciudad más americana de Latinoamérica y la más latinoamericana de Estados Unidos”, dirían algunos.

Cuando la comunidad cubana creció los cubanos comenzaron a participar activamente en la política. Por lo que Maurice perdió la alcaldía frente al cubano Xavier Suárez en las elecciones de 1985. Serían contrincantes dos veces y la relación personal sería tensa. Sin embargo, al pasar el tiempo, como todo en la vida, se harían muy amigos.

Fue un político sagaz que dominó con suma destreza el arte de la negociación, como siempre demostró en los puestos electivos que ocupó; legislador estatal, comisionado de la ciudad de Miami, alcalde y comisionado del condado de Dade. Su lema ha sido: “Es mejor algo bueno que perfecto”. Por eso pudo ganarse el respaldo no solo de los hispanos, sino de los blancos y los afroamericanos durante sus años de actividad política. Eso lo ayudó a cimentarse como figura reconocida dentro del Partido Demócrata, donde los candidatos presidenciales lo consultaban, incluyendo a Bill Clinton y Barack Obama.

Siempre ha sido amante de los libros. Cuando venía a Puerto Rico nos veíamos y terminábamos visitando librerías, y comprando los últimos textos publicados para poder enterarnos de las últimas corrientes históricas y políticas. Su amor por la lectura, cultura y las ideas habitó siempre en su espíritu, lo que lo convirtió no solo en político culto, sino en un intelectual. Por eso, retirado de toda refriega política, se fue a estudiar unos semestres a Princeton, donde entabló estrecha amistad con el intelectual puertorriqueño Arcadio Díaz Quiñones.

Nunca olvido aquel sábado que fuimos a la finca de Franklin Delano López en Aibonito. Ese día compartimos con Luis Dávila Colón, Oreste Ramos, Andrés López y Kenneth McClintock. Un día de buena tertulia, exquisita comida y buen vino que a gusto guardo en mi memoria. Todos nos deleitamos de las interesantes anécdotas de Maurice, entre ellas la impresionante memoria de Bill Clinton: “¿Cómo está tu tío Luis?”, le preguntó en una ocasión. Pues, en el trato, Clinton se distinguía por ser de las personas más amables y detallistas que hubiera conocido.

Distinto a Puerto Rico, la ciudad de Miami fue agradecida. A un importante parque le puso su nombre. A tiempo, porque a sus ochenta y cuatro años Maurice se nos apaga. Un cáncer lo está matando para tristeza de todos. Él siempre me recordará al Cortázar de “Los amigos”: “En el tabaco, en el café, en el vino,/ al borde de la noche se levantan/ como esas voces que a lo lejos cantan/ sin que se sepa qué, por el camino./ Livianamente hermanos del destino,/ dióscuros, sombras pálidas, me espantan/ las moscas de los hábitos, me aguantan/ que siga a flote en tanto remolino./ Los muertos hablan más pero al oído,/ y los vivos son mano tibia y techo,/ suma de lo ganado y lo perdido./ Así un día en la barca de la sombra,/ de tanta ausencia abrigará mi pecho/ esta antigua ternura que los nombra”.

Mario Ramos, Historiador