Pruebas, Coronavirus, Puerto Rico, Covid-19

El sostenimiento invariable del conjunto de restricciones y medidas tendentes a frenar el ritmo de contagios —y a avanzar hacia la inmunización colectiva— es una responsabilidad a la que el gobierno no puede abdicar.

No debe hacerlo, ni siquiera parcialmente, en un momento tan crítico del azote del coronavirus, con repunte de contagios, con presencia creciente de variantes y con preocupantes niveles de hospitalización, incluso de personas vacunadas contra el covid-19.

Por ello evaluamos como postura responsable y alentadora la asumida por el Departamento de Salud y demás componentes salubristas, de mantener inalteradas —sin ninguna flexibilización en el País— las restricciones necesarias, en respuesta juiciosa a las nuevas guías de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, en inglés), que flexibilizan el uso de la mascarilla en lugares públicos y en exteriores por parte de los ciudadanos vacunados.

Como reseñara EL VOCERO en su edición de ayer, las recomendaciones de la agencia federal dictan que las personas que hayan completado la vacunación pueden —sin mascarilla— “asistir a reuniones pequeñas, con familiares o amigos completamente vacunados o no vacunados, ir a restaurantes con amigos de diferentes hogares; y caminar, correr y usar bicicletas con personas del mismo hogar”.

El secretario de Salud, Carlos Mellado, ha advertido que el plan anticovid en Puerto Rico está obligado —por las circunstancias— a ser “más restrictivo” que cualquier otra jurisdicción de Estados Unidos y que los mismos CDC, en esta ardua lucha contra el virus y contra el tiempo.

Voces científicamente autorizadas han levantado bandera ante las nuevas guías, considerándolas como mínimo, extemporáneas en el caso de nuestro país.

Eso nos lleva a plantear que —si bien las nuevas “recomendaciones” sobre la pausa indistinta en el uso de la mascarilla deben haber salido de los hallazgos de la ciencia pura y dura— los consejos lucen más bien elaborados de espaldas a los criterios que dicta la salud social frente a una pandemia.

Porque los mismos expertos científicos mucho han explicado durante esta pandemia, que una persona vacunada puede contagiarse y —aunque no sufra efectos malignos por la presencia del virus— durante varios días puede transmitirlo a los individuos no vacunados.

Las recomendaciones, además, se prestan a ser confundidas por los ciudadanos con un falso estado de mejoría en el manejo de la pandemia, lo puede inducir a la falsa expectativa de seguridad en hogares y espacios públicos, así como a la irresponsabilidad social.

Y es precisamente la responsabilidad institucional y ciudadana la que debemos preservar para seguir librando esta histórica batalla en un país donde los contagios se han disparado en las últimas semanas, superando la cifra de los 245,000 casos confirmados y probables, de los cuales casi 3,000 han resultado en decesos. A esto se suma el repunte de casos graves que al día de ayer colocaba en 522 las hospitalizaciones.

Contrario a bajar el sentido de urgencia en los mensajes y aguar las recomendaciones, lo correcto es perseverar en las medidas que dan resultados, como el distanciamiento físico, el uso sin excepción de la mascarilla, la higienización, la aplicación estricta de los protocolos en los aeropuertos y la vacunación.

De igual forma, hay que adoptar toda estrategia salubrista adicional que dote a los puertorriqueños de un escudo protector cada vez más fuerte, en un marco de mayor certidumbre y estabilidad para el sistema de salud en el desempeño de sus funciones.

Y ese marco de estabilidad lo puede aportar el Senado de Puerto Rico, procediendo a la inmediata confirmación del designado secretario Carlos Mellado.

No es necesario darle más vuelta.