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Después de la caída del comunismo en la Unión Soviética y Europa del Este en la década de 1990, se predijo que las fuerzas del libre mercado habían triunfado y los partidos de izquierda y socialistas se desbandarían para siempre. Pero, el panorama político resultó muy diferente, con el resurgimiento del interés por la política de izquierda, logrando incluso que partidos socialistas llegaran al poder en Europa y América del Sur. El presente nos sorprende, con el surgimiento de candidatos de una izquierda “a la norteamericana”, como Bernie Sanders y Elizabeth Warren, que parecen ser fuertes contendientes en las próximas primarias presidenciales demócratas.

¿Por qué el socialismo continúa ejerciendo su fascinación hipnótica sobre sectores militantes de nuestra sociedad? Posiblemente porque existe una atracción universal hacia sus ideales de libertad, fraternidad e igualdad. Aunque curiosamente ocurre al traste histórico de la disfunción económica, la subversión de los controles y equilibrios democráticos y la resistencia a la reforma de la izquierda, cuando está en el poder. El asunto se agrava por la impermeabilidad intelectual de sus acólitos y apologistas, hostiles a cualquier crítica racional.

Necesitamos mirar el caso de Venezuela para ver estos últimos criterios en juego. En Venezuela se vive una catástrofe económica. El abusivo bloqueo norteamericano no ayuda a que el sucesor de Hugo Chávez exhiba algo más que su rigidez ideológica. China y Rusia no le sirven de testimonio disuasivo. Son los casos por excelencia de un gobierno revolucionario que relativizó el estructuralismo socialista por una economía de mercado con el control reglamentado de Estado. Aunque muy lentamente, Cuba parece estar siguiendo el mismo camino, evidenciándose en la advertencia reciente de su presidente, Díaz Canel, sobre lo que denomina el “bloqueo interno”, burocrático e inflexible, que obstaculiza el desarrollo de emprendimientos cuentapropistas que hasta 2018 representaban el 13% de la fuerza laboral cubana.

¿Por qué esa tozudez ideológica de línea dura? Una perspectiva de raíces científicas es que nuestras afiliaciones políticas, como muchas otras cosas sobre nosotros, están determinadas genéticamente. La personalidad y el temperamento, que tienen un fuerte componente genético, jugarían un papel importante en el tipo de visión del mundo que desarrollamos.

El psicólogo social Jonathan Haidt, catedrático de la Universidad de Virginia, en su libro “The Righteous Mind” (Penguin Books Ltd /978-0-14-103916-9), indica que hay una matriz moral que se comparte en todas las culturas, pero que los izquierdistas enfatizan, estrictamente, un compromiso con el cuidado y la equidad, pero no tanto con otros valores, como el respeto a la autoridad. Ese “desequilibrio” en los valores ayudaría a comprender los fracasos del socialismo en el poder, y quizás por qué los partidos neoliberales tienden a ser electoralmente más exitosos.

El punto de vista de Haidt es que, sean cuales sean nuestras inclinaciones políticas, todos estamos de acuerdo en la necesidad de involucrarnos más en el diálogo, fomentando un grado civilizado de empatía y tolerancia.

Desde esa perspectiva, es posible responder a la pregunta que plantea el título de esta columna: ¿Para qué sirve la izquierda?

Primero, el socialismo es la manifestación política del valor humano en la economía. En ese contexto, los mercados existen para servir nuestros objetivos y valores comunes, y no a intereses acaparadores.

En segundo lugar, manifiesta y encarna el lado más solidario y compasivo de la naturaleza humana, ejemplificada en el cuidado de los pobres y marginados, niños, animales, discapacitados y la comunidad Lgbtttiq.

En tercer lugar, están más abiertos a nuevas ideas, particularmente ideas y tendencias sociales. La derecha, por su propia naturaleza, tiende a contentarse con el ‘statu quo’, es reacia al cambio.

En cuarto lugar, la militancia y la naturaleza revolucionaria de la izquierda logra que las ideas que podrían haber sido simplemente tendencias pasajeras permanezcan en la conciencia colectiva el tiempo suficiente para ser adoptadas.

El capitalismo retrata al mundo en términos impersonales y despiadados, sin embargo, ha demostrado ser el sistema económico prevalente para las sociedades desarrolladas. Pero las personas no son autómatas y los ciudadanos no funcionan como unidades en la máquina económica de la sociedad. Es la izquierda la que encarna virtudes que, cuando se entrelazan con la narrativa de nuestras sociedades, incluyendo a la derecha, hacen que la sociedad sea más justa y humana. Para eso sirve “la izquierda”.