Hector O'Neill

>Carlos Rivera Giusti / EL VOCERO

El propósito de un libro, en especial cuando se trata de una investigación periodística, es provocar la reflexión y abrir el debate. Si el tema se acoge por la opinión pública —sea con posiciones a favor o en contra— parte de la misión del libro se ha cumplido.

No obstante, es vital aclarar las inferencias que nacen del desconocimiento de la regla más sagrada del oficio del periodismo: la protección de la fuente. También es crucial romper esquemas obtusos de lo que presupone o no el delito del hostigamiento sexual. Es nuestra responsabilidad aclarar estos puntos planteados por la reciente columna del historiador y profesor Mario Ramos Méndez.

“Lo que no dijo Ivette en el libro” precisamente no podía revelarse. No fue un olvido. Los periodistas de vocación cultivamos la credibilidad suficiente para que personas que necesitan proteger su identidad, se atrevan a darnos información, sin temor a represalias. El no revelar la identidad de una fuente no supone un silencio, una omisión o un error periodístico que “escamotee la verdad”.

Hay todo tipo de periodista y ciertamente, algunos que conozco se tiran unas maromas que asombran al más osado. Pero los periodistas verdaderos cumplimos y punto. Simplemente, no revelamos las identidades, ni siquiera el género, de nuestras fuentes en nuestros reportajes de prensa. Tampoco en libros.

Los hallazgos del libro son producto de la rigurosa investigación del caso del exalcalde de Guaynabo, Héctor O’Neill, que reveló los múltiples casos de hostigamiento sexual que existían en Guaynabo. Indistintamente de la trivialidad del lugar de encuentro con una fuente, de no haber sido por este trabajo periodístico, el patrón de esta conducta delictiva de seguro hubiese permanecido oculto.

Es vital reiterar que el trabajo realizado surgió de testimonios de personas a quienes el abuso les consta de propio y personal conocimiento, y de documentos que obran en el récord público del tribunal, estatal y federal. De manera justa y equilibrada, el libro sigue al pie de la letra la Doctrina de la Imparcialidad, (Fairness Reporting), un principio que exige que se presenten todos los puntos de vista en la faena noticiosa.

Pero lo más preocupante de la columna del profesor Ramos Méndez, es la simpleza con la cual despacha el tema del hostigamiento sexual, un problema social de complicaciones muy profundas. El hostigamiento sexual es un acto que se fundamenta en el poder y el control. Decir que una víctima consiente del abuso porque mantiene una relación consensual con su agresor, no sólo es absurdo e injusto, sino que también cae en ser una declaración muy machista. Las agresiones sexuales no discriminan; pueden ocurrirle a cualquiera, no importa su estatura o profesión. Y ciertamente no exime a las mujeres policías, que aunque portan un arma de reglamento, también han sido hostigadas y violadas.

El profesor Ramos Méndez parece desconocer el reciente caso de una mujer policía que fue a querellarse de violencia doméstica a un cuartel de Toa Baja y allí encontró la muerte a manos de su pareja, otro policía estatal. Se ha documentado ampliamente que las violaciones, incluso, ocurren hasta en relaciones convencionales, porque lo único que se necesita para que un acto sexual se convierta en violación es un “no” de una de las partes.

Es lamentable que la desinformación sazonada con el partidismo político, nuble el entendimiento a la hora de escribir e incline la balanza hacia el lado equivocado. Mi responsabilidad es y será indagar, para que al final del día, se cumpla la misión de descubrir la verdad, y con ella que se haga justicia, sobre todo a las víctimas del caso que nos ocupa.